El académico de número examina dos estilos opuestos de ejercer el poder político, en su columna de El Mercurio.
Se repite hasta el cansancio este tópico: que gobernar hoy, en cualquier lugar del mundo, es cada vez más difícil. ¿Pero alguna vez fue fácil? Pienso en Marco Aurelio, en la soledad de la noche, después de cruentas batallas, escribiendo sus meditaciones, emperador-filósofo, pero no en un sentido platónico sino estoico, buscando incansablemente el equilibrio, la armonía y la prudencia.
Hoy abundan los gobernantes desmesurados, megalómanos y populistas. Muchos de ellos son narcisistas malignos o paranoicos que someten la realidad a su ideología o megalomanía, no importando el costo que ello pueda tener en la vida de sus gobernados. Por eso la última película del director italiano Paolo Sorrentino, “La Grazia”, nos conmueve y despierta la nostalgia de una clase de político en vías de extinción. El protagonista es un presidente (ficticio) de Italia, un demócrata, humanista y católico, que se viste con el mismo traje sobrio y casi funerario siempre, y que no ha llegado al poder por algún delirio personal, sino por un sentido del deber y la responsabilidad cívica, hoy en retirada. El Presidente se pasea solo por palacios solemnes, en una Roma que ya lo ha visto todo (desde el esplendor hasta la decadencia) y rumia dilemas morales y remordimientos que no lo dejan dormir en paz. Esa duda permanente, algo hamletiana, enerva a su hija Dorotea, su asesora y confidente, y pudiera ser vista como un gran defecto, pero es rescatada finalmente por el director de la película como un valor. Por algo el film se llama “La Grazia: la belleza de la duda”. En un tiempo donde los líderes mundiales parecen no dudar ni un minuto y toman decisiones radicales que llegan a comprometer el destino del mundo entero, ver a un presidente que duda nos parece un signo de sanidad mental y espiritual. No se trata de no tener convicciones, pero lo más peligroso es no tener dudas.