Agustín Squella: “Suspender el juicio”

En su columna en El Mercurio, el académico de número plantea que, ante las grandes interrogantes de la sociedad, la política y la ética, muchas veces no tenemos certezas reales, sino opiniones o interpretaciones que presentamos como verdades.

Casi todos presumimos de tener las cosas claras y disponer de respuestas a las interrogantes globales, continentales y nacionales que nos acosan, y pocas veces nos allanamos a reconocer que lo que nos nace “desde adentro”, o sea, íntimamente, es una reacción que podemos llamar “perplejidad”. Sencillamente, no entendemos algo con claridad, ni menos con seguridad, aunque nos obstinamos en compartir aserciones que, en el hecho, no son más que opiniones o interpretaciones acerca de lo que ocurre o se ve venir.

No es fácil reconocer ante los demás que lo que desarrollamos muchas veces es una honda perplejidad que, las más de las veces, no resulta posible disipar ni con la virtud teologal de la esperanza, ni con súbitas iluminaciones, ni con la filosofía, ni tampoco con el arte. Resulta difícil admitir que ante ciertos hechos o sucesos quedemos con frecuencia pasmados, atónitos, confundidos, y que, por tanto, permanezcamos por algún lapso paralizados y sin ningún tipo de resolución.

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