El académico de número reflexiona sobre el impacto de la Inteligencia Artificial en la sociedad, en su columna de El Mercurio.
El tema hoy es la Inteligencia Artificial. Oscilamos entre visiones apocalípticas que caen en la tentación de la desesperanza o, en el otro extremo, en un optimismo ingenuo. Tengo dos amigos: uno apocalíptico y otro integrado, que me hacen oscilar, cada vez que hablo con ellos, entre el miedo y la esperanza. “Será maravilloso: tendremos tiempo de ocio abundante, estaremos atendidos por agentes que harán todas las tareas rutinarias y tediosas por nosotros”, me dice el amigo optimista. Le pregunto si no será peligroso que muchos dejen de trabajar, y le traigo a colación a la filósofa Hannah Arendt que, en su conocida distinción entre “labor” y “trabajo”, sostiene que el trabajo crea sentido, sobre todo porque, al crear objetos que usarán otros (desde una silla a una obra de arte), nace de nuestras propias manos un mundo estable y duradero que va más allá de nuestra propia vida. ¿Qué pasará cuando en esa tarea seamos suplantados por máquinas?
Pero, ojo, lo más excelso de lo humano, para Arendt, es lo que ella denomina la “acción”: cuando creamos —con otros— historia y sentido, mucho más que objetos. Seres humanos creando algo nuevo en el espacio público, con la palabra y los actos: relatos, ideas, utopías… Bueno, resulta que la IA es “agente” y podría reemplazar al hombre en esa dimensión hasta ahora fundamentalmente humana. Mi amigo optimista se queda pensando. ¡Aún pensamos! ¿Pero también seremos suplantados en el pensar, ese pensar que según Descartes nos da existencia (“pienso, luego existo”) y, según Pascal, dignidad? “El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante”, dijo Pascal. Mientras sigamos pensando y, por lo tanto, dudando, creo que estamos salvados. De lo contrario, seremos zombies alienados, suplantados y dominados por máquinas pensantes.