El académico de número reflexiona sobre la inteligencia artificial como fenómeno cultural, en su columna de El Mercurio.
En el sentido más amplio que damos a esa palabra, “cultura” es todo lo que resulta de la acción conformadora y finalista de hombres y mujeres. Todo. Todo cuanto los seres humanos han puesto entre el polvo y las estrellas; es decir, entre el suelo que pisamos y lo que ha podido ser instalado en este o fuera del planeta que orbitamos. Por lo mismo, esto quiere decir que si las comidas que preparamos son parte de lo que en tal sentido llamamos “cultura”, también forman parte de esta, por ejemplo, las carreteras que se construyen, la invención de la bicicleta, Internet y, asimismo, las ciencias y tecnologías, viejas y nuevas, y también la así llamada inteligencia artificial.
Han sido ensayadas otras denominaciones para aquella, pero la ya asentada es “inteligencia artificial”, y todos, nuevamente todos, tenemos al menos una idea y algunas experiencias de lo que es ella y de las múltiples maneras en que nos valemos de frecuentes aplicaciones de esta tecnología. El gran salto de la IA —bien conocida por ese par de letras— se produjo recién en la presente década, no obstante que el uso de ella, que se remonta a menos de un siglo, fue considerado inicialmente por muchos como una ficción, número de magia y hasta mera superchería. Con mayor o menor conciencia de ello, igual seguimos empleando la IA en nuestra existencia cotidiana.