El académico de número reflexiona sobre como las personas envejecen culturalmente en su columna de El Mercurio.
Parece una pregunta fácil de responder, aunque la verdad es que tenemos varias edades y no solo la que puede saberse merced a nuestra memoria, y si esta última anduviere muy mal, consultando la cédula de identidad. A esa llamamos “edad cronológica”, pero hay también una “edad biológica”, que es la que tiene nuestro cuerpo y que puede calcularse consultando a un gerontólogo. Tenemos igualmente una “edad psicológica”, que es la que sentimos tener y que siempre es menor que las dos anteriores. Hay también una “edad burocrática”, aquella en que nos jubilan, y que, a contrapelo del actual y retardado proceso de envejecimiento, suele adelantarse a aquella en que se podría y querría seguir trabajando. En cuanto a la “edad social”, es la que nos echan los demás cada vez que después de largo tiempo nos encontramos con otros y nos engañamos con frases como “Pero si estás igual que antes” o “¿Cómo lo haces para verte tan joven?”, o que nos mentimos a nosotros mismos declarando estar siempre “como tunas”. Creo que hay también lo que podríamos llamar “edad existencial”, que vendría siendo una combinación de todas las anteriores y que, al ser enteramente subjetiva, es muy difícil de estimar de manera compartida. Se trata de una especie de balance o promedio de todas las edades mencionadas antes y que va decantándose muy lentamente y de manera difusa.