En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre el futuro de la humanidad a la luz de los avances científicos y tecnológicos.
El título de la reciente versión del Congreso del Futuro fue “Humanidad. ¿Hacia dónde vamos?”. Cualquiera de nosotros, sin formación científica y enterado más bien de oídas de las nuevas tecnologías, podría responder a esa pregunta diciendo que no tenemos la menor idea, si bien lo cierto es que, además de algunas informaciones, también tenemos intuiciones, afincadas estas últimas en las primeras o que provienen de distintos expositores que han concurrido a esta u otras de las versiones del Congreso. Hay también mucho que leer, incluidos frecuentes despachos de prensa sobre el tema, y tampoco se trata de cualquier cosa acerca del futuro, sino de aquel que podría tener la humanidad. Recuerdo muy bien la escena de “Amarcord”, de Federico Fellini, en que el ciego del pueblo que va junto a su acordeón en uno de los botes que han salido mar afuera para conseguir ver el paso de un lujoso y enteramente iluminado trasatlántico en medio de la niebla y la oscuridad, pregunta una y otra vez, agitando la cabeza a lado y lado, “¿cómo es?, ¿cómo es?”, naturalmente sin conseguir él ninguna visión de la imponente nave.
Los expertos que han participado en el Congreso del Futuro no son ciegos. Ven, y comunican lo que ven, y, sobre todo, están en condiciones de percibir el rumbo que lleva la embarcación, o sea, la humanidad. Ciencias y tecnologías están hablando con voces cada vez más potentes y, en el caso de las segundas, abriendo ellas camino a nuevas investigaciones científicas.