Carta al director publicada en El Mercurio por la directora del Departamento de Filosofía, de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez.
Señor Director:
En su columna “Humanidades: entre Escila y Caribdis”, Cristián Warnken se refiere a los dos monstruos entre los que hoy navegan las humanidades.
Coincidiendo, en términos generales, con su diagnóstico, quisiera concentrarme en Escila: las aproximaciones simplistas, poco rigurosas, basadas en lugares comunes —en el mal sentido— y a veces sesgadas que encontramos en el ámbito de las humanidades.
Una experiencia personal: suelo encontrarme con interpretaciones X, Y o Z acerca de la obra de Heidegger —autor en el que me he especializado—, frente a las cuales no puedo sino decir: “no a X, no a Y, no a Z; eso no es lo que Heidegger quiere decir”.
Ejemplar es el caso de su crítica a la técnica, muchas veces mal comprendida porque se pierde de vista que su intención no es rechazarla, sino advertir sobre la necesidad de que el pensar calculante propio de la técnica conviva con otra forma de pensar, reflexiva o meditativa. Y aquí llegamos directo a Caribdis: el paradigma tecnocrático —en la expresión del Papa León XIV en su Encíclica Magnifica humanitas— que no permite ver el valor de las humanidades.
Conclusión: la simplificación cuesta caro (en un sentido para las áreas científico-técnicas que reciben dinero, y en otro sentido para las áreas humanistas que lo dejan de recibir). Pero volviendo a Escila, creo que vale la pena examinar con mayor atención una idea que está circulando hoy, a saber: que, con la IA, ya no sería tan importante contar con expertos en materias específicas. A la luz de lo anterior, diría que, al menos por ahora, en el caso de las humanidades ocurre exactamente lo contrario.