Discursos de incorporación

Reflexiones acerca de la revolución rusa de 1989

Discurso de Incorporación de Félix Schwartzmann Turkenich como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales pronunciado el 30 de octubre de 1991.

Tengo presente la responsabilidad que implica ser Miembro de Número de esta Academia. Ello en el sentido de recordar los méritos de quien me antecedió, el Dr. Ignacio González Ginouvés, que fuera Rector de la Universidad de Concepción y desempeñara otros importantes cargos. 

No menor es la responsabilidad ante esta Corporación, pues sus aprobaciones siempre expresan sentimientos de generosidad. Siendo así, leeré unas variaciones de mi obra El libro de las Revoluciones. Seguiré en ellas el principio heurístico de la antropología de las relaciones humanas, que me ha permitido describir las sociedades latinoamericanas, criterio que también tiene vigencia para comprender el hermetismo propio de la convivencia en el mundo actual. En cuanto al método del conocimiento histórico, es fecundo, además, para estudiar la Revolución Rusa de 1989.

1. EL FENÓMENO DE LAS REVOLUCIONES

La historia, la sociología y la economía, aspiran a formular teorías unificadas de los cambios sociales. En esta tentativa los investigadores encuentran dificultades que no consiguen superar. Por eso, fundamentar un sistema completo del cambio les parece una tarea remota o imposible de cumplir. Mas, no pueden evitar enfrentar el problema, porque sus planteos se limitarían entonces a describir morfologías sociales petrificadas. Con todo, algunos sociólogos piensan que los orígenes de los cambios se remontan a la variable correlación existente entre lo ideal y lo real, en la vida de las distintas sociedades. Es verificable la fecundidad teórica del método que apunta al estudio de la desarmónica correspondencia entre las ideologías y las acciones reales. Esta hipótesis no elude el problema, tampoco lo resuelve. Si bien su valor se muestra en el estudio de los fenómenos revolucionarios, que ahora abordaremos.

Misteriosas son las transfiguraciones fantásticas que experimentan los individuos y las relaciones en los tiempos revolucionarios. Por eso, es emprender una tarea histórica ilusoria bosquejar taxonomías, clasificaciones de las revoluciones, a las que se atribuya vigencia universal. En lo que se vive con plenitud revolucionaria, en la ebriedad de igualdad y libertad y en el simultáneo olvido de sí mismo, pueden hallar instantes, horas y también días o semanas; pero, muy pronto, se abre la puerta a convertir la oscura metamorfosis en una indolencia insólita frente al otro merced, paradójicamente, al temor y al odio a la desigualdad. 

Dicha indolencia se convierte en latente hostilidad, la que inhibe las manifestaciones positivas de la necesidad del prójimo, que es una virtualidad esencial en el hombre; pero esa misma necesidad de enfrentar al otro con inmediatez, induce a rehuir a los demás, cuando los individuos caen en el impersonalismo. Perdida la inmediatez en las relaciones, la responsabilidad moral frente al prójimo, que es la forma originaria y deseada de los vínculos interpersonales, se desvanece a causa de la reciprocidad de sombrías meditaciones. Así reducido su ámbito de convivencia, las personas dejan de sentirse socialmente significativas, por lo que también se disipa el misterio del cabal encuentro con el otro. Esta atmósfera sombría la creó el Partido-Estado, eliminando de la esfera de la convivencia, las condiciones de vida necesarias para alcanzar la plenitud de ser en la experiencia mutua de la inefable singularidad inherente a las relaciones interhumanas inmediatas. Pues, únicamente al vincularnos permaneciendo conscientes de nuestro inefable ser único, estamos

verdaderamente en compañía. (Ver Sentimiento de lo humano en América, tomo 1, páginas 98 y 104, Levinas, Ética e Infinito). 

Tal es el carácter proteico de la inmediatez de los vínculos revolucionarios. Diríase que la embriaguez de la rebeldía, y el sentimiento dionisíaco propio del sentirse libre y amador de la humanidad, puede conducir a desencadenar fanatismos, satánicos puritanismos de lo concebido como autenticidad revolucionaria, que generan y justifican una aterradora impiedad psicológica. Estas contradicciones y súbitas mutaciones adquieren formas imprevisibles, y tan variables como la multiplicidad misma de las insurrecciones y violencias de las masas que entran en turbulencia. Semejantes cambios revelan que pueden desvanecerse, por momentos, rencores y distancias sociales seculares, en el olvido y recuperación de sí mismo, que enciende el espíritu de lo sentido como la gran rebeldía creadora. 

Pero también se producen en las mareas sociales, remansos en los que no se enciende la fiesta impetuosa que acompaña a las revueltas liberadoras, con luminarias emocionales como las que afloraron en la Revolución Francesa. Ello es lo que ocurrió -acaso de un acontecimiento sin par-, en el levantamiento ruso de 1989, y quisiera ahora reflexionar sobre este singular aspecto de tal acontecimiento.

Por lo que afecta a las interpretaciones de los hechos históricos, la Historia no tiene la posibilidad de enviarlas al patíbulo, pero a veces las refuta implacablemente de manera menos brutal. Es lo que sucede con el modelo de inteligibilidad del marxismo que fue acuñado en Europa a mediados del siglo por hombres como Merleau-Ponty, Sartre, Lukács, Schaff, Habermas y otros. 

Es fecundo y purificador recordar que donde ciertos filósofos se equivocan, heroicos escritores avanzan camino del exilio con agudas profecías. Porque ocurre que el mirar poético descifra oráculos, al contemplar con su sentimiento trágico, la vida cotidiana de los demás. Así se explica que ya en 1921, E. Zamiatin exprese su desencanto cuando dice: «Temo que la literatura rusa, muy pronto, no tenga más que un solo futuro: su pasado». Por esa época comienza a escribir Nosotros, que se publica en el extranjero a fines de los veinte (con anterioridad circuló sólo como manuscrito). En Rusia se edita por primera vez en 1988. Nosotros es una novela de ciencia-ficción que se coincide en considerar que anticipa a 1984, de Orwell. Pienso que incluso la trasciende. El personaje central vive en el Estado único, donde, confiesa «ya no somos unos seres individuales, sino que cada uno de nosotros es uno de los muchos». La individualidad es algo prehistórico y remoto. La nostalgia, el tener alma, es un relicto patológico de un pasado irracional. Hay que evitar una epidemia, hay que extirpársela. «Tendría que extirparse la imaginación al mundo», sentencia el médico, preocupado por la ausencia de significado de la palabra alma. Operar a una persona es un crimen, pero no lo es que el Estado Único asesine a millones. Todos son tan sólo números. Un Muro Verde separa de la animalidad, «el muro es la invención más importante de la humanidad», que pone a cubierto del amor, de la individualidad, en fin, del tener alma. El autor murió en el exilio en 1937.

2. LOS ANTICIPOS DE UN COLAPSO

En los orígenes de la revolución de octubre, Zamiatin vislumbró dramáticamente lo que pensadores, setenta años más tarde, a pesar del manejo de su abrumadora parafernalia dialéctica, no sospecharon siquiera. 

Sartre disparó al vacío histórico con su crítica de la razón dialéctica. Su escolasticismo marxista le impidió también ver lo que se le evidenció a Edmund Burke en 1790 año en el que se traducen sus Reflexiones (las que entonces se difundieron rápidamente), donde augura que «un Estado en el que no es posible cambiar nada, carece de medios para su conservación». De hecho, el Partido-Estado confinó a los hombres al terrible límite de la casi imposibilidad de convivir humanamente con los demás. Rusia creó el abismo más lóbrego que registra la Historia entre el Flaquear de los principios y la realidad de la vida cotidiana. Desde esa desnudez de lo humano surgió la gran rebelión de 1989, mostrando la falacia insólita de los supuestos principios revolucionarios. Más concretamente, Burke, hace casi doscientos años, desenmascara lo carnavalesco en los llamados derechos humanos. Es decir, afirmó que al reducir la humanidad de los individuos a una especie de trágico aislamiento frente a la realidad de las leyes, los militantes, las masas, las personas, se degradaba hasta el extremo de alcanzar un estado natural que anulaba lo prehistórico. Porque Burke sostiene que sin un contorno social que asegure el cumplimiento de los principios democráticos, los derechos humanos resultan ser palabras desprovistas de significado. «Los hombres -decía entonces-, no pueden gozar a la vez de los derechos que les da la sociedad y de aquellos que tendrían si vivieran aislados». Pues la «perfección abstracta» genera, en la realidad histórica, sólo defectos en lo concreto y práctico. Los resultados positivos únicamente pueden ser asegurados por un poder ajeno a los individuos. Admite, de esta manera, que no sólo se debe luchar por los derechos y por las libertades que implican, sino también «por las presiones que deberían ejercerse sobre ellos… Pero como realmente sucede que las libertades y sus correlativas restricciones varían con las épocas históricas y son imprevisibles, «ninguna regla abstracta —concluye— puede servir para fijarla, y nada es tan absurdo como discutir admitiendo que existe tal principio». Sabia advertencia de Burke, válida tanto para Gorbachov como para nosotros. Pues se comienza por presentar principios metafísicos -argumenta Burke-, que tienen consecuencias universales y después ensayan limitar la lógica por el despotismo». 

Siempre que se parte de consideraciones antropológicas, históricas, sociales o políticas trascendentales, los profetas de lo imposible se convierten en videntes ciegos para el presente y el futuro. Claro está que no dejarán de aparecer enigmas por descifrar y hoy mismo apenas cabe conjeturar qué rumbo tomará la nueva revolución rusa. En todo caso, al mito de la revolución francesa, viene ahora a agregarse el mito de la revolución de octubre. 

Y, como era previsible, también ha surgido un nuevo lenguaje: la restauración, la perestroika, la glasnost, democratización de las relaciones interna- cionales, conservadores (ciertamente ello apunta a los comunistas), extremistas (los reformadores del Partido), nuevo orden internacional, participación; en fin, se despliega toda una retórica inspirada en la perestroika, que incluye la regulación de los nacionalismos, la religiosidad rediviva, socialismo humano y democrático, y el carácter positivo del desarrollo europeo. En síntesis, una voluntad de abarcar a todo el género humano, en esta conversión del fracaso de octubre en una nueva era. ¿Qué oculta ese lenguaje, diríase, dulcemente evangelizante, pero que continúa exaltando el leninismo?

3. LOS CAMBIOS INTERNOS

¿Cuál puede ser el alcance y límites de la revolución mundial de Gorbachov? Para comprender la trama de causas y de motivos que orientaron su curso, es aconsejable preguntarse por qué una serie de cambios internos que se sucedieron en siete decenios representaron una incógnita indescifrable para los especialistas en ciencias humanas. Las imágenes que se forjaron de la revolución de octubre se desvanecieron convirtiéndose en errores. Hay que aprender de ellos, es lo que aconseja Einstein, cuando confiesa cuánto debe a los errores que deja ver la física en su historia. Aparte cualquier reduccionismo, ese criterio también resulta válido para la historiografía de las revoluciones.

En la universalidad que revela la crisis del comunismo, que parece una contrautopía, a la manera de la novela de Zamiatin, debemos distinguir varios efectos y transfiguraciones históricas y culturalmente muy significativos. Destacaré cuatro mutaciones importantes.

4. EL MITO LENINISTA

El mito leninista se convierte en una triste retirada. Porque se trata de una revolución en retirada, donde quedan al borde del camino del dogma, supuestos fundamentos científicos, restos de luchas de clases en forma de desechos de máquinas burocráticas con sus engranajes de despotismo a la vista. Es una rebeldía que la desencadena la marea de frustraciones, sin alegría triunfal. Un horizonte de obstáculos e indeterminaciones, de dudas, de suspicacia, sin nostalgias, es lo que ensombrece los ánimos. El futuro se abre como un horizonte sombrío, puesto que se anuncia un retorno que conduce a tiempos formalmente anteriores a los orígenes bolcheviques. Es una revolución-retroceso, no una restauración. En la vuelta a la economía de mercado y a la propiedad privada, en contra de lo que se luchó como inspiración primordial del proyecto revolucionario leninista. No obstante, si tal retroceso lo patrocina el Partido, y aún subsiste la burocracia, el ejército y el KGB, no es fácil vaticinar qué tipo de liberación podrá conquistarse finalmente.

5. UNA NUEVA CONTRARREVOLUCIÓN

Por consiguiente, «la revolución mundial de Gorbachov», se proyecta sobre el mapa planetario de la ideología del Partido Comunista, como una nube negra. Sobre todo porque se encuentra en el marxismo mismo el origen de la necesidad actual de una contrarrevolución. Así lo proclama la historia real por el hundimiento del mundo soviético. Es un acontecimiento demoledor que no detiene la historia ni admite interpretaciones clarificadas del viejo dogmatismo del Manifiesto Comunista. Entonces es imperativo preguntarse por el destino teórico de la muchedumbre de partidos, de generaciones, de grupos intelectuales seguidores de Marx. ¿Qué mito puede sustituir el mito que dejó de serlo? Ahora se ve claramente, que tampoco octubre representó algo legendario, un origen en el sentido mitológico cabal, es decir, en cuanto arquetipo ideal de todo ser y hacer. Porque quienes habían creído comprenderlo todo en cuanto a la historia social se refiere, son incapaces de crear sobre la base de un ideal no cumplido. El marxismo se había convertido en un real espíritu de época con aparente validez universal. A lo que hay que agregar que, en las alianzas y entrecruzamientos filosóficos e intelectuales más extraños y complejos, la trama básica estaba urdida por el marxismo. En el principio fue el hombre, lo que, en cierto modo, es equivalente a comprender que en el principio fue la utopía. Quiero decir, la utopía, no escrita en la que siempre alientan expectaciones del futuro como expresión de un sentimiento vital vigoroso. ¿Qué esperanza considerar, entonces, en el mapa comunista del mundo, cuando en el centro leninista originario se postula la economía de mercado como principio de salvación, a fin de evitar la caída de Rusia en el caos o la guerra civil, según palabras de Gorbachov y Yeltsin? Invita a meditar, traer a

la memoria dos angustiosas inquietudes que acosaban a Lenin. Presagiar que se había sustituido la burocracia zarista por la dictadura y el burocratismo del Partido, es la una. La otra la descubre Fernand Braudel. Recuerda que Lenin decía: «La pequeña producción mercantil da origen, cada día, a cada instante, al capitalismo y a la burguesía de una manera espontánea». Ahí donde subsisten la pequeña explotación y la libertad de intercambios, aparece el capitalismo. Menciona, todavía, esta afirmación de Lenin: «El capitalismo comienza en el mercado de la aldea». Estas opiniones Braudel las interpreta en la dirección que nos importa considerar. «Conclusión –escribe Braudel– para desmantelar el capitalismo, es necesario extirpar hasta sus raíces la producción individual y la libertad de intercambio. ¿No son de hecho estas observaciones de Lenin un homenaje a la enorme potencia creadora del mercado, a la zona inferior de los intercambios, del artesanado e incluso, en mi opinión, de las actividades insólitas?» (Le temps du monde, L 3, 1979). Braudel advierte, finalmente, que una «revolución lúcida», de cuya posibilidad no deja de dudar, debería «demoler» las tradiciones de privilegio, el influjo inmenso del pasado, una pesadilla para Marx y sólo una posibilidad de soñar para Sartre, en la que se disipen las formas de dominación. Pierde que todo eso es interacción. Aunque, a diferencia del mito, la voluntad revolucionaria evite sacralizar el pasado, éste enerva de manera inefable sus actos, impidiéndole prescindir de

las raíces seculares y hasta milenarias de las conquistas revolucionarias.

6. CONTENIDO CULTURAL

Otro cambio fundamental en la fisonomía de la época que condiciona la revolución mundial de Gorbachov, lo bosqueja el contenido cultural de ella. Porque, de hecho, somos contemporáneos de una revolución cultural, denominación que no oculta frivolidades metafóricas ni un dual semántico cómodo. Ciertamente el concepto de revolución está amenazado por no pocas ambigüedades. Pero si consideramos que un cambio histórico transfigura formas tradicionales de representación del mundo, de la idea del hombre y la naturaleza, como ocurre en el presente, es que apuntamos a la realidad histórica, transfigurada más allá de una referencia literaria. Pues debemos reconocer que no asistimos sólo a la concentración de errores en la pseudociencia marxista, sino a un desvío respecto de modos de pensamiento de tradiciones ético-religiosas, de concepciones filosóficas y estéticas integradas socialmente, que se remontan más allá de la Ilustración, al Renacimiento y acaso hasta donde se perciben todavía resonancias de la Edad Media. (Necesario es declararlo, que todo ello no posee la más remota afinidad con la mascarada o revuelta carnavalesca de la revolución cultural de Mao). 

Siendo así, debo arriesgarme a considerar que no es posible comprender en todas sus dimensiones la revolución de Gorbachov, si me limito a enfocarla como un fracaso de la ideología de Marx. Implica a la civilización de Occidente. Porque el influjo de semejante frustración afecta no sólo a los partidos comunistas. Atañe también al cortejo de disidentes de la sociedad contemporánea, no menos que a los múltiples híbridos intelectuales que, comprometidos con el estructuralismo, el freudismo, la fenomenología, el existencialismo, comienzan a sentir que les han quitado el suelo debajo de los pies, aunque todavía no se atrevan a confesarlo. 

Hay que aprender de los errores. Tal sentencia tiene aquí la siguiente adecuada aplicación. Que si bien aparece como fantástico el viraje ruso hacia la economía de mercado (dejando sin decidir ahora si ella hay que distinguirla o no del capitalismo), no produce menor perplejidad contemplar un mundo cultural, una civilización si se quiere, que de pronto vive la disipación de una utopía que al mismo tiempo desvanece la antiutopía, puesto que la revolución silenciosa abrió nuevos caminos. Pero no es sólo eso.

Sucede ahora que si es verdad lo que señala Braudel, como visión seriamente deformada del capitalismo, es crucial no extraviarse por entre los modos de comprender la universal valoración de la economía libre… «El peor de los errores (–dice en el parágrafo La sociedad envuelve todo, del t. 3 de su *Historia del Capitalismo–), consiste en sostener todavía que el capitalismo es (un sistema económico) sin raíz, cuando vive del orden social; cuando es, advenedizo o cómplice, igual (o casi) del Estado, personaje molesto si los hay, y ello desde siempre; cuando aprovecha todo el apoyo que la cultura aporta a la solidez del edificio social, pues la cultura, desigualmente repartida, atravesada por corrientes contradictorias, da pase a todo, a fin de cuentas, lo mejor de sí misma en apoyo del orden establecido-cuando tiene a las clases dominantes, las cuales, al defenderlo, se defienden a sí mismas». Ciertamente, aclara que de las tres jerarquías sociales -la del dinero, la del Estado y la de la cultura-, serán funciones las unas de las otras, diversamente, según las constelaciones históricas de que se trate. 

Estas son reflexiones inevitables, a mi juicio, para comprender lo que acontece, adónde nos dirigimos y lo que podemos esperar de la crisis planetaria en que nos encontramos. ¿Qué será de la nueva Europa?, me pregunto. ¿Qué acontecerá con las repúblicas soviéticas que aspiran a la independencia? A pesar de eso debemos enfatizar que las revoluciones no tienen un tiempo determinado de duración. No se borran de la historia, ni se disipa su influencia cultural, aunque su destello se oscurezca luego de un día. Se sabe que Lenin se consideraba un jacobino, por ejemplo. En fin, ¿cómo comprender ahora los orígenes de la modernidad y de la posmodernidad sobre lo que tanto se especula hasta lindar con una moda filosófica?

7. UNIVERSALIDAD DE LA ECONOMÍA DE MERCADO

El mero enunciado de su extensión planetaria, actualiza la multitud de problemas de la civilización actual, al extremo que bastará enunciar uno de ellos, que implícitamente remite a la asechanza de los otros. En el caso de Rusia, el retorno a una forma particular de economía capitalista, acaso constituye la única posibilidad de superar su caótica situación. Admitámoslo así. También en los llamados países del Tercer Mundo y subdesarrollados, hay que conjeturas si ese camino constituye igualmente una vía fecunda. Pero, al llegar a este punto, sale al paso una estremecedora duda, que limita con la realidad histórica actual. Se trata, en síntesis, de si este caudal de desarrollo económico, científico y tecnológico puede continuarse en forma ilimitada sin amenazar la civilización actual. En otros términos, inevitablemente es legítimo detenerse a pensar en la posibilidad o imposibilidad de que el sistema universal de la termodinámica actual se autorregule reduciendo su expansión destructiva. Es evidente que no se trata de meditaciones apocalípticas desprovistas de fundamento objetivo. No lo son, desafortunadamente. Detengámonos sólo unos instantes a pensar en lo que hizo posible la llamada Guerra del Golfo Pérsico. Se armó -acto propio de una economía de mercado- al país del que podía sospecharse, sin necesidad de recurrir a oráculos sibilinos, que se convertiría en un temible agresor. Sería ofensivo para el auditor extenderse en el análisis de los orígenes de una conflagración tan sombría. Acertado es contar entre las ironías de la historia -que siempre ocultan severas advertencias-, el que hace algunos años se hablaba del «equilibrio del terror» y hoy (1991), se avizora un «equilibrio por frustración». En el primer caso se percibía la recíproca posibilidad de aniquilamiento de las potencias antagónicas; en el segundo, merced a la destrucción interna del bloque soviético y a su precariedad económica, es el fracaso lo que mueve a traducir las reacciones frente al terror atómico, en términos de «un nuevo orden». Éste surgiría del temor al caos económico que amenaza a Rusia, confesado por sus gobernantes. Singular es la genealogía que parecen ostentar estas mutaciones históricas. Un eco milenario se percibe: en el principio fue el caos. De ahí que resulte aconsejable dedicar unas líneas a las interdependencias que existen entre un determinado estilo de evolución económica y el curso de las sociedades y la historia.

8. APRECIAR LA NATURALEZA HUMANA

Los errores que cometen los augures de lo (imposible), derivan principalmente del desconocimiento de la naturaleza humana. Al indagar en ella, se descubre una multitud de dimensiones significativas. Pero del campo de lo posible, que puede ser experimentado y estudiado dentro del marco conceptual de las varias concepciones conocidas de la naturaleza humana, destaco la que juzgo esencial y pertinente dentro de este texto. A lo largo del Sentimiento de lo humano en América, intenté comprender al latinoamericano a partir del mundo de la vida, en cuanto experiencia de sí mismo, del otro y la naturaleza. 

Principalmente, centré en este libro el análisis de la convivencia en esa complejidad de interrelaciones entre los individuos, donde la presencia de la persona ajena y de uno mismo, condiciona misteriosas experiencias en lo vivido como íntimo en el encuentro. Estas bordean, paradójicamente, el origen de lo concebido, en general, como real, desde la realidad de los vínculos interhumanos. Al mismo tiempo, dichas experiencias presagian lo insondable en el alma del otro. Por ese sendero, es posible descubrir complejas interdependencias existentes entre necesidad del prójimo, a veces correlata de una huida del otro, de un amor o un rencor, de un desprecio hacia los demás presentidos como iguales por el sujeto que observa. En este mundo de la vida, donde la melodía dialógica se desenvuelve, surge también la necesidad de libertad. Y aquí no caben generalidades, puesto que todas las experiencias de sí, en su peculiaridad, son correfa- tadas, complementarias a estilos también singulares en los modos de relacionarse con los demás, indisociables, todavía, de ideas de la naturaleza, de específicas necesidades de actuar y reaccionar. La búsqueda de la identidad personal, a través de la afinidad o el encuentro de lo extraño en el prójimo, igualmente se actualiza a través de esta trama de relaciones llenas de insólitas virtualidades. Entre ellas, hay que mencionar la multitud emocional de identificación con el otro, con la mujer (o de ésta con el hombre) que, en el límite de la participación afectiva, amenaza con disipar la alteridad y, por lo mismo, la posibilidad de establecer naturalmente los vínculos anhelados. 

El desconocimiento de éstas y otras manifestaciones de los vínculos interhumanos, es lo que produjo la miopía en quienes no vieron la curva de frustración que delineaba la sociedad comunista y, tampoco, por cierto, sus dirigentes; éstos llegaron a racionalizar el manejo político de la psiquiatría, interpretando la disidencia como signo de la variabilidad de la naturaleza humana, antes que como expresión lúcida de la voluntad de liberación y de autenticidad en la búsqueda de sí mismo y el otro. 

La revolución de 1989 (reiteramos que su curso futuro resulta impredecible), no constituyó una fiesta revolucionaria como la de 1789. Pues en ésta, a pesar de la violencia y crueldad, de la represión jacobina y de otras precariedades, siempre lució en ella cierta deslumbrante euforia libertaria. Y, al contrario, en 1989, los soviéticos celebraron la liberación respecto de un fracaso, el que se originó en la abismante frustración de los ideales salvacionistas y utópicos. Lo dramático derivaba, entonces, de que la explicable tristeza que ensombrecía el triunfo sobre el Partido-Estado, la estimuló el tener que reconocer que se luchaba por liberarse de una revolución

No se desarrolló, por consiguiente, una contrarrevolución, en el sentido histórico de las contrarrevoluciones acaecidas en el pasado. Fuerza es agregar que tampoco se trataba de superar la «revolución traicionada», como la entendía Trotsky, ni de rebelarse solamente en contra de la burocracia de Stalin, el «gran organizador de derrotas». Ello es que los rusos ahora se buscan a sí mismos, antes que pensar en restaurar el leninismo. En semejante combate por conquistar un nuevo encuentro entre los hombres, vislúmbranse heroicidades y misterios. Principalmente, se dejan ver los enigmas y revelaciones del conocimiento de sí mismo. Por eso, estamos pertinente, desarrollar a lo largo de este libro, una especie de “interludio” acerca del saber de sí y de su milenaria historia que se entreteja con formas de vivir al prójimo.

9. IDENTIFICAR TENDENCIAS DE LA HISTORIA

El futuro de la historia es imprevisible. Sin embargo, el olvido del pasado, convierte en predecibles el desarrollo de algunas tendencias históricas. Particularmente, de aquellas que transmutan la convivencia liberadora en utopía. Es lo que cabe inferir de unas reflexiones de Marx. En 1848, en El 18 de Brumario, escribe y proclama: «La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido». Esta rotunda afirmación encierra, en germen -sobre todo cuando unas líneas antes Marx opina que «los hombres hacen su propia historia»-, la errada racionalización de acciones políticamente posibles. Anida en ella toda una visión, aunque insospechable a primera vista, de la futura revolución de octubre que se orientaría hacia su frustración. Tal es una de las fatalidades que ocultan las ideas marxistas. Me aventuro a sostener que, en esa fecha, con semejante afirmación, que implica una antropología revolucionaria irreal, comenzó el primer centelleo que anunciaba el hundimiento de la revolución rusa de 1917. 

Es imposible dejar de ser, súbitamente, heredero de lo arcaico, de tradiciones, de cultos, del espíritu del pueblo. No existe tal magia histórica. Tampoco es posible, por otra parte, explicitar con rigor metódico cuál es el adecuado sistema de transformaciones, entre ideas y hechos, capaz de explicar cómo la negación del pasado genera la metamorfosis de la utopía socialista en antiutopía. Lenin vislumbró, acongojado, que se estaba sustituyendo la burocracia zarista por la burocracia del Partido, por la burocracia de los profesionales de la revolución, cuya formación él mismo inspiró e impuso. El olvido de las tradiciones, de la religiosidad, de la cultura, determinó el trágico retroceso de ese pueblo a los orígenes que desencadenaron la revolución actual. 

No existen tiempos históricos que revelen, de pronto, comienzos absolutos. Gorbachov deberá engarzar la economía de mercado a partir del antimercado soviético, en un sustrato leninista al que subyacen el zarismo y, con él, siglos de despotismo ruso.

Por eso, es necesario estar alerta frente a lo que ahora acaece en Rusia. Para justificar esta advertencia basta recordar lo que Gorbachov escribe en su Perestroika: «… La huida al pasado no es la respuesta a los desafíos del futuro. Es simplemente improvisación, basada en el miedo y la timidez». Amedrentado, es renta representativa, concretamente, cuál es el pasado que Gorbachov invita a olvidar. El propio del socialismo real. Éste delata la más inverosímil alquimia política que registran los últimos tiempos. La Nomenclatura elaboró la ficción de conquista y de la existencia de la democracia ideal del proletariado, con el fanatismo del poder que condujo a organizar la economía en función de su conservación interna y del poderío desplegado hacia el exterior. Ello implicó el cultivo de la disimulación, de una atmósfera inhóspita de agresiva sospecha de todos contra todos, envolviendo en misterio y tornando invisibles sus mecanismos jerárquicos y de opresión. Para el disidente Volensky, tal vez nunca ha existido un abismo tan grande entre los ideales que proclamó esta aristocracia, y las formas de vida de los dominados. Todo en esa burocracia era oscuridad y enmascaramiento… «Esto -escribe Volensky-, convierte a la Nomenclatura en extraordinariamente peligrosa y al mismo tiempo en vulnerable»… En síntesis, diríase que jamás en la historia se ha tejido una trama semejante de hipocresía y de satánica disimulación, de anamorfosis real de los ideales en crueldades macabras. 

Pero eso no es todo. Para Gorbachov, son complementarias perestroika y glasnost. Conquistar esa real transparencia impone, fundamentalmente, descubrir en la historia, la genealogía del Partido-Estado. Resulta peligrosamente contradictorio aspirar a dejar atrás el mundo de ocultamientos creado por Stalin, eludiendo desentrañar las raíces del pasado. Sin una filosofía de la política que tumba a historiar una continuidad histórica, la revolución fracasará, el nuevo orden proclamado por revolucionarios reformistas será una ficción más, o el caos tan temido por Gorbachov. 

Esa búsqueda era ya «la brújula del futuro», para Alexandre Jakovlev, en agosto de 1988. 

Provoca pesadumbre verificar, cómo quienes proponen nuevas alternativas frente al nefasto destino de la revolución de octubre, todavía invocan y elucubran erróneas generalizaciones marxistas desprovistas de verdaderos referentes. Caen en el vacío histórico como restos de fuegos de artificio que se extinguen. Tal es el caso cuando Rudolf Bahro en su libro La Alternativa declara: «El marxismo -dice- es el fruto hasta ahora más granado del autoconocimiento del hombre social, pues comenzó con la exigencia de la autoconciencia histórica en todos nosotros». Cómo no preguntarse: ¿Qué forma de autoconciencia desarrolló la Nomenclatura en el proletariado ruso? 

Estos y otros temas constituyen la investigación emprendida en El Sentimiento de lo Humano en América, que estamos en plan de proseguir. No pienso que se viva una era en la que surjan signos del fin de la utopía, según lo afirman Marcuse y otros. Lejos de ello, porque el hombre es la medida de las profecías y de las utopías siempre posibles. 

Finalmente, espero no equivocarme al estimar que estas reflexiones representan planteos adecuados para exponerlos en esta Academia, y, acaso, dejen ver señales de mi posibilidad de contribuir a sus importantes tareas.