Discursos de incorporación

Una mujer enjuicia al tiempo

amanda labarca

Discurso de Incorporación de Amanda Labarca Huberston como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

Señoras y señores, amigos, y desde ahora cofrades en el Instituto de Chile, de antemano agradezco vuestra atención cordial de llegar aquí a escuchar una disertación que, sin duda, va a añadir poquísimo o nada a vuestra sabiduría. Gracias por vuestra benevolencia, gracias, por el estímulo que me prestáis al haberme acogido entre vosotros.  

Repaso mi trayectoria sobre el tema que hoy nos preocupa: publiqué en el año 1914 y bajo el patrocinio de la Asociación de Educación Nacional “Actividades Femeninas en los Estados Unidos“; en 1934 y con los auspicios del matutino “La Nación”, cuyo gran orientador era por entonces, Don Eliodoro Yáñez, mi libro “¿Adónde va la mujer“; en 1950, con el sello de la casa Editorial Zig-Zag, mi “Feminismo Contemporáneo“. Las páginas que aquí os lea son un aditamento a una labor de más de 50 años, que ha rebosado desde los libros a las asociaciones femeninas y a una carrera pedagógica que también me he inclinado a servir con apasionada dedicación. Excusadme, pues, si saliendo de las normas comunes de estas disertaciones, os ofrezca solamente mi panorama, mi visión y mis conclusiones sobre el problema mujer y sociedad (incluyendo, desde luego, en ella, la sociedad conyugal).  

1. EL TRASFONDO PREHISTÓRICO DE NUESTRA CULTURA

No. Venía, desde muy lejos, de las nieblas espesas del pasado, sin otras huellas que el trazo de unas líneas en las piedras de las cavernas. Provenía de los millones de siglos, cuando un grupo humano se avecinó al amparo de una fértil ladera o cerca de un manantial que no perdía nunca sus virtudes milagrosas. 

Provenía de tiempos y de tierras remotas. La antorcha encendida que los huracanes azotaban, corría el riesgo de extinguirse. La carrera, sin embargo, no se detuvo. Muchos eran los hombres, jóvenes y viejos, que abrigaron en su pecho la casi imperceptible lámpara. Ha sido inextinguible. Millones de lunas, miles de años sol sobrepasaron, así, el horizonte de la frágil memoria humana. 

Es indescriptiblemente lento el tiempo que se mide por millones de siglos. Lento, largo, oscuro, tenebroso. Todavía no se aquietan las aguas ni se conforman los continentes.

¿Cómo fue que aparecieron? ¿Venidos de dónde, esos monstruos inmensos, dotados de colmillos de dos y cuatro metros? ¿En qué catástrofes emergieron y murieron? Como si en una época ignota hubieran existido unas especies, unas razas destinadas a poblar de gigantes el haz de la tierra. Y ¿cómo fue que esos seres huyeron de las cavernas o fueron a buscar refugio en ellas y murieron sin dejarnos más que unos esqueletos descabalados, testigos de su existencia y de su desaparición? ¿Cómo, por qué y cuándo apareció el hombre, animal pequeño y sin las formidables armas que constituían los cuernos puntiagudos y enmarañados de los renos o las fuerzas hercúleas de los sansones zoológicos?  ¿Cuándo el mono dejó de ser un simio y encontró su camino para transformarse en hombre? Pequeño en comparación de los gigantes de los pantanos y de las selvas, sobrevivió a los diluvios, a las edades glaciares, a los terremotos y al hambre de tanta bestia carnicera. Dejó de ser mono, pasó a vivir con sobresaltos, entre una historia que todavía no había forjado y una mitología naciente en que se confundía la verdad con la fantasía. 

Es posible que sea éste igualmente el tiempo en que florezca la imaginación, cuando el hombre busca tímidamente en las cavernas la piedra en que estampar la impresión que sobre unos cerebros nacientes grababan los sucesos desarrollados a su alrededor. Ahora comienza, además, a balbucear frases, o hablar, oír y repetir. Se acerca a la poesía.  

Cada tarde arrebolada como para una fiesta, cada noche estrellada traen la promesa de que ese milagro se repetirá una y otra vez, y otra vez. Es posible que sea también la época en que este bípedo principia a tener conciencia de su soledad y de su pequeñez. Busca compañía en los muertos, amparo en los espíritus, auxilio en la experiencia de los ancianos. Florece la imaginación: poetas y aedos ciegos siembran poesía por los caminos incipientes. Repiten en las noches lóbregas, cantigas y gestas: Vates errabundos acunan a una humanidad infantil. Se reparten por los caminos que están hollando lentamente con el tableteo de los pies desnudos. 

}El hombre se siente solo. Y no está bien que esté solo, como lo afirmara siglos adelante, el magno profeta Moisés. 

Por todas partes aparecen grandes y pequeños santuarios. En el fondo prehistórico de casi todas las culturas encontramos, con nombres diversos, mitos semejantes. 

No está lejano el ladrillo que escribe, el papiro y la invención de los jeroglíficos. La especie humana adquiere una trascendencia cósmica que ha prolongado infinitamente su pensar gracias a la escritura. Es como si hubiera nacido con cerebros nuevos.

2. LA BÚSQUEDA DE AMOR

 Llegó, en verdad, el momento en que todos, hombres y mujeres, niños y ancianos necesitaron amparo, protección contra toda clase de enemigos. Mujeres y hombres empezaron a frecuentar sitios que les parecían los más propicios para intentar comunicarse con los dioses. Las mujeres hallaron fácil el camino hacia Venus, descendiente de la griega Afrodita, y de Vesta que da paso a los Vestales. Estas se consideraban descendientes directas de Hestia, diosa del hogar. Si Hestia presidía las brasas del fuego sagrado, la Vestal lo mantenía vivo.  Su culto llegó, siglos andando, a todos los hogares que levantaron altar junto al de los lares y penates protectores.

Y cuando la población se acrecentaba, era la mujer la que sobraba.  Algunos pueblos las mataban al momento de nacer. En la caverna en donde su tarea era resguardar el fuego, posiblemente eran ellas las que entretenían sus momentos de soledad adelantándose a grabar en la piedra sus novedades.  Sería muy aventurado suponer que representaran a los que podían hechizar delineando su figura, rito que todavía es frecuente entre algunos pueblos primitivos contemporáneos. 

El tigre no ha dejado de ser feroz. Tal vez un incógnito abuelo nuestro sufrió una mutación y cambió. Rompió ataduras y distancias y lentamente se fue transformando en hombre. Mientras otros animales no sobrepasaban la órbita de sus ojos, el homo sapiens, defendiéndose de todas las acechanzas de la selva, husmeaba otra vida: Un enredado sendero de perfección.

En innumerables formas, a lo largo de su camino secular, intentó encender la luz misteriosa que alumbraba en el arca de su pecho y que pugnaba por señalarle la existencia de anhelos más íntimos. En balde trató de romper las cerraduras del cofre hermético que le mezquinaban los dioses.

Tardan los signos en descifrarse. Seguimos ignorando el principio y el fin de nuestro destino.

Corre el atleta maratónico entre las colinas y los desfiladeros griegos. Se sentía solitario en sus esfuerzos. Ignoraba que allende los océanos, trotaban los chasquis, portadores de nuevos recados. Ráfagas de alientos desconocidos solían llegar de la Atlántida. Se las percibía también en los diálogos de Platón, en la réplica de los sofistas, en las enseñanzas de un Buda, de un Moisés, de los códigos de un Hammurabi. La bronca voz de los profetas retumbaba en los vergeles de Damasco, como en los desiertos arábigos. Más tarde, predicaría Jesús su evangelio de amor. Escucharon solamente doce discípulos. El cofre misterioso está aún sellado. Sellado y hasta ahora inescrutable.

3. REVALORIZACIÓN DE UN PAPEL

Miramos, hacia atrás en la secuencia de los siglos y nos damos cuenta de que el tipo peculiar de civilización helénica-hebraica-cristiana de que participamos, debe a ambos —hombre y mujer— su permanencia. Su carácter lo habían fijado tal vez los siglos prehistóricos, desde el momento en que el macho se ausentó en busca de la presa que le serviría de alimento, dejando los críos al cuidado de la hembra. Esta civilización nuestra necesitó luego de vestales para su continuidad. El fuego era su indispensable compañero y su defensa contra las bestias colosales. Sin el fuego ni ella ni sus criaturas habrían podido sobrevivir.

¿Cuántos siglos transcurrieron sobre el pastor nómada, sobre el guerrero feroz, sobre el taumaturgo y la pitonisa? Más y más fueron separándose y diferenciándose las funciones ejercidas por hombre y mujer. Mientras la fuerza rubricó la costumbre, ésta se tomó ley. Las sendas de la perfección quedaron sembradas de leyes inoperantes, porque la costumbre necesita para sobrevivir estar arraigada en experiencia y prejuicios de siglos, mucho más fuertes que todas las leyes.

Las religiones de Europa Occidental reafirmaron las obligaciones diversas de los componentes de la familia humana: “Compañera te doy y no sierva”. ¿Por qué esta admonición? Con claridad se subentiende que asignaban oficios distintos a cada uno. Oficio, función, tratamiento y rango, luego aparecen diversificados. Duros, impíos, sin consideración para los débiles entre los que se contaban las mujeres.

Y por el contrario, con mansedumbre, en los tiempos del matriarcado que marca el paso de la condición nómada a la sedentaria.

Yacen olvidadas miles de centurias. No fueron entonces seres de excepción, sino ayudantes cotidianos las machis, médicas, pitonisas, sibilas y vestales. Las respetaban porque imaginaron que esas mujeres iluminadas eran capaces de auscultar el porvenir y desentrañar el mensaje eterno. ¡Ni entonces ni ahora podemos descifrarlo!

Aprendió a escribir el homo sapiens, con lo que prolongó infinitamente su memoria. Aprendió a vaticinar la marcha de los astros, luego a predecir las estaciones, las de la siembra como las de la cosecha. Ama de un hogar estable, no pudo la mujer alejarse mucho ni del campo de cultivo ni del fuego, ni de la atención de su camada. La casta sacerdotal en muchas religiones la dejó fuera de los templos. Otro tanto hicieron los guerreros en sus vivacs.

4. SURGIMIENTO DE UNA ESPERANZA

Todavía vagan con rumbos ignotos hijos de la familia humana, algunos de los cuales ya han encontrado maneras de vivir en paz, de cantar, soñar y filosofar.

Hubo un tiempo de legisladores que conocieron la necesidad no solamente del amparo de los dioses, sino también de un entendimiento entre los mismos humanos. Solón, Licurgo y mucho más tarde, Platón, y algunos sofistas principiaron a admitir mujeres entre sus discípulos, mujeres con otros signos además de la sumisión y la obediencia, mujeres rotuladas ya de excepcionales, seres en que se da más que una variación, tal vez, una mutación; En China, TEAO; en India, RAMA; ASPASIA en la Atenas de Pericles. Y no dejemos de traer al recuerdo a Cleopatra que pudo exclamar: “nada de lo que es feminidad me es ajeno”: amante, princesa, reina, esclava, suicida.  

En la larga oscuridad, la hechicería significó un acercamiento a los poderes sobrenaturales y sobrehumanos. El brujo —hombre o mujer— se definía, porque además de mantener relaciones personales con Satanás, se consideraba el vasallo de éste. Se obligaban mutuamente a ejercer acciones prohibidas, en abierto o subrepticio desafío contra los mandamientos divinos y eclesiásticos. De los martirios a los que los sometieron ciertas autoridades están llenos los códices medievales. Fueron disminuyendo en los siglos 17 y 18. Sin embargo aún ahora mismo está latente el miedo a los que practican cualquiera clase de hechicería. Y los remedios que la combaten se encuentran ahora hasta en las boticas. No es aventurado afirmar que, la creencia en magos todavía está arraigada en el alma popular. Demonios, encantadores, incluidos en la magia blanca, adivinos y curanderos aún hallan clientes que les permiten vivir al margen de las leyes. Cuando las relaciones con los poderes divinos se efectúan dentro de las creencias de la religión oficial, se les tilda de milagros; cuando sobrepasan esos límites son de seguro, brujerías.

De acuerdo con la tradición hebraica, Moisés lo ordena taxativamente en los versículos 18 y 22 del Éxodo: “A la hechicera no dejarás que viva”. Obsérvese que no extiende esa admonición al hombre.

En el mismo Éxodo se halla una omisión muy elocuente de la ínfima apreciación de la mujer: “seis días harás tus negocios —prescribe—, el séptimo día holgarás, a fin de que descansen tu buey y tu asno, el hijo de tu sierva y el extranjero”. En este Éxodo que no olvida ni el turbante especial que libre a los fieles del sol de los desiertos, no encuentro alusión alguna a los derechos de la mujer.

De ciertas ceremonias religiosas de importancia sobrellevan un ostracismo completo hasta el día de hoy.

Presentan una galería de figuras ya clásicas y de sobra conocidas las mujeres de la biblia. Atraviesan sus páginas cada una con su tarea por cumplir; cada una diversa y en función de su existencia valiosa. Y nos enseñan la vida y el amor en muchas de sus fases. Desde la tímida Ruth hasta la atrevida y omnigenerosa Reina de Saba. Ya se principia a columbrar que mujer y hombre tienen distintos valores que cumplir en la historia.

La aparición del cristianismo y su difusión por todo el Imperio Romano, permitió una siembra de ideas nuevas de la más variada naturaleza. Criaderos de gladiadores mártires, aparición de santos, de cremitas y de iluminados por el fuego de sus corazones. Significó igualmente una puerta de escape a los anhelos de vírgenes, beatas y de ermitañas con olor a santidad.

Durante el Renacimiento se encendieron para la mujer candelas llenas de esperanzas. En Italia y en España llegaron a ocupar con ex lucimiento incluso cátedras universitarias. Sus contemporáneos de los siglos 16 a 17 repitieron los nombres de Beatriz de Galindo y de Vittoria Collonna, con admiración y respeto merecidos.

Los grandes ensayistas del siglo 18 no escribieron para el vulgo, sí y mucho para los pensadores galos que pusieron sus teorías al alcance del comentario de artistas, escritores, poetas y catedráticos. Locke, Hume entregaron a esos magníficos expositores: Montesquieu, Voltaire, Rousseau, la esencia de sus teorías. De ellos se alimentaron los que una o dos décadas después despedazaron la flor de Lis para entonar la Marsellesa. Todos ellos derivan hacia la política, más bien dicho a la economía política, a pesar de que no apreciaron en toda su trascendencia la realidad y no veían las proporciones mundiales que iban a adquirir el industrialismo y el capitalismo nacientes. Tampoco vislumbraron el significado social del desplazamiento del eje de una economía de artesanado a una de emporio y fábrica. Dembar querían los regímenes conservadores y los capitalistas; enaltecer la condición de la mujer y del hombre trabajadores.

Es a fines del ciclo medieval cuando vemos aparecer y escuchamos los poemas, las admoniciones y aún las reglas de buen vivir para las siervas de Dios, dictadas por mujer: Santa Teresa de Jesús.

Si era regimentada con dureza la vida de las enclaustradas, no fue menos la que llevaban desde la señora a la ínfima criada de castillos. Hay una novela de Ingrid Undset (premio Nobel), titulada “Las hijas de Lavrans” en que la autora pinta con extraordinaria maestría la clase de servidumbre en que estaban aherrojadas las mujeres bajo la férula del señor feudal. Todo giraba alrededor de éste. Su esposa y sus hijas tenían que fabricarle con sus manos el abrigo y toda la vestimenta desde los gorros de piel hasta las suelas de las botas. Debían preparar todas las vituallas que pudiera necesitar un ejército en marcha, incluyendo las bebidas, las pócimas, los brebajes. Nacían vivían y morían estas mujeres para servir a su padre, esposo o señor.

Sin embargo no era tiempo aún para olvidar la filosofía que precedió a la gran revolución.

La estructura patriarcal del hogar victoriano es ahora la que se derrumba. Es lo que está sucediendo hoy; se derrumba bajo los infinitos golpes que ha recibido de unos y de otros durante todo el siglo 19. Repetimos: El hogar victoriano con su jerarquía y disciplina está desapareciendo del panorama de la cultura occidental. Lo deploramos a sabiendas que no resucitará. La historia no es reversible. Es inútil y estéril añorar el pasado.

La libertad raya hoy en el libertinaje; la espontaneidad confundida con la desnudez; el lenguaje soez toma el sitio que antes ocupaba la buena educación, y ha reemplazado a las fórmulas de cortesía. Los hippies, que han visto transcurrir su juventud en los campamentos soldadescos, intentan con éxito reemplazar esta antigua convivencia culta por la ruda y plebeya que han aprendido en el vivac. Ese es su modelo de vida.

5. RECONOCIMIENTO CÍVICO Y SOCIAL

Con perdón de mis oyentes y amigos, me permitiré ahora enunciar sumariamente mi proposición: para conocer y alterar la condición de la mujer han influido en el pasado transformaciones sociales y económicas de gran envergadura, muy semejantes a las que hoy vivimos. Los cambios socio-económicos y tecnológicos son los que le deparan el substratum, la base de las transformaciones en la condición femenina.

Tanto hombre como mujer no actúan solos. Están inmersos en un conjunto social compuesto de infinitos círculos concéntricos que van desde la familia bipersonal hasta la humanidad. Y tal como para examinar la situación del varón, hay que detenerse en la clase de actividad que se le exige, asimismo el recto análisis de la condición femenina no puede separarse de ese núcleo formidable que es la familia, entendiendo por ésta a la que permite la convivencia de varón, mujer e hijo. Extraer a la niña o a la cónyuge de este conglomerado, estudiándolas como si tuvieran existencia aislada, es principiar por reducir el horizonte del problema, pecado en que han caído más de un sociólogo y muchísimas feministas.

Hoy la joven que, al apartarse del hogar paterno, imagina que se le ofrecerán campos de actividades nuevas y fructíferas, se enfrenta todavía a injusticias y discriminaciones estampadas en códigos añosos y en cerebros en parte anquilosados. Se da cuenta de que toda equiparación no se ha logrado y que existen aún bajo capa de las mejores intenciones, prejuicios de fondo duros como el granito. La mayoría de estos prejuicios sobre los cuales giran los conceptos de superioridad e inferioridad se hallan incrustados en la médula misma del existir cotidiano. El recuerdo soterrado y a la vez inexpresado por muchos siglos, no se elimina con discusiones retóricas: tiene que intervenir la experiencia en la vida de la pareja humana. No sin dolor, aprendemos que ni somos independientes, ni somos iguales. Añadamos ahora el hecho de que no alcanzamos la serenidad, y por ende, la dicha, sino en la concordia, en la comprensión, en el entendimiento y en el respeto mutuo.

Entretanto se han alterado, en la vuelta de cada minuto, las tareas que se le exigían a la mujer puertas adentro. Y se ha visto cómo la máquina invade hasta la cocina y al repostero, empobreciendo cada día más el quehacer femenino. Pero, dentro de la casa ¿no cohabita también el hombre? Y él ¿no ha visto transformarse profundamente su papel? Compárese su trabajo de hoy con la organización de éste en los castillos de los señores de horca y cuchillo o en los talleres de los artesanos. Compárenlos con las tareas esencialmente burocráticas, individualistas y sedentarias que ejercitan vastos sectores de los niveles altos y medios de la sociedad actual. ¿Qué necesidad tiene hoy el joven de las virtudes que se consideraban esenciales de un buen caballero de la Edad Media? Lealtad hacia el señor, maestría en el empleo de las armas, destreza en el manejo del caballo, fortaleza en las privaciones de la guerra, ¿de qué le servirían hoy? Si él pudiese mirar desde esta fecha del siglo XX hacia el pasado, diría que comparados con sus hijos, todos nuestros jóvenes parecen afeminados.

¿Hasta qué límites alcanzará esta tendencia, teniendo en cuenta que la búsqueda de la igualdad ha inducido a una porción de la juventud femenina actual a salir de sus moldes consuetudinarios y adoptar una moral, una vestimenta y un trato de hombre?

Mas esto hay que analizarlo también con la lupa de otras influencias.  

Para la generación joven —e incluyo en ella a las muchachas hasta de treinta años— no constituye novedad alguna el papel que hoy desempeñan. Encontraron en gran parte abiertas las aulas, expedito el camino, desbrozados los senderos de nuevas actividades. Cuando días se deslizan al amparo de la legalidad de un siglo atrás, pudiera afirmarse que los obstáculos contra los cuales quisieron lanzar lanzas sus abuelas fueran ya leños apolillados y roídos por los años. Sin embargo sobre ellos se apoyan muchísimas sentencias judiciales de hoy.

Circunstancias entre las que hay que anotar las dos guerras mundiales con su cortejo de dolores, de esclavitud y de crueldad, se interponen entre 1914 y nuestros días. El derecho al sufragio en igualdad de condiciones con el hombre se consiguió en la mayoría de las naciones occidentales. Sin embargo, persisten reductos hasta ahora inexpugnables.

Otrosí: en América del Sur como en la del Norte y en algunos países europeos, se ha advertido, sobre todo al final de la década del 50, un descenso en el ímpetu de las huestes femeninas para hacer uso de sus nuevos derechos. No han ido a golpear a las verjas del parlamento, no fueron ellas las protagonistas, fueron sus madres. La hija se acoge al regazo materno y se pregunta si ha valido luchar tan amargamente.

6. UNA INFLUENCIA INCOMPLETA

El Universo fue hasta hace poco posesión exclusiva del varón. Sobre lo que acontecía más allá del diálogo familiar era tema del hombre, de sus peñas, de sus amigos, de los coloquios de los periodistas y los lengualarga. La mujer poco o nada tenía que hacer en su factura ni en su manejo. Para abatir esa barrera ellas principiaron a escribir folletos y libros, convocaron a las jóvenes a mítines y formaron instituciones. Llevaron el alegato de su causa a los congresos internacionales y a los autóctonos, ignoraban que el rodar el mundo las estaba ayudando. Era el tiempo en que comenzaban los implacables combates del proletariado y del capitalismo. Ninguno tenía conciencia clara de sus efectos sobre la estructura centenaria del hogar. Ninguno luchaba por destruirlo: Sin embargo, podemos señalar al industrialismo como el más agudo enemigo del hogar patriarcal.

Ahora, no habría fuerzas suficientemente poderosas para reconstruirlo.

Es que su quiebra es una parte de la crisis social en que hoy nos debatimos.

Variados acontecimientos la refuerzan:  

1) La rapidez, abundancia y diseminación de los actuales medios de comunicación por medio de la prensa, de la radio y la televisión;  

2) la popularidad del transistor;  

3) el uso cada vez más creciente de los medicamentos anticonceptuales (de los que ninguno ha sido producto del ingenio femenino);  

4) los maravillosos inventos y las conquistas inimaginadas de la técnica y la ciencia moderna; los descubrimientos del cosmos, todo se une para cambiar el eje de la vida del género humano.

La prensa se adueña al instante del suceso que acaba de conmover un barrio de Indochina, por ejemplo, o de la casa Real de Dinamarca, y lo comunica a medio mundo. Buen número de suscriptores de “El Mercurio” de Santiago de Chile esperan ansiosos los informes de hasta los más lejanos y distintos ministerios de Hacienda o de Relaciones Exteriores, para saber si llevan miras de bajar o subir las acciones de los minerales, de los productos agropecuarios y de las materias primas. Prensa, radio, televisión se combinan para informar al minuto, tanto al letrado como al ignorante.

El hogar que recibe esos impactos no puede dejar de atenderlos. Cualquiera se transforma en verdad, en un altavoz del mundo. Y no solo del mundo-tierra. Lo es también del cosmos.

De todos estos instrumentos, merece párrafo aparte el transistor porque ha sido él quien ha aventajado hasta a la prensa, penetrando en los ambientes más humildes y ha influido más que muchos en los sermones que tenían su evangelio demasiado repetido. En donde ni siquiera hay una cama por habitante, está el transistor comprado a plazos. Sin que de ello se den cuenta, amarra todas las clases sociales en todos los mares, o los continentes y los mundos. Lo escucha el hombre de la calle, el campesino, el barrendero y también el campeón de fútbol, y el jefe de la casa comercial, etc. etc. Los que son más afortunados unen el transistor con el televisor y asisten al descenso de los lunautas. La visión es igual para todos; está sincronizada para que ningún mortal se evada de recibir el hipertrófico mensaje. La moza labriega que en ese momento está revolviendo con la arcaica cuchara de palo la morena salsa de sus frejoles, se emociona y lo mismo le sucede a la chiquilla estudiante y a la dama en su pequeño departamento, se emocionan, sufren y lloran, por la suerte de unos soldados que nunca vieron y que se hallan a enorme distancia: en los arrozales de Siam o en los cafetales de Colombia. Un jirón de idéntica humanidad les hace vibrar, pese a las distancias, a las diferencias de idiomas, y a las poquísimas esperanzas que tiene de vivir (pobre soldado herido y abandonado…).

Añadamos aquí la obra de los Consejos, Sociedades y Asociaciones femeninas que buscaron en la unión la victoria de sus esfuerzos promejoramiento integral de su condición de ser humano. Cuando fueron escuchadas en las solemnes asambleas de las Naciones Unidas, pudieron entonar un Hosanna. Habían trabajado cerca de un siglo sin desmayo. La comisión del Status de la Mujer, creada dentro del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas; después la Comisión Interamericana estructurada en la Organización de los Estados Americanos, las apoyaron con denuedo. Había tras las primeras filas de las Comisiones millones de muchachas que ya sabían de qué hablaban y lo que justicieramente exigían. Culminaron estos esfuerzos con la Declaración de los Derechos de la Mujer y la abolición de toda discriminación que afecte su calidad de ser humano. ¿Han triunfado? Todavía no; su victoria será completa cuando cada una oiga las voces de su íntima misión y pueda cumplirla, sin que se lo impida ni el sexo con que ha venido al mundo, ni su raza, ni su color, ni su capacidad económica.

7. IGUALDAD SIN INFERIORIDAD

Hace un momento dije que dedicaría esta disertación a exponer exclusivamente mi visión y mis conclusiones acerca de la evolución femenina, y sus consecuencias en el complejo campo de la sociedad moderna. Esta no es una manera científica de estudiar los fenómenos sociales. Espero que mis frases alcancen validez cuando las confirme el tiempo.

En síntesis: desde que tenemos noticias, la pareja humana es quien ha prolongado la especie. Hombre y mujer, solitarios al comienzo de los siglos, pudieron engendrar monstruos. Que nosotros sepamos, inseparablemente unidos, aprendieron a engendrar y criar hijos normales, sin ayuda de ningún Proteo, de ningún Cíclope, ni hipogrifos, ni sirenas.

¿Existió toda la plural fauna mitológica? (Por mucho tiempo los eruditos afirmaron que no; jamás habría visto la luz Troya ni habrían peleado a sus puertas Héctor y Aquiles). Quién sabe si en una noche de tempestad apareció en la caverna un animal desconocido. Híbrido que perdura una sola generación, macho apuñalado por los cuernos de un reno, perduró en la memoria de quién sabe cuántas generaciones en la categoría de un semidiós…

De acuerdo con la forma de vida que les imprimía el medio, macho y hembra, hicieron frente a toda clase de enemigos. La función y la importancia de la mujer varió, pero siempre fue complementaria a la del varón. De otro modo no habrían sobrevivido. ¡Iguales, imposible! Diferentes, complementarios, equivalentes, eso son. Además tan responsables el uno como el otro de la suerte de la especie.

Llegamos, así, a nuestra última proposición: Carece de suficiente base biológica e histórica la hipótesis de superioridad o de inferioridad aplicables al hombre o a la mujer. Su función ante la especie, ante la supervivencia de ésta, ante la capacidad de progreso y de evolución, no disminuye ni se agranda en sus manos. Lo que la historia nos enseña es que en todas las edades, sean la de los siglos cavernarios como en estos contemporáneos que sufrimos y gozamos, han aparecido mujeres altamente dotadas, calificadas de tan valiosas como sus compañeros. Son egregias, son señeras pero no han sido capaces —como tampoco el hombre— de crear una nueva variación en el género homo sapiens.

Ogaño, dos escritoras talentosas vivientes en hemisferios distintos, han publicado sendos libros exponentes del concepto contemporáneo sobre la mujer. “El Tercer Sexo” de la francesa Simone de Beauvoir y “Mística de la Feminidad” de la norteamericana Betty Friedan. Son dignos de meditar la similitud de argumentos y el paralelismo de sus conclusiones. Ambas postulan que el hombre y la mujer modernos, conscientes de sus desigualdades y a la vez de su equivalencia ante la especie, atraviesan ahora la etapa de la búsqueda de la felicidad en la concordia. Han luchado durante siglos, porque partían de actitudes falsas, porque ni el uno ni el otro habían aprendido todavía la lección de su idéntico devenir y de su calidad de seres distintos, complementarios y equivalentes. El mensaje que la humanidad nos indica hoy no es el de guerra entre los mortales, es el de la paz nacida en la comprensión de la diferencia y del amor que el hombre o la mujer necesitan recibir de su compañero en esta lucha inmortal. Conocimiento, concordia, amor es lo que tenemos que enseñar. Sobre todo a la generación joven.

Pero, ¿cómo enseñar si nosotras mismas —las mujeres— estamos bajo el peso de una supuesta inferioridad? A muchas les angustia la ausencia de plenitud en sus vidas. Es que generalmente no halla expresión la porción más valiosa de sus espíritus: el deseo de saber y comprender, la búsqueda de la bondad y la sabiduría.

Se supone de elegante ocurrencia la de colocar al tema del destino de la mujer de ogaño tratándola como dueña de una tarea ociosa, individual, intransferible. ¿Disminuiría el mapa del progreso social si se honrara esa obra? ¿Se empequeñecería el carácter, la colaboración de la presencia femenina? Es que alguien lo preconiza. Sí, la mujer cuyo ideal es parecer hombre y luchar por conseguirlo. Tales mujeres pierden con ello una valorización ante la especie y ante la historia. Se produciría un fenómeno semejante al que desvalorizaban los Césares. La mujer que desoye esa silenciosa admonición: “Acuérdate que eres mujer”, ha perdido su sendero. Su tarea no es ésa, es la de crear: la de albergar la vida y cuidarla hasta que el esclavo se convierta en hombre y sea capaz de crear una nueva vida.

“Volved a vuestro plácido rincón hogareño”, repiten los conservadores y tradicionalistas. El hogar de hoy, señores, no es el que conocisteis en vuestra juventud. En el actual, la mujer siente que es su derecho el de escribir en el cuaderno de su vida el poema propio, el que traduzca sus aspiraciones, el que pueda elevarla, si lo desea, hasta la conquista del cosmos. “El único fin de la existencia humana —ha dicho Fichte— no es el de lograr el cielo ni el de hundirse en el infierno, es el de expresar la humanidad que llevamos en nosotros hasta la mayor perfección que nos sea dable alcanzar”.  

Chit… un momento… ¿No habéis oído un ligero bramido de alas, o quizás murmullo de una casta cordillera, astillada por el ardor de sus, algún pájaro dejando una estela de ingrato júbilo…? ¡Himbrti sido que por un momento se abrió el cofre misterioso que guarda el secreto de nuestros últimos lazos…! Ya no existe y el portador de sus riquezas no nos visitó. Pasó de largo de nosotros y tampoco nosotros lo conocimos…