Discursos de incorporación

Vocación de un oficio

marino 1

Discurso de Incorporación de  Marino Pizarro Pizarro como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

1. INTRODUCCIÓN

Con la certeza de que me acerco a la más alta tribuna del hacer académico y consciente de este honor, agradezco, emocionado, ser recibido como miembro de número por la Academia de Ciencias Sociales del Instituto de Chile.

No tengo otro mérito que creer en la dignidad del oficio de maestro y en la fe y el amor que me alentaron para hacerlo la tarea de mi vida.

Muchos me dieron esa fe durante tantos años. Desde mi escuela primaria de la infancia, el liceo de la adolescencia provinciana y la Universidad de Chile de la juventud. Fue allí, en el Instituto Pedagógico, donde se alzó la figura de Irma Salas Silva, mi maestra y amiga, a quien me corresponde suceder en el sillón número diez de esta prestigiosa Academia.

La vasta y fructífera actividad profesional desarrollada por la doctora Irma Salas Silva en el ámbito educacional de nuestro país abarcó todos los niveles del sistema, entregando su más valioso aporte a la Universidad de Chile. La investigación pedagógica, la administración de la educación, el planeamiento educativo, la docencia universitaria y la extensión profesional no le fueron ajenos y en cada uno destacó con singular sapiencia.

Inició su sólida formación educacional en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde obtuvo el título de Profesor de Estado en Inglés y simultáneamente realizó en la Escuela Normal N° 1 de Santiago un Curso Especial de Formación de Profesores de Enseñanza Primaria, alcanzando el título de Normalista. Continuó después estudios de postgrado en Educación en el Teacher’s College de la Universidad de Columbia en los Estados Unidos, donde obtuvo sucesivamente los grados académicos de Bachiller en Ciencias, Magíster en Artes y de Doctor en Filosofía. Suma a sus títulos y grados los Diplomas Profesionales en las especialidades de Director de Escuelas Secundarias, Especialista en elaboración de programas de enseñanza y Consejero Educacional y Vocacional.

No es tarea fácil sintetizar una labor caracterizada siempre por tan múltiples y variados logros, todos de primera importancia.

Sus méritos profesionales, le permitieron ser distinguida en muchas ocasiones por el Gobierno de Chile para asumir su representación en organismos internacionales de educación.

Y su sobresaliente trayectoria y destacados logros alcanzados al servicio de la tarea educativa la llevaron a obtener distinciones significativas tanto en Chile como en el extranjero.

La Dra. Irma Salas transformó su vida en un compromiso de irreversible fe con la educación y, en recuerdo de gratitud, nos sumamos hoy todos los que aprendimos de ella el sello inconfundible de su entrega generosa al más simple y supremo oficio de maestro.

Seguirá siendo impronta de cualquiera que estuvo a su lado o a su sombra, porque ha sido marcadora de un modo de enseñar, investigar, experimentar, que formó realmente, a un contingente enorme de profesores para quienes la educación es la matriz generadora de todos los bienes humanos: la justicia, la verdad, el respeto, el pensamiento libre y la acción creadora. La historia de las ideas educacionales en Chile recogerá el nombre de Irma Salas como una de sus impulsoras más tenaces, una renovadora constante y una buscadora incansable de nuevas y avanzadas metas educativas. Ella nos ha dicho con su vida cómo se ponen en práctica los más altos principios, sin estridencias, con digna sabiduría, con disciplina inexcusable, reveladora de una mujer de madurado talento y de honesta autenticidad.

Irma Salas Silva fue, pues, una individualidad con vocación de oficio único de educadora al que guardó fidelidad recóndita hasta los últimos momentos de su vida. Era ella de oficio verdadero y con su ejemplo enseñó a serlo también a muchas generaciones de profesores que crecieron en su vocación y no la transaron por ninguna primogenitura de halago, dinero o conveniencia.

2. SENTIDO DE UN OFICIO

Vocación de un Oficio se titula esta presentación, porque quiere ser, de algún modo, un homenaje no sólo a Irma Salas sino a todo maestro y profesor que con sus manos anónimas han hecho del barro de la patria el hombre de la patria, al profesor auténtico, no claudicante de su profundo oficio, enraizado en verdadera vocación.

Vale la pena detenerse en la palabra oficio que el tiempo y los cambios sociales han ido desgastando de su significado más hondo. Oficio es, en sus primeras acepciones, tanto la “ocupación habitual” como el “rezo diario”, tanto “defensa gratuita de abogado de turno” como “profesión, función o empleo”.

Pero es más sabio decirlo con palabra sabia, la de otra mujer que está presente entre nosotros después de cien años y la que, por caminos muy diferentes, muy paralelos, como Irma Salas, buscaba en la mujer, el niño, la patria, la profundidad de ser auténtico. Esto es lo que Gabriela Mistral dice del oficio:

“Que el oficio no nos sea impuesto: primera condición para que sea amado.

Que el hombre lo elija como elige a la mujer y la mujer lo mismo como elige al hombre, porque el oficio es cosa mucho más importante todavía que el compañero. Éstos se mueren o se separan; el oficio queda con nosotros.

Solamente Dios es asunto más trascendente para el hombre que su oficio.

Andan muchos sintiéndose humillados en su profesión y pensándose superiores a ella. ¿Por qué no la dejan? La recogerán otros que le sean más leales. Cosa tonta vivir con rabia o desabrimiento en el lugar donde alguno pueda permanecer con alegría. Renegar del oficio en que se vive el día es tan ingenuo como renegar de la piel oscura; se le lleva sin remedio, por voluntad de Dios, si es vocación; por tonta aceptación nuestra, si es accidente…

Cada oficio hace una pirámide de valores. Los ápices son iguales y con idéntica suavidad tocan el cielo. Y los bajos de la pirámide, sean ingeniería zurda o clínica torpe, se quedan en unánime plebeyez; mal carpintero, igual a mal institutor y a mala confitera…

Pero cuando la profesión se vuelve vicio en nosotros, hasta el punto de que el maestro de escuela acaba por no ver el mundo sino en pedagogía —y sólo en la suya, lo que es peor— o al político se le vuelve la vida pura malicia baja y jugarreta electoral, la extensión, digamos la inundación del oficio, para en calamidad…

Son tan raros el hombre y la mujer domiciliados en oficio legítimo, que llega a parecernos un suceso toparnos con ellos. A mí se me hace una fiesta verdadera; mi encuentro lo mismo con el herrero que con el médico genuino. No puede creerse en una naturaleza tan estúpida que sólo logre hacer diez artesanos en una comunidad de obreros; aquí como en todas las cosas es la vanidad quien anda torciendo realidades y volviéndonos la vida necia o infecunda.

Si viviéramos los tiempos de la Esparta dura y neta, se merecerían una corrida de baqueta en plaza pública, como represalia del Estado, la legión de padres insensatos que dan a los países, en sus hijos, los falsos constructores y los falsos marinos, y los falsos maestros… y los falsos abogados cuya abundancia hace horizonte como la hierba y se come sin beneficio la noble fuerza del suelo americano.

Pero no estamos en Esparta y el oficio artificial viene matando las corporaciones y tornando estúpidas las comunidades en que uno es el nombre y el otro el hombre. Se dice “profesor” y hay que hurgar debajo de eso; se dice “licenciado”, y lo mismo: porque el nombre desde hace tiempo ya no expresa sino una pretensión insolente, ni siquiera una aspiración ardorosa”.

No voy a aludir al profesor que es sólo el conductor de la clase o investigador de su ciencia; guía de sus alumnos o consejero de personalidades; especialista en su disciplina o experto en tecnologías; mediador de las filosofías y las artes o partícipe activo del medio social en que vive y convive. Eso es parte de un relato didáctico-pedagógico de otro momento y de otro domicilio. Sólo quiero, en supuesta revisión de valores, subrayar su artesanía sutil y generosa.

El oficio en la vida del hombre —dulce y agraz ejercicio— no se acaba sino al final de su incesante quehacer, porque la vida se hace hacia adelante y nuestro espíritu está siempre en el futuro. Y así, quizá, podremos presumir que, de este modo también, y a través del oficio, se prueba el patriotismo y se le vuelve una honra colectiva.

3. LA FIGURA DEL MAESTRO

Al referirme a la vocación de un oficio, quiero acercarme un poco apenas a la figura involucrada en ese siempre inacabado acto de educar, a la encarnación de ese proceso: el maestro mismo. Figura que se interesa en la responsabilidad del ser humano para ayudarlo a humanizarse y a alejarlo de la imperfectibilidad. Consciente de que la educación no conduce a la producción de recursos humanos sino al desarrollo y comprensión de la mente del hombre, se esfuerza por darles a todos la oportunidad de ser humanos.

En la medida en que el maestro siente que enseña para la vida como impulso para su propia labor y él mismo se decide a ser realista, abierto y joven, en la misma medida está sustrayendo su enseñanza a sus propios y ajenos intereses para el digno propósito de las tareas más grandes de la vida. De ese modo, él hace de la escuela un lugar en donde no sólo se hable de la vida sino que se viva en una convivencia humana real, que sirva para que se realicen cada día los valores vitales plenos, tan sepultados hoy en la mayor parte del mundo. Para que se realicen allí formas de vida auténticamente democráticas y se cumpla, al decir de Stöcker, “la gran misión educativa”. El porvenir de nuestras sociedades es la madurez, el desarrollo, el cambio. El hombre que nuestras sociedades tienen que formar es el hombre de la democracia, del desarrollo humanizado y del cambio al porvenir. La responsabilidad, pues, del profesor es la de capacitar a cada uno para la más plena expresión de su personalidad y de su libertad y para la participación más eficaz en las decisiones de la vida. Es ayudar a dar el paso que corresponde a nuestro tiempo en el sentido de defender y enriquecer la dignidad del hombre. La responsabilidad del profesor es también formar al ser que aspire a alcanzar la verdad, porque ésta da sentido a las cosas, y a ser capaz de llegar a la verdad porque posee la libertad, condición inherente del vivir. Porque el hombre libre —como lo he repetido en alguna oportunidad— no es aquel que sólo defiende la libertad material. El hombre libre es el que defiende el derecho a pensar, meditar, razonar y discrepar. El hombre libre es aquel que no enajena su pensamiento ante nada ni ante nadie, porque es el único patrimonio que puede dejar a sus descendientes.

No se discute que el profesor debe dominar toda la materia específica que enseña y que su preparación debe corresponder a un nivel de educación superior, pero su saber especializado ha de tener un sentido armónico con su profesión. Los conocimientos especializados que un profesor posea en alguna rama del saber humano pueden ser los mismos que pertenecen a otras profesiones; sin embargo, lo que define a una profesión no es el saber en sí mismo sino el sentido o el valor de ese saber. Lo que hay de particular en la profesión del profesor es que el saber docente aspira a la comunicación. El sentido del saber docente halla su plenitud en el momento en que es compartido. Ese saber desborda sus propios contenidos específicos para propender al mejoramiento integral del educando y al de la sociedad. No cabe duda de que el profesor debe ser experto en la materia que enseña, pero ante todo debe ser un profesor. La dificultad de tal enseñanza estriba, a este respecto, en que el profesor debe ofrecer a todos una enseñanza que al mismo tiempo diferenciada, sea unitaria. Ser individual, aspirar a integrar a la persona consigo misma, de modo que sus posibilidades encuentren el camino de la plenitud a que aludimos, y armonizar esas posibilidades siempre diferenciadas con las formas colectivas e integradoras de la vida social, es parte de su oficio. La tarea de hacer del individuo que se educa un ser social, exige del profesor amplia información acerca de las normas y de los valores que dan forma a la sociedad de su tiempo y una fina sensibilidad para estas normas y valores generales que no son patrimonio de grupos, clases ni profesiones. La sociedad reposa sobre el fundamento de bienes culturales comunes que la caracterizan como un todo y la eficacia de la vida social depende de la fuerza con que estos bienes culturales circulen dentro de ella. La identificación del profesor con las normas y los valores que definen la llamada, por algunos, cultura general es uno de los fundamentos de la profesión. Si ha de ser un centro de intereses valiosos, él debe, cualesquiera que sean las disciplinas que enseñe, poseer un dominio adecuado de esa cultura general. El profesor moderno no actúa exclusivamente sobre el alumno, dentro del aula y en un contenido restringido a lo específico que enseña. Alumno y escuela viven dentro de una sociedad y la sociedad toda es concebida por él como un sistema de estímulos educativos y como una energía que permanentemente es canalizada y formada por la educación. Educa a sus alumnos para la vida social, pero educa también a la sociedad para que esté siempre abierta al impulso del progreso y la renovación.

El profesor debe contar con una cultura especializada que le permita enseñar eficazmente las disciplinas a su cargo. Y en su tarea propiamente docente, debe preocuparse siempre por abrir caminos a las formas generales del conocimiento y a los valores universales de la cultura; abrir su mundo al análisis de los problemas actuales de la educación en otros países y a los problemas contemporáneos del propio país. Lo esencial es examinar las vinculaciones de la educación con la vida de la persona, de la sociedad, de la cultura. La educación, así concebida, es una fuerza positiva en el desarrollo de la cultura y colectividades humanas y una empresa de naturaleza universal.

El profesor ha de abrir también su actitud a la comunicación y convivencia, vale decir, a la solidaridad y generosidad, como parte fundamental en el proceso de formación y educación del hombre. El perfeccionamiento de la personalidad reclama para su realización contenidos integrales y plenitud de valores. No se alcanza la personalidad con el cultivo de sólo una parte del ser humano. La educación del hombre ha de dirigirse hacia la organización dinámica individual y su total integración. Representa al individuo formado en todos los aspectos de su ser y en todos los sectores de la vida y de la cultura. El profesor en su oficio pretende que el hombre pueda entender en común el mensaje del saber y de la vida, que aprenda a comunicarse, convivir y cooperar con los demás y a ser capaz de convertir sus ideas en acción. La solidaridad y generosidad necesitan una práctica permanente y silenciosa, una voluntad sin cansancio y una fe, entendida como la constancia más sentida y sincera. “La solidaridad y la generosidad en la construcción del mundo del hombre —ha dicho el profesor Juan Gómez Millas— son la prueba suprema de la autenticidad y de la verdadera sabiduría; es la del maestro que desenvuelve ante el discípulo el drama de su propia vida espiritual y los sucesivos dramas de innumerables generaciones que desde el más remoto pasado lucharon por comprender al hombre y obtener una explicación del universo”.

Educar —para el profesor de todos los tiempos— es proyectar ideas y valores hacia su realización y considerar que cada individuo que se educa es un trabajador activo de la sociedad. Es considerar también que la educación tiene una doble dimensión: preparar para los cambios, hacer a los hombres aptos para aceptarlos, crear un espíritu dinámico y no conformista y al mismo tiempo desempeñar el papel de antídoto contra numerosas deformaciones de la persona humana y de la sociedad. Tal vez una educación así entendida podría ser capaz de remediar la frustración, la deshumanización y la desesperanza de un mundo que pretende ser dominado por la técnica y la especialización excesiva.

El profesor se afana porque en el mundo de la vida diaria de cada uno se luche por conquistar los saberes, porque la ignorancia no sea la negación de la luz, y la pereza, la negación de la vida. La vida es una lucha constante por la cultura y la moral; la libertad y la justicia; el trabajo y el progreso. Así, en el mundo de la vida animal, se lucha también por conquistar la pertenencia de la hembra deseada; el trozo de carne de la bestia herida para saciar el hambre; el territorio preciso para delimitar el hogar de los críos en las praderas o las selvas; el aire puro y claro para reencontrar el descanso. ¿O no es eso lo que hacen el jabalí grosero en su guarida; el águila feroz de la montaña; el venado elegante de los riscos, y la paloma y pájaro cautivos del universo?

Saber, sentir y actuar son la clave del ejercicio docente del oficio de maestro proyectado hacia el individuo que se educa. Porque cada uno sabe cuánto cuesta empezar cada hora con el conocimiento nuevo, la complejidad de la ciencia y el asombro del arte, el maestro invita a mirar el futuro, el mundo de asombrosas revoluciones sociales, el encuentro de caminos más actuales y vigentes para enfrentar una enseñanza remozada. Invita a analizar y revisar los problemas en la óptica del contexto de la vida social, porque la educación es, ella misma, si repetimos a Ortega, un “trozo de vida” social, idea básica para plantearse su quehacer permanente. Esa es, pues, parte de su propia misión: provocar la motivación para lograr la recreación del conocimiento y la cultura, aproximarse cada día a la sorpresa de la ciencia, al desafío del encuentro con la verdad.

Sin embargo, el oficio de maestro no siempre ha sido feliz a través de los tiempos. Humillaciones, injusticias y soledades costaron a muchos. Como si del dolor naciera el progreso de la humanidad. Hay que tener valor para proclamar y defender el sentido de ese oficio, así como para desarraigar el prejuicio de algunos agoreros que lo degradan y denigran. Pero quien busca y encuentra, enseña y defiende el oficio, aprende a amarlo como todos los más grandes amores. Porque educar, como el amar, es también un arte que reclama sacrificios y renuncias, disciplina y paciencia. Y quien aspira a convertirse en maestro debe hacer de éstos una incesante e inacabada práctica, como una regla impuesta desde los propios dentros, como la más pura expresión de la propia voluntad. Quien aspira a ser maestro debe imponerse la responsabilidad de que, en lo naturalmente posible, los hombres sean iguales, libres y fraternos. Y ahora que el mundo todo conmemora los doscientos años de la trilogía de igualdad, libertad y fraternidad, su misión revivida de maestro es enseñar a conquistar la igualdad, a adquirir la libertad y a ejercitar la solidaridad, en suma, a convencer al hombre de que es un hombre. Y amparado en el alar de la antigua historia y con la excusa para muchos, me arriesgo a inventar de nuevo en su honor la acacia florecida del maestro fenicio de la vieja leyenda, o el mirto que llevaban los iniciados de Menfis y de Heliópolis o la rama de oro que Virgilio colocó en las manos de Eneas.

4. LOS MAESTROS DE JUVENTUD

El hombre, desde que se gesta, necesita de estímulos generosamente positivos. Desde percibir el latido primero del corazón de la madre hasta percibir, de algún arcano modo, la emoción en la voz de un amigo que lo despide para siempre. Tal vez, sólo el santo o el loco —que de una manera maravillosa se tocan en el vértice de una estrella— no necesitan estímulo externo para su acción.

Así, en el lejano tiempo de un viejo pueblo tendido en un valle de tierras generosas, de cuyo nombre sí quiero acordarme, supe de maestros que hicieron de su vida y del llamado apostolado de las letras primeras el más claro y auténtico acto de fe. Apoyados en esa fuerza jamás desmentida de la Escuela Normal —escuela generadora del maestro de vocación auténtica—, lucharon sin descanso en la batalla del abecedario.

Unos niños rurales, un silabario Matte y una ley de instrucción obligatoria fueron el más noble acicate para levantar desde la tierra ignara la escuela primaria del conocimiento y del saber. Testigos y protagonistas de un proceso educativo que fue lazo de unión entre ese presente y su pasado. Y fueron también historia viva, porque se fundían en ellos las virtudes y bondades de los viejos y nuevos maestros. Vivían esa armonía ideal entre la actividad cotidiana y las disposiciones naturales que hacían de sus vidas un trabajo fecundo, desinteresado y rico. Capaces de discernir entre lo esencial y lo secundario, no creían que todo lo teóricamente verdadero fuera realizable en cualesquiera circunstancias, ni creían tampoco que el solo hecho de trascender las revelaciones de la práctica estrecha y rutinaria hiciera insostenible una teoría e inalcanzable y vano un ideal. Rectitud, equidad, deber y disciplina no fueron para ellos palabras vacías ni acostumbraban a claudicar en principios ni a derrotar la ética. Gratitud para esos antiguos maestros de esas tierras y tiempos lejanos, esos que pasaron su vida entre los niños, pensando en los niños, luchando por hacer de cada niño un ciudadano. Es ese ejemplo de ellos lo que aún los hace vivir; nombres inscritos en el recuerdo de muchos y en el pórtico de alguna escuela grande donde se enseñe todavía ese milagro del oficio de maestro.

Ellos supieron que los hombres han de vivir en el goce pacífico e inevitable de la libertad como viven en el goce del aire y de la luz. Como vivieron su vida en apartados y silenciosos lugares rodeados de solemnes árboles, torrentosos ríos o infértiles desiertos, que fueron para ellos como una nueva Túsculo, aquel viejo pueblo itálico donde moraban pensadores, poetas y eremitas.

Aquí, en esta mi voz, hay retazos de la maravilla del mundo de Araluce, de las historias fantásticas de El Peneca, de las miniaturas de Calleja y los cuentos de Perrault, de los Grimm y de Andersen. Conocieron los niños de entonces al Eneas y Ulises conquistando Troya, al Quijote y Sancho en el encuentro fraterno por la ruta castellana; al Nils de Selma Lagerlöf, en la cima de los cielos suecos; al niño-corazón de los Apeninos a los Andes; a Salgari y a Verne en viajes de aventura y adelantada ciencia; a Marco Polo, marino veneciano, por Mongolia y China milenaria; a príncipes encantados, y a gnomos y gigantes de guaridas extrañas. Los niños de mi infancia aprendieron a recitar las fábulas de Iriarte, los versos de Blanco Belmonte o Al pie de la bandera, que en la vieja escuela pública se alternaban entre misterios de la ciencia, las máximas de Dios y el manual de urbanidad del temido Carreño. ¡Cómo no recordar ahora a estos hacedores de enseñanza! ¡Cómo no evocarlos hoy si tantos, tantos, los tienen olvidados! ¡Si ellos amasaron el espíritu primigenio del hombre con vocación de oficio verdadero! ¡Si ellos poblaron nuestras mentes de ilusiones y de cantos futuros!

¡Y ahora, sólo ahora, en la vejez del polvo carcomido, persigo el corazón de esos maestros y escuela abandonada!

5. LOS MAESTROS DEL LICEO

Y que sirva una cita de Comenio para recordar hoy el oficio de maestro de los que enseñaron en los liceos de Chile para entender ese soplo profundo de humanidad que alentó a todos.

“Nosotros nos atrevemos a prometer una Didáctica magna, esto es, un artificio universal, para enseñar todo a todos. Enseñar realmente de un modo cierto, de tal manera que no pueda menos de obtenerse resultado. Enseñar rápidamente, sin molestias ni tedio alguno para el que enseña ni el que aprende, antes, al contrario, con el mayor atractivo y agrado para ambos. Y enseñar con solidez, no superficialmente, ni con meras palabras, sino encauzando al discípulo a las verdaderas letras, a las suaves costumbres, a la piedad profunda. Finalmente, nosotros demostramos todo esto a priori, es decir, haciendo brotar, como de un manantial de agua viva, raudales constantes de la propia e inmutable naturaleza de las cosas, los cuales, reunidos en un solo caudal, forman el universal artificio para organizar las escuelas generales…

¿Qué mayor y más escogido presente podemos hacer a la República, que enseñar y educar a la juventud, sobre todo en estos tiempos y en medio de estas costumbres, en las que de tal manera se ha extraviado, que debe ser entrenada y dirigida con el auxilio de todos? —dice Cicerón—. Escribe Felipe Melanchton que formar rectamente la juventud es algo más que conquistar a Troya. A esto mismo se reduce la expresión de Gregorio Nacianceno, que el arte de todas las artes es formar al hombre, el más versátil y difícil de todos los animales.

Así, pues, enseñar este arte de todas las artes, es empresa de gran trabajo no de un hombre sólo, sino de muchos, ya que un solo hombre no puede ser tan perspicaz que no se le escapen muchas cosas”⁴.

Y al añorar a esos hombres en este pasaje del teólogo y filósofo eslavo del siglo XVII, quiero aludir, como ejemplo de otros, a muchos que levantaron los cimientos y el espíritu centenario del colegio creado por O’Higgins en 1821. A través de los ciento sesenta y ocho años del Liceo de Hombres de La Serena, los exalumnos han renovado cada año su fe por la gratitud, el recuerdo y la amistad hacia sus profesores, por esa misión de inteligencia, promotora de toda personalidad humana y cultivo de toda verdad.

Estar allí era estar “en humanidades” y participar de una filosofía explícita hasta en su nombre; se estudiaba al hombre y cómo él iba laborando sus grandezas y caídas. Se aprendía la figura marcadora de avances, la que significó retrocesos, las grandes ondas del crecer y el decaer de la historia del ser humano. Y nuestros apuntes escolares se llenaban de nombres de personas, de cifras y de mensajes de amor adolescentes. Leíamos libros, escribíamos nuestros sueños profesionales, dialogábamos nuestras ideas. Y los maestros nos motivaban con las dolorosas historias de amor de Tristán e Isolda, los laberintos del cálculo y la física, las leyes de la naturaleza, la inmensidad del mundo y el ritmo y la armonía de la música. Y la cultura se arraigaba en estas tareas en forma natural. Y todo era el hombre y siempre el hombre y nada más que el hombre en su acepción de humanidad.

Cuando a la juventud se le ofrece la oportunidad de ser mejor, de estudiar, de saber más, de perfeccionarse a sí misma y esta juventud llega a pedir que se abran las puertas de la tradición y la cultura, creo de nuevo en esta gente, en este país y en una humanidad mejor que ellos. Y otros, como ellos, construirán en todo el universo. Algo así como la ronda de Paul Fort o la Mistral en que se dan la mano todos los que harán el futuro, en un puente sobre el mundo para que transiten por él los valores más puros del hombre de siempre.

Por eso, estar aquí esta tarde es un modo de retornar a nuestros profesores de ayer y decirles que su presencia en el recuerdo ha sido un motivo para intentar ser mejores y un ejemplo para ser seguido.

Que ojalá los hombres de este tiempo, egresados de todos los liceos de la patria, no olviden la misión de sus maestros y el amor que pusieron en orientar y vigilar sus vidas.

6. LOS MAESTROS DEL INSTITUTO PEDAGÓGICO

Y estos maestros que se formaron en las Escuelas Normales, entregaban gran parte de su contingente a la Educación Secundaria y ésta a las Universidades maduradas en el tiempo, en sus grandes hombres, en la experiencia.

Formar profesores, hacerlos realmente oficiantes de la profesión que elegían, era tarea universitaria, y en un alto porcentaje, del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, que durante noventa y dos años cimentó su acción de escuela constructora de educación.

Fue un edificio verdadero y sus maestros, su símbolo y su vida. Que nadie se arrogue su heredad, porque ni su nombre ni su cuerpo existen. Reconstruirlo hoy —tarea de estudio material, intelectual y moral— sería sólo y nada más que para el recuerdo de cien años de su fundación.

Los hombres venidos de su raíz crearon colegios y escuelas de maestros, fundaron cátedras, escribieron libros y exaltaron al hombre y sus valores fundamentales. Y la influencia de esos grandes educadores de fines del siglo pasado y principios del presente se expandió sin límites por Chile y por el resto de América.

Pero ellos estaban allí, para trazar huellas de maestros y de humanistas. Y no fue el azar el que juntó a esos hombres, sino la feliz dimensión esencial de ser hombres, ese rasgo de alteridad que les permite comunicarse con otras conciencias en esta humanidad universal. Ellos supieron, como pocos, dialogar su vida con la más honda sensación de continuidad, de sucesión, de peregrinarlo todo en un deseo de saberes, de experiencias y de asombros sin saciarlos nunca. Como el Persiles de Cervantes, vidas grabadas en nuestros espíritus, y atrás, a lo lejos, a lo largo de la ruta, quedando rastros, como en la vida misma, como el tiempo.

Ellos no necesitaron inventar nuevos Mediterráneos para promover el progreso de la ciencia y la cultura como algunos pocos lo pretenden hoy. Sabían, más que nadie, que la raíz del conocimiento se expande exuberante cuando hay gleba y labriegos generosos.

Sabían que para un mundo nuevo había que recrear educación nueva. A nuevas ciencias, que todo lo inflaman de nuevos conocimientos y verdades, nuevas cátedras y científicos.

Sabían que educar era depositar en cada hombre toda la obra humana que les había antecedido; era hacer a cada hombre resumen del hombre viviente hasta el día en que vive; era ponerlo a nivel de su tiempo y preparar al hombre para la vida presente y por venir.

“Feliz quien pudo conocer las causas de las cosas”, canta Virgilio en las Geórgicas para celebrar la felicidad de aquellos cuyo espíritu vigoroso penetra los secretos de la naturaleza.

Conocieron estos maestros las causas de las cosas y engrandecieron su inteligencia en la trascendencia de su acción. Comprendemos que algunos hombres como ellos se han ido haciendo para vivir en los interiores, entre libros, apartados del estrépito, iluminados por un claror tenue, para estallar súbitamente en figuras del pensamiento y del quehacer.

Entendemos cómo las inteligencias superiores no necesitan quien les haga el supremo bien de sentirse generosos y solidarios, porque por maravillosa compensación de la naturaleza se dan y crecen y no se repliegan en sí mismas, ni viven de pequeños goces y quimeras, ni se cambian en hombres de soledad.

Estos hombres crecen, de una manera visible, crecen, aunque ya no estén, porque aprendieron a compartir el mundo, porque supieron conquistar la libertad día a día con el mensaje de Fausto y porque alcanzaron a vivir en sabiduría.

La responsabilidad del oficio de esos educadores, repartidos por los diferentes ámbitos de la patria y de la tierra americana, vivificó con su espíritu la herencia de democracia y humanismo y la responsabilidad de todos esos hombres y mujeres debe ser también, hoy como ayer, responsabilidad de muchos en esta nueva sociedad presente y futura.

7. PRESERVAR EL OFICIO DE MAESTRO

Querer referirse a la vocación de un oficio es evidentemente querer resaltar la misión más noble y el papel más afectivamente destacado de una profesión. Es querer, de alguna manera, llamar a la responsabilidad que compete a cada hombre que enseña acerca del compromiso de la tarea de educar. No es fácil asumir esa responsabilidad cuando no existe un atisbo de deseado amor, pues enseñar es un acto de alto amor. Es dar sin retribución. Es entregar lo que hemos elaborado por dentro largamente. Enseñar es una actitud. Y lo es de modestia, de no hacerlo sentir, de no imponer la enseñanza ni dejarla caer como la única verdad.

Al decidir el tema, recorrí la experiencia de mi propia vida y seguí el itinerario de aquellos que desde la infancia fueron pasando por los tiempos de mis tiempos. Supe así que no podría sino acercarme al encuentro de los hombres y mujeres que me dieron la suma de su afecto y de su sabiduría. ¿Para qué buscar otros pretextos si fueron ellos la presencia para este solemne momento de academia?

Buscar otro camino fue la inquietud esencial: hablar de la vocación de un oficio.

Y ésta fue mi decisión.

El discurso, por tanto, no ha explorado en los variados campos de las innovaciones pedagógicas, las tecnologías educativas, la influencia de las ciencias del hombre en el acto educativo, los grandes movimientos de la educación, los numerosos pedagogos que han desarrollado teorías renovadoras en los últimos años, los principales sistemas de enseñanza, la investigación educacional, la computación en la escuela…

Cuando se recorren los índices de la historia de la pedagogía, se ha mostrado que los más importantes nombres que han hecho aportes significativos a la educación no han sido precisamente educadores profesionales. Así ocurrió —hasta hace treinta o cuarenta años y para citar sólo a algunos— con Comenio, teólogo y filósofo; Froebel, químico y filósofo; Herbart, psicólogo y filósofo; Dewey, filósofo; Montessori, Decroly y Claparède, médicos y psicólogos; Pestalozzi; Piaget y otros muchos, sin mencionar a los conocidos latinoamericanos y chilenos.

Quizá la razón fundamental de ello consista en que la inmensa mayoría de los educadores del mundo, que trabajaron con tanta devoción y competencia, no haya generado desde sus inicios un grupo de investigadores capaces de hacer de la pedagogía una disciplina científica y viva a la par que otras disciplinas que participan del arte y de la ciencia. En verdad, sólo en los últimos años la profesión de educador ha alcanzado en nuestras sociedades la jerarquía normal a que tiene derecho dentro de la categoría de valores intelectuales. Si un profesor universitario representa la ciencia que enseña y se esfuerza por hacerla progresar, el profesor, en general, no es considerado especialista por la ausencia de técnicas y creación científica. Sólo se dice de él que es el “transmisor” de los conocimientos que están al alcance de todos.

Su vida de ellos ha estado por muchos años separada de las corrientes científicas y de la atmósfera de trabajo experimental, tan propia de los ambientes universitarios. Quizá también otra razón se halle en la formación del personal docente, que lo ha hecho, por años, trabajar con una especie de sentimiento de inferioridad colectivo y sistemático. La creación en las universidades en los últimos decenios de la carrera de pedagogía ha permitido que los maestros puedan aprender a convertirse en investigadores y a superar el prejuicio de ser meros transmisores.

En estos momentos tan importantes para mí, de remembranza y emocionado presente, deseo decir la esperanza de ver que vuelva el maestro, con el hondo sentido de esa palabra, a ser guía y a entregarse a su tarea, porque se lo ha formado en la esencia de su oficio.

Confío, por tanto, en la formación del profesor basada en sólidos principios educativos y alerta al conocimiento nuevo y a la investigación. Una docencia que no se apoya en la investigación es una docencia sin médula y fugaz. Confío también en una educación moderna, renovada con la maravilla de la ciencia y de la técnica; responsable de un auténtico humanismo y celadora de una moral irrenunciable.

Confío, finalmente, en la sabiduría de los maestros esparcidos a lo largo de la patria para que el fiel cumplimiento del oficio no sea sólo una sumisa aspiración cuotidiana sino un vehemente y deliberado quehacer revitalizador. Y de las autoridades del Estado, para que los derechos consagrados en la Carta fundamental fomenten con vigor e inexcusable responsabilidad “el desarrollo de la educación en todos sus niveles; estimulen la investigación científica y tecnológica; la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación”⁵.

Quizá sí habrá que sufrir o aclamar el examen frío o neutral de algún siglo que gradúe el mérito de las obras humanas de este oficio por la utilidad real que produzcan a la humanidad. O quizá ese siglo no llegará nunca para la reputación de los vanidosos héroes, pero llegará, sin duda, para cada hombre, porque sus hechos son sus pensamientos que estarán al alcance de la razón de las edades.

Señoras y señores:

¡Seria responsabilidad es, pues, el oficio de maestro!

Todos hemos comprendido que este oficio es una faena de difícil trabajo y que hay que empaparla de heroísmo para que se ejerza con dignidad y entereza.

Es un oficio que hay que insuflarlo de espíritu vivificador. Un trabajo sin espíritu es una labor sin sustancia, sin profundidad y sin trascendencia.

Es un oficio de amor. Una tarea de donante y no de ser gratificado; una entrega total, sin egoísmo, vanidad ni hipocresía.

Es un oficio de humildad, porque es necesario oxigenar los actos de nuestro camino docente con la modestia de nuestra acción, libres de la soberbia del intelecto y seguros en los cánones de la razón.

Es un oficio de libertad. Cada uno evalúa su escala de valores para ejercitar denodadamente la búsqueda de la verdad, para dinamizar el encuentro de ideas y de hechos, para hallar, en la profundidad de la conciencia, el más puro sentido de la justicia y de la belleza.

Es un oficio de dignidad del hombre, porque, donde quiera se encuentre el límite de su laborar constructivo, se mostrará el respeto por la figura humana. Respeto que no distingue rangos, clases, razas, creencias. Dignidad asentada sólo en la seguridad de la excelencia del progreso humano.

Es un oficio de acción. No sólo de palabras y teorías. No sólo de buenos propósitos y de apariencias. Es un oficio de trabajo incesante, de desbastamiento interminable de la profundidad. Es un oficio de maestro que nunca acaba de agotar.

En fin, es un oficio, el más alto de los oficios, que representa la mayor fuerza moral y la más elevada altura del pensamiento y de la acción del hombre.