Cristián Warnken: “¿Jardinero o demiurgo?”

En su columna de El Mercurio, el académico de número defiende el reformismo prudente frente a los proyectos políticos de transformación radical.

El mundo sería mejor si quienes lo dirigieran fueran jardineros. El jardinero cultiva su jardín, lo cuida, no pasa por su cabeza fabricarlo o crear uno nuevo arrancando de raíz todo lo “malo de una vez”. Recuerda al maestro antiguo que dijo: “cuidado cuando arrancas la cizaña de arrancar también el trigo”. El demiurgo, en cambio, odia el jardín en el que le tocó nacer, siempre mira el jardín del lado y apenas pueda va a talar y quemar cizaña y trigo, todo junto.

Ningún jardín es perfecto, pero es mejor mejorarlo podándolo con mucho cuidado, que destruirlo. Pero por todas partes abundan los demiurgos, como si no hubiese bastado la trágica experiencia del siglo XX para aprender que, de tanto intentar cambiar nuestro mundo, hemos terminado por dañarlo y, a veces, hemos estado a punto de destruirlo. El impulso o pulsión por la emancipación está en las entrañas de nuestra modernidad y viene de muy atrás (desde el “mi reino no es de este mundo”) en nuestras raíces judeocristianas, pero deformadas, puesto que lo que se prometía era una trascendencia, no realizar aquí el paraíso. Por haberlo leído así, el intento de hacer el paraíso en la tierra solo trajo el infierno. Es cosa de ver las ruinas de Alemania de la posguerra, el desplome de la Unión Soviética y, en nuestro continente, la devastación de Cuba y Venezuela, para entender de lo que estoy hablando. 

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