
Discurso de Incorporación de Ignacio González Ginouvés como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.
1. INTRODUCCIÓN
Diversas razones hacen para mí muy grata mi incorporación como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales. Una, la complacencia de verme llamado a tan honrosa distinción; otra, el placer de convivir en afanes del espíritu y la cultura con el selecto grupo de personalidades que integran este alto cuerpo; finalmente, la oportunidad que se me brinda, cuando ya voy dando la espalda a una vida fragosa y de intensa actividad, de utilizar lo que me ha enseñado la experiencia de los años y de hacerlo en tan buena y valiosa compañía.
De ahí señores Académicos, que, al expresarles mi gratitud por su benevolencia y magnanimidad al conferirme este honor que en tanto estimo, lo haga con la profunda emoción de quien se siente deudor de una confianza a la que deberá responder aportando lo mejor de su esfuerzo, de su capacidad y de su entusiasmo.
Ha querido el destino que ocupe el sillón que honrara el eminente hombre público don Ernesto Barros Jarpa. Lo conocí con motivo de mis actividades universitarias y pude aquilatar tanto su singular valía como su cultura y demás dotes que lo adornaban.
Fue don Ernesto Barros Jarpa una de las figuras de mayor relieve en el Chile del último medio siglo, por el alto nivel de su permanente quehacer en su profesión de abogado, en su labor como ministro de Estado y en su brillante cometido como catedrático, periodista, político, magistrado y jurista.
Fue estudiante sobresaliente en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
Su desempeño siendo aún muy joven, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, bajo la primera presidencia de don Arturo Alessandri y su actuación original y acertada en el arreglo del litigio fronterizo con Perú, secuela de la guerra de 1879, causaron extraordinaria admiración por la capacidad y visión. Decidido y gozando del consejo y la confianza de aquel gran estadista, Barros Jarpa actuó con notable tino y aplomo, triunfando tanto en el ambiente nacional como en el internacional.
Años más tarde habría de llamarlo al Ministerio de Relaciones el Presidente Ríos; allí puso nuevamente de relieve su rectitud y su respeto por los principios que sustentaba: pese a su reconocida simpatía por la causa de los Aliados, sostuvo como Secretario de Estado que, no existiendo clara justificación ni amenaza o daño para la República, no procedía que el país declarara la guerra a Alemania.
En el ínterin había sido titular de las carteras de Hacienda en 1932 y del Interior en 1933.
Fue abogado y jurista de jerarquía.
En los ambientes judiciales aún se recuerda su oratoria precisa, depurada, elocuente. Como catedrático de Derecho Internacional Público en la Universidad de Chile durante más de seis lustros brilló por su versación, la claridad de su exposición y la fuerza de sus argumentos. Miembro integrante de la Corte Suprema durante largos años, reveló no sólo equidad y sentido de la justicia sino, también, notable erudición jurídica.
Se interesó con éxito por el periodismo y la historia: los artículos de William Temple, en “La Nación”, hicieron época. Sus recuerdos e investigaciones en el campo de la historiografía le franquearon las puertas de la Academia Chilena de la Historia. Leyó como trabajo de incorporación, un estudio sobre la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, que intituló “La Segunda Independencia”. Al retirarse de las actividades docentes, la Facultad de Derecho de su alma mater le designó miembro académico, en 1966. El “Análisis del sistema americano” fue el tema de su disertación de estilo.
El interés por el derecho internacional fue nota dominante de la carrera profesional de don Ernesto Barros Jarpa. Vale la pena recordar que ya su memoria de prueba para optar al título de abogado, en 1914, versó sobre “Las conferencias de paz y el convenio sobre arreglo pacífico de los conflictos internacionales”.
Aparte de su actuación como asesor jurídico del Ministerio de Relaciones Exteriores, se desempeñó como árbitro o consultor frente a algunos gobiernos en conflicto (El Salvador, Honduras, Nicaragua). Representó a Chile, en calidad de ministro plenipotenciario, en numerosas conferencias internacionales.
He esbozado en pocos trazos la personalidad de tan ilustre ciudadano. Magro resulta el retrato frente a la realidad, porque don Ernesto Barros Jarpa fue todo aquello y mucho más en su fecunda vida, que no vacilo en calificar de modelo y ejemplar.
Sirvió y honró a su patria; ésta y la historia no le escatimarán el más duradero y respetuoso de los recuerdos.
Establece la costumbre de estas doctas corporaciones que, en circunstancias como la presente, el recipiendario, después de hacer el recuerdo de su antecesor en el sillón académico, retenga la atención de sus oyentes disertando sobre algún tema de su interés o especialidad.
Tres han sido las actividades mayores que, aislada o simultáneamente, han ocupado mi vida: la medicina, la enseñanza y la administración de salud. En la primera he sido un cirujano al cual el éxito no le fue esquivo; en las otras, he sido un práctico, un aficionado que no puede exhibir otras credenciales que las provenientes del estudio de los problemas y asuntos entregados a su responsabilidad y tal vez cierta aptitud para extraer de la experiencia un saber vivido y madurado. Esta diversidad de intereses ha sido lo que llamaría una fortuna de mi vida, porque me ha sacado del marco absorbente de lo estrictamente profesional, me ha compelido a cultivarme en campos más amplios y universales y me ha dado una visión amplia y clara del mundo y algunos de sus problemas.
He de confesar que de estos trabajos el más apasionante y atrayente por sus proyecciones sociales, intelectuales, nacionales y hasta planetarias, fue el educacional.
Lo inicié como ayudante de cátedra en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, obedeciendo a la invitación de ese educador nato que fue mi maestro, el doctor Lucas Sierra; lo seguí como profesor en la Universidad de Concepción, después como decano de mi Facultad, y lo terminé como Rector de esa casa de estudios superiores.
Mis reflexiones de esta tarde deseo centrarlas, por eso, en el desafío que al sistema educacional vigente están creando los tiempos cambiantes que vivimos.
2. LA EDUCACIÓN COMO CONDICIÓN DEL HOMBRE DE HOY
La educación es uno de los temas que más interesan al hombre contemporáneo, más exactamente al de esta segunda mitad del siglo. Este interés no ha sido despertado, sin embargo, por la educación misma, como rebote de su lucha centenaria por difundir sus bienes, sino por razones de orden social y económico que la han colocado en el primer plano de las preocupaciones del hombre actual.
A lo largo de la evolución humana, la educación ha ido adquiriendo creciente importancia, por la influencia de factores como la utilización progresiva de las ciencias y la técnica no sólo para fines militares, productivos o comerciales, sino para la vida cotidiana; el aumento gradual de la capacidad intelectual que el hombre debe poseer para vivir; el acceso a las actividades cívicas y políticas de estratos sociales que antes no gozaban de derechos y vivían marginados; las aspiraciones que el progreso hace nacer en todos los sectores.
Este devenir, que hasta ayer se midió en siglos y pudo ser encarado y asimilado por el sistema educacional sin mayores conflictos, en los últimos tres decenios, como consecuencia de la aceleración de los progresos científicos y tecnológicos, del desarrollo industrial, de la lucha de los países por su crecimiento, del surgimiento de una realidad social, que ha alterado las costumbres, creando nuevas necesidades y configurando una visión diferente del mundo, al proceso dialéctico educación-progreso se ha agregado un renovado y universal componente social que ha conferido a la primera un sentido que antaño tuvo sólo frente a ciertas minorías.
Súbitamente, la educación, como la salud, ha pasado a ser una necesidad, una condición del hombre de hoy. Sin ella, no se es. El abuelo o el padre pudieron ser iletrados y, sin embargo, su ignorancia no les cerró las puertas de muchos desempeños o labores ni los colocó al margen del acontecer. Ahora, las generaciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial se ven enfrentadas, violentamente, a un mundo en que el saber, no ya el elemental de leer y escribir sino el saber articulado, de comprender, de juzgar, de decidir, de discernir así como de conocer y dominar una técnica, un oficio o una profesión, es indispensable para entender el mundo, y tener un lugar en la sociedad.
La certidumbre de que sus hijos tendrán que luchar con las armas del saber y que valdrán tanto cuanto sean capaces de hacer responsablemente, es el acicate que mueve a los padres a procurar que reciban la mejor educación.
A su vez, la masa juvenil ha adquirido conciencia de que no sólo le basta educarse sino que, además, su porvenir está en alcanzar los más altos niveles. El aumento numérico de esa juventud, la prolongación de los años de estudio requeridos por una más completa preparación, la apertura de la educación a grupos humanos que antes no la apetecían, y muchos otros factores, están creando una demanda explosiva de más enseñanza y mejor enseñanza.
Los gobiernos, por su parte, van adquiriendo conciencia de este fenómeno y de la urgencia de encararlo, por cuanto la educación condiciona la realización y complementación de sus planes de progreso y desarrollo, y es factor de estabilidad social. Bien se ha dicho que el desarrollo es un condicionante del proceso educacional, y que no es concebible sin una adecuada y universal educación que lo sostenga.
Educación adecuada en el sentido de formar a los individuos, y de darles los saberes y habilidades que les permitan ser útiles para la sociedad y para ellos mismos; educación universal en el doble sentido de llegar a todos y de merecer la misma atención y conservar la misma excelencia en todos los niveles que la integran.
Por razones comprensibles, se tiende a relacionar el desarrollo con los niveles más elevados del sistema educacional, ya que es allí donde se preparan los cerebros dirigentes y científicos. Es este un supuesto falaz, porque para dar frutos, los estudios superiores requieren terreno abonado por una buena educación base que cultive y prepare inteligencias despiertas y críticas formadas en el arte de aprender y empapadas en los valores culturales y humanos que son la entraña del hombre culto. Ha de comenzarse a formar el futuro universitario, en consecuencia, en temprana edad; ha de seleccionarse a lo largo de un exigente proceso educativo, y sólo entonces puede tener acceso a más elevados niveles. Los estudios superiores forman en las ciencias, las profesiones y otras disciplinas sólo a individuos ya madurados en su intelecto, en su cultura y en su moral. Pretender lo inverso es como alhajar con pesados muebles los pisos superiores de un edificio levantado sobre débiles murallas de barro.
Progreso y educación son dos elementos de una misma ecuación. Esta relación no significa, sin embargo, que siempre hayan caminado juntos: al mismo ritmo y tras iguales objetivos. Ha sido, por así decirlo, una constante que la educación haya ido, en cierta forma, a la zaga del progreso, satisfaciendo sus necesidades o adaptándose a él sólo cuando eran perentorias; en estos aspectos, mientras el progreso ha vivido con la mirada inquieta orientada al porvenir, la educación ha puesto la suya, complacida en el tiempo que fue.
Como recuerda Alvin Toffler: hasta comienzos de la época moderna el saber estaba en el pasado y era este el ejemplo que la educación ofrecía a la juventud. La revolución industrial la obligó a servir al presente y su modelo fue “el hombre para hoy”. Los cambios de los años que corren exigen “educar al hombre de mañana”; esto es, para un mundo diferente, que ya comenzó, en que la renovación y el cambio serán permanentes.
La educación, que ha sido tradicionalmente lenta y cautelosa para sus adaptaciones, enfrenta así hoy problemas nuevos y desconcertantes. Es comprensible que los mire con reticencia; vive entre dos enormes responsabilidades: la del pasado que respeta y cuyos valores permanentes debe conservar y transmitir, y la del futuro, que debe atisbar para satisfacer sus necesidades y exigencias.
Estas consideraciones no envuelven una crítica a la educación. Su alusión tiene sólo por finalidad señalar sus debilidades; la existencia de fuerzas que en ella y fuera de ella se opondrán o dificultarán su adaptación a las exigencias que se ven venir; los escollos de orden material, funcional, tradicional, psicológico, que deberá salvar para servir al mundo que se está configurando. Un mundo en que “ha muerto la permanencia”, en que la “no permanencia” será la constante de la vida.
El porvenir, que será presente cuando los que hoy están comenzando a nacer entren a la vida activa, obliga a la educación a encararlo ya, ahora, con objetividad, resolución, valentía e imaginación, para que sus frutos estén maduros para entonces; sin esperar que los acontecimientos le impongan una urgencia poco propicia al pensamiento lúcido y a la búsqueda serena de soluciones que, conservando lo imperecedero de nuestra herencia cultural milenaria, sirvan eficazmente a las realidades del futuro.
Advertir con realismo los cambios que está experimentando el mundo, señalar la necesidad de que la educación se prepare para que éstos no la abrumen y con tiempo distinga entre lo que es desechable y lo que es tesoro que debe ser puesto a resguardo, no significa desconocer lo que ella ha hecho por la cultura, la civilización, los pueblos y los individuos.
No es nuestra intención repudiar la vieja educación en que bebimos nuestra personal cultura. Ella fue lo que le pedían el tiempo y las circunstancias y respondió airosamente. Las realidades del mundo actual, desafortunadamente, son nuevas y tan diferentes como jamás lo han sido en la historia, y están planteando a la humanidad y a la educación problemas también sin precedentes.
3. IMPACTO DE LA MASIFICACIÓN SOCIAL EN LA EDUCACIÓN
La educación adquirió real importancia social a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La respuesta a esta preocupación fue tibia y desganada. Aunque ya en los años que precedieron a la última guerra se percibieron claros signos de cambio, el afán por educarse se universalizó sólo pasada la mitad del presente siglo. Desde entonces se ha ido incrementando aceleradamente.
Y ya comienzan a advertirse algunos conflictos premonitorios de la crisis: el aumento de la masa ha ido produciendo un indudable compromiso de la calidad; ha sido menester improvisar enseñanzas antes no contempladas o desdeñadas, para canalizar hacia ellas a quienes no tienen cabida en las opciones tradicionales; se han producido choques entre algunas viejas estructuras y las nuevas; se ha hecho patente el anacronismo de la fragmentación de la educación; se ha hecho evidente la desvinculación de la educación dirigida al joven de ayer con la que debe darse al estudiante de hoy, nacido para un mundo mecanizado, exigente, de mentalidad científica.
En esta materia, hoy todo se cuestiona y se analiza con ánimo crítico; nada está cierto de perdurar si no sirve una efectiva necesidad. Se exigen definiciones y redefiniciones que configuren un todo coherente, ágil, eficaz, claro en sus líneas, permeable a los intereses de la juventud, que ofrezca alternativas que la satisfagan y estén a su alcance.
La demora en advertir y reparar los inconvenientes de un sistema ya inadecuado ha significado un alto costo social y una sucesión de fenómenos indeseables o inesperados, entre los que cabe señalar: el desgaste de la enseñanza humanístico-secundaria, que no forma al individuo ni lo prepara para la vida sino sólo para la universidad; el lento y descuidado desarrollo de la enseñanza técnica y vocacional; el apresurado y poco meditado atochamiento de las universidades -de por sí escasas de medios- con estudios de nivel intermedio, cortos, de “carreras nuevas”, cuya necesidad o mercado no ha sido serenamente estudiada; el subempleo o el desempleo de muchos graduados; el descontento de los empresarios, industriales y empleadores por la falta de comprensión de la educación de sus reales necesidades; la migración de profesionales de alto nivel, que no hallan en sus países las oportunidades que la universidad les hizo concebir y, finalmente, la agravación del desfinanciamiento de la enseñanza.
4. CRECIMIENTO DE LA FUNCIÓN EDUCACIONAL
En casi todos los países, la educación se imparte con las estructuras y los métodos de comienzos del siglo y sigue orientada, con discretas adaptaciones de forma, al hombre de la entreguerra.
La educación del futuro deberá desechar por añeja la modesta aspiración de alfabetizar: el hombre del siglo XXI necesitará mucho más que saber leer, escribir y sumar; tendrá que entender, decidir y operar; y eso debe adquirirlo en la escuela -o en lo que la reemplace- durante sus años de formación.
“Formar a todos” es un imperativo del mundo actual. Ello supone el traslado de esta responsabilidad de la intención a la realidad. No es por mandato legal que el joven debe ir a la escuela; debe hacerlo por convicción, por atracción, por placer e interés. La escuela debe retenerlo hasta que esté capacitado para afrontar las responsabilidades de la vida. Educar a todos implica abandonar el actual criterio fríamente selectivo, la rigidez finalista, el desprecio por el que no se adapta, o es diferente, y ofrecer a cada uno alternativas que descubran sus valores y le permitan hallar su propio camino.
Se han acuñado dos brevísimas frases que encierran el meollo de la futura educación: “aprender a ser” y “aprender a aprender”. El término aprender ya señala un cambio revolucionario; indica que el proceso de formarse y adquirir conocimientos debe ser activo y personal, y que el educador debe dirigir sus energías a despertar y motivar esta actitud. “Aprender a ser” involucra el “ser” personal, el “ser” moral, el “ser” físico, el “ser” en el saber y la cultura; y finalmente, en el menester que aprenda para realizar útilmente su vida.
“Aprender a aprender” significa estimular en el educando las facultades que lo ayuden a aprender: la curiosidad, la agilidad mental, la disciplina, el espíritu crítico, la independencia, el amor al estudio, la imaginación, etc.; crear en el individuo el hábito de aprender durante toda la vida, porque ese es el porvenir que lo espera.
Hoy el Hogar, la Iglesia, y la Escuela han perdido ascendiente o carecen de los medios y las oportunidades de antaño para enseñar e inculcar a los jóvenes la moral, el respeto por ciertos valores y el cultivo de las virtudes fundamentales que conformarán y regirán su conducta, y nada ha venido a reemplazarlos. El problema se ha considerado tan grave, que respetables organizaciones internacionales comienzan a dedicarle interés, advertidas por el importante factor que de la violencia juvenil contemporánea es el apagón moral en que se forma la juventud: una juventud que, sin el freno de una sólida formación ética maneja la vileza, el explosivo, la traición o la metralleta, sin responsabilidad ni remordimiento.
La educación del futuro deberá evitar que alguien la abandone con las manos vacías. Habrá de ofrecer siempre una oportunidad, una alternativa. La inutilidad, la amargura, la frustración o la miseria del marginado es una aberración educacional y un crimen de lesa humanidad.
Finalmente, debe ofrecerse a nuevos grupos humanos. Se habla ya de educación continua o permanente, destinada a los que por cualquier motivo desean volver a las aulas. Se habla de educación de repaso (“reciclaje”) para servir a quienes desean mejorar su preparación o actualizar su saber. Se habla, por fin, de educación libre; esto es, de crear sistemas de certificación de aprendizajes que el individuo puede adquirir independientemente sin cumplir todas las etapas de un programa, con la base del saber y la cultura que le han dado su trabajo y su esfuerzo.
5. NUEVOS ENFOQUES PARA LA EDUCACIÓN CONTEMPORÁNEA
El saber está hoy en permanente revisión y expansión: las necesidades del mundo industrial, el comercial y de los servicios, así como las exigencias y aspiraciones de los individuos y de la sociedad, crecen y cambian día a día. Se originan ininterrumpidamente saberes nuevos; se modifican o se desechan algunos hasta el momento consagrados. En el campo profesional o del trabajo se adoptan nuevas tecnologías y aparecen nuevas profesiones, especialidades, mientras otras se tornan obsoletas. En todos los órdenes de actividad surgen necesidades que la educación ha de satisfacer prontamente.
Este proceso abrasivo, de gestación, creación, reforma, fragmentación y muerte, obliga a disponer de índices que permitan a la educación prevenir los cambios y no ir a su zaga: poseer medios para atenderlos cuando surjan y mecanismos y estructuras flexibles que faciliten la conversión y la incorporación de las interminables novedades.
La inadecuación de las estructuras, planes y programas del sistema educativo tradicional, para servir estas exigencias, es bien conocida. Heredero de una tradición secular y de la experiencia de un mundo que se va, no parece disponerse de los medios ni tener la adaptabilidad para afrontar, por sí mismo, los problemas que habrán de traer los nuevos tiempos. Como dice J. J. John, Vicerrector de la Universidad de Jodhpur, en Bombay: *”La desconfianza inspirada por la esclerosis de las estructuras educacionales tradicionales, se ha agravado en una época en que la economía y las necesidades en materia de empleo se hallan en plena evolución, en circunstancias que la rigidez de los sistemas formales no permite una modificación suficiente de los programas de enseñanza o la creación de otros de ‘reciclaje’ para los que ya poseen una formación. Se ha hecho manifiesta la ausencia de una correlación lógica entre lo que enseña la escuela o la universidad, y lo que la vida exige.”*
Las consideraciones precedentes me llevan a uno de los problemas más difíciles que se presentan a la educación en un mundo en veloz y permanente cambio. No se trata ya de que el individuo aprenda a aprender: éste es el mecanismo, el hábito, la disciplina, que le permitirá alimentar su cultura, renovar sus conocimientos y combatir la esclerosis de su saber. Se trata de determinar lo que el individuo debe aprender -y, por lo tanto, saber- en calidad de sólido basamento sobre el cual reedificar posteriormente sus conocimientos periclitados.
Mientras el mundo evolucionó al paso del hombre o del caballo, los cambios no inquietaban a la mente humana, que no los percibía, porque se conformaban al diario vivir. Hoy la humanidad está en el centro de un torbellino de avance y progreso, de un trastrueque universal de valores, costumbres, instituciones y conocimientos. Nada perdura; ha muerto la permanencia.
¿Qué formación ética, qué valores, qué moral, qué visión social transmitir a un individuo que ha de vivir en un mundo que para su padre o su maestro es un misterio?
¿Cómo fortalecer la mente, la personalidad, la capacidad de ese hombre para que mañana pueda conservar sereno su juicio, firmes sus convicciones, inviolables sus principios y conducirse con independencia, sin dejarse arrastrar por la propaganda, la militancia, el paternal consejo del “hermano mayor” (big brother)?
¿Qué formación científica dar a un individuo que en el sólo lapso de sus estudios formales percibirá que la ciencia que se le enseñó cuando cursaba el año tercero, ya no es válida en el de su egreso?
¿Qué enseñar a un individuo que al incorporarse al campo del trabajo tendrá que emplear procedimientos o manejar maquinarias que cuando estudiaba aún no habían sido inventadas?
¿Qué enseñar de valor durable, que resista los cambios y permita reedificar sobre ello el saber actualizado, o entender cabalmente lo que las ciencias o la tecnología están entregando a cada instante?
¿Cómo hacer para que las estructuras, los métodos y el proceso mismo de enseñar se renueven, se desprendan de su rutina y se adapten al permanente cambio y evolucionen procediéndolo, no sólo en el acontecer sino en la mente misma de los educadores?
Preguntas son éstas, que aún no tienen adecuada respuesta, porque sus condicionantes todavía no se definen. Pero esta indefinición no releva a los educadores de su deber de atisbar lo que ya comienza a configurarse y de tomar las previsiones y medidas que permitan afrontar aquellas cuestiones sin quiebres ni violencias.
El progreso científico y tecnológico y las cambiantes necesidades que son su consecuencia, obligarán a la educación, no sólo a incorporar novedosas especialidades o materias, sino a fragmentar las existentes.
Se agudizarán, así, los aspectos negativos de la especialización, y paralelamente se crearán conflictos y tensiones derivados del reordenamiento que esta fragmentación impondrá a los títulos, certificados y diplomas tradicionales. Hoy un ingeniero, un mecánico, un médico debidamente titulados o certificados gozan de amplios derechos vitalicios. En un mundo de saber cambiante será necesario, por un lado, redefinirlos, y por otro, crear mecanismos que permitan certificar periódicamente la capacidad y preparación actual de estos servidores, como condición para la vigencia de sus privilegios y medida de protección social.
Estos aspectos, si bien tienen raíces legales, gremiales y tradicionales ajenas a la educación misma, van a repercutir, necesariamente sobre ella y le van a imponer responsabilidades hasta hoy no contempladas.
Si la educación futura debe atender los problemas y desafíos que he mencionado; si pretende estar abierta a las necesidades sociales e individuales, evitar pérdida de talentos o duplicación de esfuerzos y obtener el máximo provecho educacional de sus componentes, deberá unificarse y coordinarse, incluyendo en un mismo sistema, su creciente diversidad. No aludimos a una educación monolítica, sino a una flexible, abierta y rica en alternativas, y variedades; pero integrada, sin murallas reglamentarias; en que los estudios de igual nivel, sean válidos en todas partes; en donde el alumno pueda moverse libremente dentro de obvios límites. Una educación en la que el joven pueda recibir una enseñanza adecuada a su carácter, tenga derecho a equivocarse y a reconsiderar su camino; de la que pueda salir en cualquier momento con una preparación general y un saber práctico que le permitan ganar su pan, y a la que pueda reingresar, si así es su deseo; una educación cuyos componentes guarden entre sí las relaciones que corresponden a las partes de un todo, y no sean unidades sin secuencia ni correspondencia, caminos cercados de los que no se puede salir sino perdiendo todo lo andado y sin otra opción que recomenzar de cero.
Una estructura educacional así concebida no es, en manera alguna, incompatible con la coexistencia paralela o subsidiaria de aportes extraños. Tales alternativas pueden significar una sana emulación para explorar nuevas modalidades o vías educacionales, si se sabe armonizar en una legislación inteligente, el respeto a lo esencial con la libertad en las opciones y modos.
Para quien observe la situación de la educación frente a las exigencias y necesidades sociales o del desarrollo, resulta evidente que se pisa un terreno lleno de contradicciones. El alto costo de la educación superior, por ejemplo, y su crecimiento, la hacen depender en medida cada vez mayor de la ayuda o el subsidio, sea del estado o particular. Este dar y recibir establece necesariamente obligaciones o gratitudes que en alguna forma menoscaban su soberana autonomía.
Hasta hoy, los planes y programas de la educación superior han sido determinados con celosa independencia por los catedráticos, dentro de un cuerpo tradicional, autogenerado, que en la educación superior es la Facultad académica. El procedimiento tuvo eficacia mientras los cuerpos docentes estaban integrados por profesionales activos, que daban parte de su tiempo al afán de enseñar. El predominio del profesorado de tiempo completo, o de científicos ajenos a la profesión que enseñan, ha producido un indisimulado divorcio entre las exigencias actuales de ésta y los planes con frecuencia inactuales y recargados, que las entidades cerradas tradicionales imponen. Este bastión de la autonomía ha tenido que ceder ante la realidad y ya hay acciones tendientes a crear puentes que comuniquen a la profesión actuante con los centros de enseñanza, dando a la primera el derecho a que sus opiniones y advertencias sean atendidas.
6. UN NUEVO PAPEL SOCIAL PARA EL DOCENTE
Puede vaticinarse, sin temor a errar, que los cambios y reformas que deberá experimentar el sistema educacional en el mundo entero, por efecto de la revolución que estamos comenzando a vivir, serán tenazmente resistidos. No es mi intención entrar a este tema. Deseo, sin embargo, a modo de colofón, referirme a dos o tres aspectos que parecen de importancia.
El costo y la inversión educacional han aumentado significativamente. Sin embargo, los avances tanto en el volumen como en la calidad de la enseñanza, no son satisfactorios. Lo que queda por hacer para cumplir las metas de ayer y -con mayor razón- de la educación de mañana, requerirá inversiones que no todos los países estarán en condiciones de solventar. Se exagerará la diferencia entre pueblos ricos y pobres, entre desarrollados y atrasados, y ello agravará las tensiones aumentando la dependencia de éstos respecto de aquéllos.
Se dice que el profesor tiende siempre a enseñar tal como él fue enseñado. Es un hecho muy humano que permite vaticinar que las mayores resistencias al cambio educacional partirán del elemento enseñante y que no se logrará implantar una nueva educación mientras no se modifique la mentalidad del profesor, desde el maestro rural hasta el científico.
La carrera profesoral es actualmente en todo el mundo mal remunerada y no da “status”; el trabajo es rutinario y no tiene elementos de apoyo que lo tornarían estimulante y creativo. En consecuencia, la juventud coloca a la profesión docente en postergado lugar de sus preferencias.
La falta de profesores calificados es asunto serio en la enseñanza elemental, dado que en ella son indispensables condiciones humanas, conocimientos pedagógicos y manejo de técnicas de las que depende en gran parte el éxito; y es igualmente serio en la enseñanza media y, especialmente, en la de las ciencias y las matemáticas, sobre todo en los países que todavía no aprecian su trascendencia.
La formación del profesor para la enseñanza secundaria sufre y allí donde se ha descuidado su formación en la materia que va a enseñar, so capa de darle un saber pedagógico que resulta excesivo para las necesidades de la práctica. De esto resulta que, desprovisto de una formación sólida, en su materia, sólo se limita a ser un repetidor del libro, y cae en la rutina, la obsolescencia, el escepticismo y el desinterés.
La formación de docentes y la prolongación de su vida activa y de su vigencia en el saber, han adquirido urgencia internacional. Confluyen en el problema factores que será preciso abordar con decisión para modificar viejos y malos hábitos que han hecho desmerecer una tarea que debiera ser tenida como la más excelsa y atractiva.
Los progresos tecnológicos puestos al servicio de la enseñanza han despertado interés y muchas esperanzas; la realidad los ha ido colocando en su justo lugar. Son importantes auxiliares del enseñante, siempre y cuando sean utilizados juiciosamente. Nada podrá reemplazar ni calar más profundo en la mente y el alma de un educando que el ejemplo y la palabra de quien ama y domina lo que enseña.
7. UNA MISIÓN ESTIMULANTE
Debo terminar.
Me he atrevido a abordar ante tan docta asamblea este tema, sin ignorar que está constituida por una pléyade de personalidades que han ocupado y ocupan en la educación chilena eminentes situaciones. Lo he hecho, sin embargo, con el solo ánimo de compartir mis inquietudes, de expresar algunas ideas que pueden ser materia de ilustrado debate. Y he osado hacerlo, en desmigajado divagar, para plantear una situación, un problema grave y fundamental, de gran actualidad y del que depende, en gran medida, el futuro de nuestra civilización, hoy puesta a prueba por el flujo y reflujo de los cambios y novedades que a diario están emergiendo de las retortas en que se elaboran el saber y la cultura.
Sin exageración, puede decirse que no hay problema más urgente y apasionante que el relacionado con el futuro de la educación o, mejor, con la educación para el futuro. Y este problema debe comenzar a resolverlo el hombre de hoy; este hombre que vive la esquizofrenia de dos épocas: la visión de un pasado seguro y probado que ya se esfuma, y la incógnita de un porvenir apasionante, pero incierto. Nos enfrentamos a un mundo en que todo será diferente, que pondrá al hombre en circunstancias que desconocemos, y que por eso precisa que se le dote de cualidades del alma y de la mente que lo capaciten para no perder su camino, para conservar o defender sus derechos, sus responsabilidades y su independencia, y para respetar e incrementar el acervo de saber, cultura que, humildemente le hemos transmitido.
Es difícil vaticinar las formas que tomará la futura educación. Se puede predecir que dentro de cierto ámbito, habrá variantes, transiciones ágiles y audaces, así como las habrá cautelosas y remolonas. Pero tendrá que sufrir atrevidos replanteamientos; análisis objetivos y valientes de las nuevas realidades y necesidades, que lleven a repensar todo el proceso con frialdad y visión, con valentía, decisión e imaginación y, al mismo tiempo, con respetuoso afecto por su objetivo final que es el hombre, y a través de él, la sociedad.
Este es el desafío de nuestra época. Que no se diga de la educación lo que René Remond, Presidente de la Universidad de París X, expresó, refiriéndose a la evolución universitaria:
“Entre el Renacimiento y su restauración en el siglo XIX, sobre fundamentos distintos, las universidades estuvieron ausentes del movimiento intelectual… Porque no supieron renovarse en el siglo XVI y quedaron atrapadas en sus tradiciones. La rectificación no puede demorar los próximos veinte o cincuenta años sino, a lo sumo, los próximos cinco. Desde hoy hasta entonces, las universidades, o triunfan o habrán fracasado.”
Hemos de esperar que la educación salvará airosa la seria crisis que la amenaza. Como dijo hace algún tiempo el Rector Hernández: “La vida nace y se modifica en la entraña misma de lo que fenece, y es légamo donde la semilla encuentra sus renuevos vitales”.