El académico de número recuerda a la escritora chilena, María Luisa Bombal Anthes, en su columna de El Mercurio.
Un 6 de mayo de 1980, fallecía María Luisa Bombal. En otoño, como hoy. Estación propicia para releer sus libros. Para conectarse con nuestra interioridad —que tenemos tan abandonada en estos tiempos—, con nuestras emociones, pasiones, rencores y éxtasis, con ese fondo misterioso de la subjetividad de cada uno, que la Bombal supo expresar como nadie lo había hecho hasta entonces, salvo nuestros poetas.
No sé si se sigan leyendo en los colegios sus libros. Mucha literatura insípida o también literatura “de género” —como se suele decir—, pero la verdad es que nadie ha llegado tan hondo en la indagación de la sensibilidad femenina como ella. Sin teorías ni consignas. Bombal dijo por ahí: “no me importó el feminismo para nada porque nunca me importó. Sí leía mucho a Virginia Woolf, pero porque sus conceptos los hacía novelas y no daba sermones (…) yo tenía pasión por lo personal, por lo íntimo, por el corazón, por la naturaleza y por el misterio”. Yo agregaría también por el deseo. Eros sopla y alienta muchas de sus páginas. Las mujeres de las novelas y cuentos de Bombal anhelan vivir el amor intensamente, entregarse y recibir amor y pasión. Pero se encuentran con una galería de personajes masculinos, y también femeninos, castrados emocionalmente o fríos, o derechamente muertos en vida. Seres incapacitados para vivir, con todo lo que significa vivir. “¿Es que todos los que han nacido para amar viven así como ella vivió? ¿Ahogando minuto a minuto lo más vital dentro de sí?”, se pregunta la narradora de “La amortajada”. Ella está muerta, pero más viva interiormente que todos los que la rodean y vienen a llorarla junto a su lecho. Le es revelado, en ese momento, lo que probablemente nos será revelado a todos en ese tránsito: que desperdiciamos la vida que nos fue dada, con nuestro cuerpo y nuestra alma, por quedarnos atados a costumbres y formas, en las que nos escondemos muchas veces por nuestro temor a ser.