Cristián Warnken: “Guardemos (el) silencio”

El académico de número reflexiona sobre la pérdida del silencio en la era de la sobreinformación, en su columna de El Mercurio.

Vivimos tiempos de griterío y de exceso de información. El exceso de información es, finalmente, ruido. Nietzsche, siempre adelantándose a todo, afirmaba en el siglo XIX: “Sin dudas corren malos tiempos para el pensador, él ha de aprender a aprovechar el silencio que se da entre dos ruidos y a hacerse el sordo hasta acabar siéndolo realmente”. Byung-Chul Han, en su último libro, “Sobre Dios”, aborda, entre otros, este tema que debiera preocupar no solo a filósofos, sino a todos los seres humanos. Sin silencio, nos volveremos sordos al mundo, a nosotros mismos y a Dios. La muerte de Dios tiene que ver con la muerte del silencio y la falta de atención. “La información, en tanto que ruido, arrasa la atención. El estruendo de la información y la comunicación que asalta al alma es más destructivo que el estruendo de las máquinas de la modernidad”, dice Han.

Sin silencio, no puede haber pensamiento ni creación. Las informaciones son invasivas, se imponen a nuestra percepción y nos impiden oír las cosas que son pudorosas. Sí, porque hay un silencio en las cosas que ya no podemos escuchar. Y ese silencio se manifiesta cuando las cosas dejan de ser utensilios. Quien se ha dado el tiempo para contemplar cosas aparentemente insignificantes, se dará cuenta de que hasta un par de zapatos viejos abandonados en una pieza, de pronto, pueden producirnos una epifanía; eso le pasó a Van Gogh y lo reflejó ese hermoso cuadro suyo, “Zapatos”, de 1886. Pero también nos hemos alejado de las cosas y nos acercamos vertiginosamente a un mundo de no-cosas, de informaciones. Cuando las cosas ya no nos llamen desde su silencio, habremos perdido algo fundamental de nuestro habitar y ser en el mundo. Vallejo decía: “Y me alejo de todo/ porque todo se queda para hacer la coartada:/ mi zapato, su ojal, también su lodo/ y hasta el doblez del codo/ de mi propia camisa abotonada”. Ahora las cosas ni siquiera se quedan “para hacer la coartada”.

>> Texto completo en El Mercurio (con suscripción)