El académico de número reflexiona sobre la crisis espiritual de Occidente, en su columna de El Mercurio.
Llego a Italia por una invitación inesperada a participar en un festival en la ciudad de Letino. Daré en él una charla que titulo “Conversaciones con el alma: la otra conversación en tiempos de la IA”. Me piden que la dé en francés, lo que me inseguriza, a pesar de que es casi una segunda lengua para mí. Ese público no me conoce y los franceses que estarán ahí descubrirán mis errores gramaticales y fonéticos, y no sé si este tema que expondré les hará sentido. Y de este festival tengo muy pocas referencias. ¿Por qué se hace en un pueblo perdido en las montañas, donde no llegan los turistas, a una hora y media de Nápoles? Descubro que, una vez al año, el festival le vuelve a dar vida a un lugar cuyos jóvenes lo han abandonado en busca de un mejor destino. Como tantos pueblitos de Europa que sufren el drama del desarraigo de la tierra, el envejecimiento de su población y el vaciamiento de sus iglesias. La muerte de Dios y la muerte de la tierra, para decirlo de manera fuerte.
A pesar de mis nervios y dudas, mi charla tiene muy buena llegada: preguntas profundas, reflexiones de un público de todas las edades, venidos de todas partes de Europa, que se emocionan cuando me escuchan hablar de la filósofa española María Zambrano, autora de “Para un saber sobre el Alma”, donde afirma que la palabra Alma fue reemplazada por la palabra “psique”, y el Alma quedó circunscrita al ámbito de la psicología. ¿Qué puede decirles un sudamericano —pienso mientras expongo— sobre el Alma a los habitantes de la vieja Europa? En los días del festival, descubriré que, en medio del desconcierto, la crisis geopolítica actual, el miedo a la guerra, hay europeos que anhelan escuchar otra vez la palabra Alma, que muchos intelectuales han tirado al olvido. ¿Y dónde está el Alma de Europa?, me pregunto.