Discursos de incorporación

Algunas consideraciones sobre globalización e identidad nacional

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Discurso de Incorporación de Gabriel Valdés Subercaseaux como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

Corrientemente se habla de Globalización como un fenómeno nuevo, inédito, casi sorpresivo.

Aunque tiene características especiales, es una etapa de un proceso desarrollado desde siglos que se ha precipitado.

Su análisis es complejo y multidisciplinario. Me interesa reflexionar sobre su creación y sus efectos en las esferas políticas y culturales.

1. Globalización y cultura en una dimensión histórica

El proceso de expansión territorial de la especie humana se inicia desde su aparición en la tierra creando tribus, pueblos, reinos y grandes pueblos como China, India, Egipto, las civilizaciones americanas, que como la griega y los celtas en Europa se organizan bajo autoridades de forma aislada unos de otros. Es Grecia con sus maravillosas capacidades intelectuales cívicas políticas y comerciales la que construye las grandes columnas de la civilización occidental con penetración en el espacio geográfico mediterráneo. Más tarde el hito decisivo lo alcanza Roma, que impone su estructura política, su juridicidad, su poder, su ley y su capacidad cultural y militar en toda Europa. Roma instaura el primer grado del dominio internacional que tendría trascendencia decisiva como energía creadora en el proceso de la internacionalización.

La decadencia del Imperio Romano y la invasión de los bárbaros paralizaron ese centro de expansión.

En Europa, el pensamiento creador quedó básicamente concentrado en la manifestación de la fe en el mundo gótico y en la recreación del imperio bajo la autoridad del papado, del cual se desprendieron algunas ciudades-estados como Venecia, Londres, Génova, Amberes, Constantinopla, etc., que iniciaron el comercio exterior y con él su modernización.

Hasta el siglo xv poco se había avanzado en el campo internacional. Según estudios de Cipolla el ingreso per capita en Europa era de 70 dólares, menor que el chino y más del 75% se destinaba a alimento. El ingreso se concentraba en la nobleza.

La población mundial estaba estancada y la esperanza de vida no superaba los 30 años de edad.

El ahorro y las inversiones se calculan en un 5% del producto total que se destinaba a construcciones urbanas, catedrales, palacios y castillos y a pagar ejércitos. Los reyes y los príncipes, no solo en Europa, sino en Persia, China o India sostenían la cultura y el arte a través de la arquitectura, la pintura, la música y en los escritores, poetas y pensadores.

El dinero se gastaba en fines nobles y perdurables.

Esta visión de la baja Edad Media de Europa hasta el 1500 se reseña solo como referencia histórica para colocar el piso desde el cual emerge el gigantesco salto hacia la internacionalización. Esta se había abierto a través del islamismo que dominó el Medio Oriente, el Norte de África, India y gran parte de la Península Ibérica aportando el pensamiento griego y vastos horizontes de ciencia. Por su parte el cristianismo con vocación universal, había desarrollado las cruzadas y comenzó a extenderse en un proceso de evangelización transnacional que no se ha detenido. Es interesante comprobar que cinco siglos después de que los jesuitas viajaron a Japón, hoy hay jesuitas dictando cursos a los empresarios en China.

Como siempre, es el pensamiento, son las ideas las que dirigen el mundo. Aunque soy ignaciano, no son los jesuitas los que dirigen el mundo. Tal vez lo harían mejor que algunas ideologías que han estado en boga.

La historia de la gran expansión de la creatividad del hombre y de la ocupación del espacio se iniciaría así en el Renacimiento con la reunión de energías espirituales y la conjunción de hechos cuya trascendencia histórica es superior a cualquiera otra y que está en la raíz de la globalización que alumbra el inicio del siglo XXI.

La llegada de los filósofos griegos a Florencia, expulsados de Constantinopla, exégetas de Platón y Plotino produce en la Corte iluminada de Florencia de los Médicis una síntesis de esa filosofía con la tradición cristiana que da origen al Renacimiento. Se abre un pensamiento nuevo en la interpretación del hombre, del espacio, la sociedad, la ciencia y el arte. Se abre la discusión sobre la autonomía de la esfera temporal sobre lo espiritual que atraviesa estos momentos porque se expresa en cismas y emergen nuevas luchas por la autoridad política que comienza a definirse ideológicamente y no solo a través del poder de las personas.

Se inicia la liberación del poder civil. Dante Alighieri, Marsilio de Padua, entre otros, dan término al Medioevo enclaustrado. Pero es Maquiavelo el que crea un hito histórico al decir, en una de sus famosas sentencias: “Los hombres no gobiernan al Estado rezando el padre Nuestro”.

En relación a la globalización, hay un hecho que Max Weber apunta con precisión: “La Reforma amplió el sustento teológico de la acumulación de riqueza como expresión legítima de la realización del hombre”.

Se produce la utilización de inventos traídos por otras civilizaciones como la pólvora, el sistema decimal, el cartógrafo, los anteojos, el reloj mecánico, los barcos a vela, etc.

Los historiadores sostienen que esta creatividad tuvo lento impacto en las ciudades y campos, pero sí consecuencias revolucionarias en la navegación y en la guerra.

En este escenario Gutenberg inventa la imprenta, salto decisivo en la extensión de las ideas y Nicolás Copérnico provoca un cambio radical en la concepción de la posición de la tierra.

Con estos instrumentos y el impulso hacia la libertad y la creación personal se inician las conquistas extranjeras, primero de los portugueses en el Atlántico llegando Vasco de Gama con su barco el San Gabriel a Calicut, costa de la India. Por su parte, Colón llegaba a América.

Emergen los Estados con nuevas estructuras políticas y poderes extranacionales e intercontinentales. Esta expansión en todas direcciones inicia la discusión de los grandes temas de los siglos siguientes. Descartes, Newton y otros intentan integrar las tradiciones clásicas y el dogma cristiano con el conocimiento científico.

En el Renacimiento se desvincula el poder espiritual del poder del estado, poder coercitivo, iniciándose la autoridad del derecho sobre el ejercicio del poder político aplicado en un territorio determinado. Machiavello, en El Príncipe, es uno de los primeros en decir: “El príncipe regenta el principado entero, no solo la parte de éste que es la sociedad civil”. Por su parte Bodin va más allá, dice: “La soberanía es el poder absoluto y perpetuo de una república”. Más tarde Hobbes declara que el Estado no puede oponerse nunca a la razón. La razón de éste, nuestro hombre artificial que es el estado y su mandato. Se crean así conceptos de profunda significación histórica y de actual discusión.

Al justificar el poder y el ejercicio de la soberanía sobre bases seculares, sus mayores exponentes Hobbes y Spinoza, legitiman la monarquía absoluta y la unificación del Estado Nacional. Se avanza hacia la representatividad y la democracia a través de Rousseau con su concepción de la voluntad general, del consenso como fuente de la estabilidad institucional hasta llegar al libro capital de Montesquieu “El espíritu de las leyes” que sienta las bases del constitucionalismo.

La Conquista de América por España no fue solo un acontecimiento político, económico y cultural de inmenso relieve.

También lo fue para el derecho. El aporte del Padre Vitoria sobre la soberanía del pueblo y el orden internacional son notables.

La idea de la comunidad libre e independiente es transformada por Hugo Grocio que autonomiza definitivamente el derecho de gente no sólo de la moral y la teología sino del derecho natural. El derecho fue reducido al hecho y, precisamente, a la voluntad y a los concretos intereses de los sujetos más fuertes de la comunidad internacional.

El proceso de laicización y absolutización de la soberanía externa de los Estados no sólo no se detiene con el cambio producido por la Revolución Francesa, sino que, paradójicamente, de esta extrae una sólida legitimación. La soberanía nacional se legitima en esa revolución mejor que en la fuente teológica del poder.

Tanto la voluntad general de Rousseau, como el Estado Ético de Hegel, fundamentan tanto el carácter limitado de la soberanía externa, como su vocación totalitaria. Se crean simultánea y paradójicamente el Estado de Derecho hacia el interior y el Estado absoluto hacia el exterior. Los derechos del hombre terminan confundiéndose con los derechos del ciudadano. Hacia el interior es igualdad, hacia el exterior es discriminación.

Lo extraordinario es que el paradigma de legitimación, después de haberse secularizado, con la filosofía iluminista vuelve a sacralizarse aunque sea laicamente por obra de la filosofía idealista alemana. El Estado que Hobbes había denominado el “Dios Mortal”, se convierte para Hegel en el “Dios Real”. Hegel vuelve a la soberanía popular pero la atribuye al Estado. El pueblo, dice, constituye un todo orgánico sólo en cuanto es aquello que llamamos Estado. Da alas la exaltación del “momento épico de la guerra, que es la salud ética de los pueblos, las guerras son como los vientos que preservan al mar de la putrefacción”. Hegel llega a expresar su desprecio a los pueblos americanos y a la configuración física del continente americano. Para él sólo en el Estado tiene el hombre existencia racional. Ese desprecio por América también lo manifiesta Carlos Marx. Aún hoy no se ha abandonado.

Según Luigi Ferrajoli: La identificación iuspositivista entre derecho y Estado, si por un lado se encuentra en la base del paradigma del Estado de derecho, por el otro lado entra en contradicción con la misma naturaleza supraestatal del derecho internacional.

El Estado se configura sobre esa base como un sistema jurídico cerrado y autosuficiente. El monopolio exclusivo de la fuerza por él alcanzado se afirma no sólo hacia su interior, puesto que está subordinado al derecho, sino también hacia el exterior, ya que se resuelve -a despecho de las convenciones internacionales- en una libre competencia entre dos monopolios exclusivos y, por lo tanto, en el dominio del más fuerte. El gran intento de ordenar la relación entre el Derecho Internacional y los derechos estatales abordado por Hans Kelsen se realiza en 1945 con la carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos de 1948. Pero en el primer apartado del Art. 2 de la Carta se mantiene el principio de la soberanía e igualdad de todos sus miembros y el apartado 7 del mismo artículo dice que este principio se traduce en la prohibición de injerencia de la organización en las cuestiones internas de cada Estado.

La fundamental concepción explícita de la Carta de la ONU, lograda después de las dos grandes guerras mundiales es la paz internacional. Si bien la paz sigue confiada a las grandes potencias, sin embargo, jurídicamente, el principio de la paz hace de la soberanía de los Estados una soberanía limitada, aunque esa limitación no tenga todavía una plena garantía jurisdiccional.

En paralelo con la evolución política, las ideas económicas experimentaron desde el Renacimiento una transformación profunda y sostenida de decisiva influencia en la mundialización y posteriormente en la globalización que experimentamos hoy.

En la Edad Media, los préstamos a interés eran considerados usura y en la Divina Comedia, Dante Alighieri condena al infierno a los usureros junto a los blasfemos y a los sodomitas.

Pero, el protagonismo creciente de los mercaderes y sus banqueros, la conquista del Nuevo Mundo y las sociedades por acciones fracturaron el viejo orden para abrir nuevos horizontes económicos y sociales.

El formidable aporte de los economistas ingleses del siglo xviii llega a la cima con el histórico libro de Adam Smith⁸: “Investigación sobre la naturaleza y causas de las riquezas de las Naciones” obra fundacional de la economía moderna. Esas doctrinas hacen de la economía una ciencia que pretende abarcar el conocimiento de la realidad económica que ha llegado a precisiones empíricas extraordinarias. Pero que a juicio de un número importante de pensadores su pretendida autonomía de la sociología y de la política ha generado doctrinas de un absolutismo peligroso que subordinan la actividad humana y hasta la dignidad de las personas al mercado. Esta ha sido la denuncia de la Iglesia Católica cuya doctrina inspira mayoritariamente nuestra cultura.

2. Esencia de la globalización

La globalización en que nos encontramos ha sido definida como un conjunto de procesos en virtud de los cuales los Estados Nacionales se entremezclan o son perforados por actores transnacionales, que tienen su propia lógica de poder, de orientaciones e intereses no necesariamente representativos de otros Estados. El dinero y el valor de la moneda no depende más de la voluntad de los Estados. La globalización es una realidad nueva y distinta, diferente en su naturaleza o dinámica de la internacionalización.

La singularidad del proceso de globalización radica en la ramificación, densidad y estabilidad de sus redes de relaciones regionales y globales. Esto implica la existencia de grandes espacios, dentro de los cuales se han creado entramados que han creado corrientes referenciales transnacionales. Prácticamente opera en todos los países del mundo, excepto en algunos fundamentalistas que se defienden como dictaduras ideológicas cerradas o como unidades culturales-religiosas.

Los analistas estiman que la globalización es irreversible, porque existe una afinidad entre las distintas lógicas de la globalización ecológica, cultural, económica, política y social, que no son reducibles -ni explicables- las unas sin las otras, sino más bien deben entenderse a la vez en sí mismas y en mutua interdependencia.

¿Por qué se produce este fenómeno?

  1. Por la gigantesca creatividad científica y tecnológica desarrollada acumulativamente.
  2. Por la revolución permanente en el terreno de la información y las tecnologías de la comunicación.
  3. Por la aceptación prácticamente universal de la economía de mercado.
  4. Por la reducción del tamaño y de las funciones de los gobiernos.
  5. Por la general aplicación de sistemas capitalistas privatizadores basados en la reducción del tamaño y de las funciones de los gobiernos en una concepción liberal de la política y la economía.
  6. Por la exigencia democrática basada en la participación política de los ciudadanos, la exaltación de la libertad en todas sus dimensiones y el respeto de la persona humana y de sus derechos fundamentales.
  7. Por la creación de dinero virtual.

La globalización significa la salida de lo económico y progresivamente de otras actividades del marco categorial del Estado Nacional.

El Estado Nacional, por esencia, es una entidad territorial que ejerce su poder en un lugar concreto: dicta leyes obligatorias, defiende las fronteras, emite, cuida y regula su moneda, mantiene política externa y orden interna, sostiene la fiscalidad, enseña en su lengua y expresa su cultura.

Se ha señalado que una de las consecuencias de la desaparición de las ideologías políticas absorbentes que han tenido al Estado como pivote y como objetivo es que la economía adquiere una relevancia absoluta. No hay barrera que resista. Modos de propiedad, de consumo y de servicios públicos y financieros, exigencias ecológicas, paradigmas culturales, educación, informaciones, etc., se someten al mercado y por tanto son o pueden ser poseídos o controlados por entes transnacionales que sólo buscan maximizar utilidades financieras. El bien del país donde operan su cultura, su destino como comunidad no está en su objetivo, salvo su impacto en la modernización de la gestión y en la tecnología. Es corriente que los operadores de estos procesos sufran serios problemas de lealtad hacia su nación de origen.

La tarea esencial de la política, como es la de delimitar los marcos éticos, jurídicos, sociales, culturales y ecológicos, dentro del cual se ha realizado el quehacer económico posible y socialmente necesario, se diluye, sustrayéndose de su soberanía. Pero también se sustraen otras facultades tradicionales, entre ellas la jurisdiccional. La estamos sufriendo.

Al reflexionar sobre este tema es interesante recordar como si fuera una declaración actual la que expresara Carlos Marx en el Manifiesto Comunista de 1848: “Con su explotación del mercado mundial, la burguesía ha imprimido un sesgo cosmopolita a la producción y consumo de todos los países. Para chasco y desazón de los reaccionarios, ha retirado de debajo de nuestros pies el mismísimo suelo nacional. Las viejas industrias nacionales se han ido -y se siguen yendo- a pique, presionadas por nuevas industrias cuya entrada en escena constituye un serio peligro para todas las naciones civilizadas. La vieja autosuficiencia y cerrazón a nivel local y nacional han dado paso a un movimiento y a una dependencia multilaterales de las naciones. Y esto no sólo en la producción industrial, sino también en la producción espiritual. Así, los productos del espíritu de cada nación se convierten en bien común. La unilateralidad y cerrazón nacionales tienen los días contados, mientras vemos cómo a partir de numerosas literaturas nacionales y locales se va formando una sola literatura mundial”.

Si se compara la realidad del siglo xv con la que vivimos se comprueba que el entorno del ser humano ha experimentado la mayor revolución de su historia.

Las sociedades son ya interdependientes y la política es ya un asunto tan internacional como nacional lo que obliga a un esfuerzo extremadamente difícil para los países en desarrollo. Nuestros antepasados, desde la Ilustración hasta la fundación de la ONU, se preguntaban qué debían ceder los Estados Nacionales a la estructura internacional; hoy, en cambio, nos preocupa qué es lo que se deja a los Estados Nacionales desde la estructura jurídica y económica global, estructura que asume atribuciones de toda clase.

Según Norbert Bilbeny: La pérdida de soberanía estatal es una de las realidades que todo político debe hoy afrontar. A su lado la crisis, también, de los partidos y los sistemas de representación, incluso de las ideologías, pasa a un puesto secundario, ya que se trata de formas derivadas del propio Estado, anterior en el tiempo. La forma constitutiva del Estado incorporada desde el Renacimiento como la forma política superior a todas las demás y condensada en su expresión de “razón de Estado” fue encumbrada por la metafísica como el gran hallazgo de la modernidad. Pero ya no haría hoy decir a Nietzsche que el estado representa “el más glacial de los monstruos”. Por lo menos ha dejado de ser el soberano y el ídolo que fue. De los dos grandes mitos de la política moderna, Estado y Mercado, solo se mantiene firme el último.

Hace pocos meses, en una conferencia europea, con participación de grandes figuras políticas, al jefe de un importante gobierno, destacada personalidad le oí decir en su exposición: “Un gobierno se sostiene en dos instrumentos básicos: la moneda y las fuerzas armadas. Estos son atributos esenciales del Estado, pero mi país, dijo, no tendrá ya moneda propia, será reemplazada por el Euro, controlada por un Banco Central europeo autónomo y nuestro ejército será conducido por un general de otro país, la armada por un almirante de un tercero y la aviación por otro, integrados en una fuerza multinacional.

En estas condiciones, sostener la ciencia, la gobernabilidad, requiere nuevas herramientas ¿Con qué criterios, qué medios pueden usarse?. Se trata de tener identidad dentro de la multiplicidad.

La globalidad rompe la unidad entre el Estado Nacional y la Sociedad Nacional porque establece relaciones nuevas de poder entre actores privados de una nación con actores, identidades privadas y procesos sociales y económicos de otras naciones. Los gobiernos democráticos que dirigen al Estado, deben disponer de normas y poder para regular estas realidades.

La privatización acelerada que se ha llevado a cabo en América Latina y en particular en Chile para modernizar las economías e incorporarse al flujo mundial financiero y tecnológico, al disminuir el poder del Estado y eliminar su propiedad sobre actividades productivas y de servicios pone al desnudo esta realidad. En Chile la estructura política, los sistemas tributarios, el control de los servicios públicos, como la energía, el agua, las comunicaciones y otras actividades deben ser adecuadas a esta realidad. ¿Pueden ser todos enajenados al exterior?. ¿La democracia va a tener algún valor?

La globalización se hace presente sin Estado Mundial. Se crea una sociedad mundial sin Estado Mundial y sin Gobierno Mundial. Los poderes básicos tradicionales se transan en un mercado globalmente desorganizado, sin autoridad política o económica superior.

Existe una economía virtual que lanzada en un determinismo de libre mercado absoluto, crea un esplendoroso espacio para la especulación de la cual recibimos los países emergentes consecuencias inmanejables.

La reducción de la soberanía de la comunidad nacional contenida en el Estado sufre progresivas brechas en las sociedades.

El caso más significativo es el del mundo financiero. La expansión explosiva de los medios de pago virtuosos, marginados de los Bancos Centrales y de las instituciones financieras internacionales es espectacular.

De acuerdo al último informe del Banco de Pagos Internacionales, actualmente se transan alrededor de 1,15 trillones de dólares diarios en los mercados internacionales de monedas, equivalente al 20% del PIB anual de los Estados Unidos. El total transado en un año equivale a 12 veces el PIB mundial. El 50% de estas transacciones se realizan en los mercados de Estados Unidos y el Reino Unido, siguiéndoles Japón y Singapur, que en conjunto concentran un 15%.

En los últimos 10 años, los montos transados diariamente en monedas se han triplicado, pasando de unos 600 mil millones de dólares diarios en 1989 a los 1,5 trillones de dólares de hoy. Sólo para tener una referencia del tamaño de estos mercados en relación a la economía chilena, vale la pena recordar que nuestro país produce en un año alrededor de 80 mil millones de dólares, equivalente a sólo un 5% de las transacciones diarias en los mercados internacionales de monedas.

Concuerdo con Ricardo French-Davis quien sostiene que el peso de la historia se hace sentir con toda plenitud, cuando en un país el ingreso por habitante de 6.000 a 3.000 dólares se abre pasivamente ante uno de 30.000 lo que tendría que suceder es que el segmento desarrollado del país más pobre se integrará al país más rico y se desintegrará del resto de su nación. La tarea de lograr ese crecimiento y equidad se toma muchísimo más difícil y la gobernabilidad se debilita.

El caso de Chile es paradigmático. Es un país modernizado en amplios sectores, muy atrasado en otros, abierto al exterior, con dinamismo económico notable pero con desigualdades sociales graves. El reciente informe del BID nos coloca entre los peores países en distribución de su ingreso.

Como respecto de todos los grandes avances de la humanidad la globalización escapa a un juicio de censura, temor o de carácter ético. El desafío está en cómo abordarla y en aprovechar sus indudables ventajas y controlar sus negativos efectos para los países aún no desarrollados.

El principal problema es su gobernabilidad. Ella existe cuando el gobierno tiene una legitimidad muy amplia, asegurada por instituciones políticas capaces de representar e intermediar intereses sectoriales legítimos, imponer disciplina, reglas políticas y sociales claras y permanentes y lograr capacidad financiera y administrativa transparente y consensuada.

Cualquiera sea su dimensión el Estado debe ser políticamente fuerte, cualidad escasa en la historia latinoamericana, debe estar basado en un contrato social básico, no en sectores excluyentes. El Estado es nacional, eficiente y su autoridad es respetada o su gobernabilidad no será estable.

Una nación no es sólo un mercado, no es un conjunto de productores y de consumidores aislados.

Es una comunidad de ciudadanos organizados legítimamente en sectores, intereses y visiones distintas. Se exige una nueva concepción en la acción política partidista, educación de líderes, disciplina, consensos básicos y discusiones transparentes. Se trata de modificar anticuados e ineficaces métodos y crear una dinámica de participación donde los derechos se equiparen a la responsabilidad. El Estado puede así ser subsidiario pero es la ética la que asume su rol.

3. Impacto en el Estado soberano

Tres efectos de la globalización desearía enunciar para terminar estas observaciones.

La primera se refiere al Estado soberano. Hemos visto cómo ha sido disminuido en sus atribuciones desde lo alto a causa de las privatizaciones, al sometimiento a normas internacionales sobre la economía, el comercio, la sanidad, la gran criminalidad, las drogas, las normas de calidad, las exigencias sobre respeto al medio ambiente y su juridicidad, etc. Pero los Estados tradicionales están también sufriendo necesarias abdicaciones internas.

Un notable efecto de la globalización es la existencia exitosa de autonomías locales basadas en tradiciones federativas como Estados Unidos, Alemania y Bélgica y las que emergen en España, Italia, Irlanda, las naciones Balcánicas y las nuevas estructuras francesas. Las raíces étnicas, culturales o religiosas irrumpen y deben ser respetadas.

La gente quiere ver diariamente su autoridad elegida. Por ello surge la región y la comuna. Creo que la globalización es una fuerza capaz de organizar grandes espacios económicos en América Latina como Mercosur. Llegará a ser un espacio político solidario. Nuestra vanidosa idiosincrasia isleña debe ceder a actitudes más realistas. Nos creíamos los ingleses de América Latina, después los jaguares, ahora nos dicen los soberbios sin causa.

4. Globalización e identidad nacional

El segundo gran efecto de la globalización es que tiende a ser integral. No es solo tecnológica. Ni financiera ni comercial. Hay que reconocer que es el mejor instrumento para que los países dominantes, a través de imágenes, de capacidad financiera, de tecnologías, de formas de vida y de la estética, impongan sus culturas a países de pobre o escasa identidad nacional.

Esta realidad me preocupa porque hemos demostrado voracidad por importar, tantas veces sin cedazo, ideologías y culturas ajenas y por enajenar piezas esenciales de nuestra economía que países más inteligentes guardan para sí. Parece que en Chile todo está en venta al extranjero, eventualmente las provincias. Una nación requiere cuerpo, instrumentos y servicios propios.

En la comunidad europea existen normas que reservan para sus países miembros ciertas autonomías en educación, investigación científica y medios de comunicación como prensa y televisión. En el Tratado de Libre Comercio entre Canadá y Estados Unidos, el primero reservó, en exclusividad, su televisión y su avisaje a canadienses, así como sus empresas editoriales. Francia hace lo mismo e impulsa no solo su lengua sino sus dialectos. En EE.UU. Nixon prohibió públicamente al Sha de Irán, su amigo y socio político, que adquiriera la Compañía Aérea Pan American sociedad privada. Aquí, en principio, se podrían vender las cadenas de diarios y en la televisión se salvan el Canal Estatal y el de la Universidad Católica. Ya las empresas de servicio son extranjeras. ¿Quién decide las inversiones? Tenemos que fijar límites o regulaciones que representan el interés nacional.

Como dice Sergio Micco Aguayo en un excelente estudio sobre Identidad: “Una comunidad política debe preguntarse de dónde viene, qué es y hacia dónde se dirige. Porque la única forma de participar como sujetos en la globalización es reforzando la personalidad y la identidad del país”.

Las características más significativas de la identidad serían:

Identidad nacional cohesiva, pluralista, fuerte, cosmopolita y creativa.

La integración social a nivel socio económico y la igualdad de oportunidades para todos son condiciones esenciales para lograr unidad nacional a través de consensos básicos. La educación es fundamental para lograr una homogeneización cultural, identidad comunitaria y capacidad colectiva. La historia y los símbolos patrios, la promoción de la lengua -tan degradada- del pensamiento, investigación y creatividad de las universidades, la correcta descentralización, la acción coherente de la administración pública, de las Fuerzas Armadas y de la participación candente de la comunidad, son los actores básicos de la identidad. Hasta el deporte concita hoy identidad interna y prestigio externo.

Esta política no es antiliberal. Por el contrario, es consolidar plataformas sólidas para ejercer la verdadera libertad creadora. La realizan todos los Estados modernos.

La identidad nacional no excluye una concepción pluralista de la sociedad que implica un enriquecimiento social si acoge a extranjeros. Debemos pensar en un humanismo abierto.

Debe integrarse el conocimiento, el fomento de la valorización y el estímulo a las personas, a los hechos y a los valores de la tradición. Una sociedad sin tradición es una sociedad vacía. No crea nada, sucumbe a la dominación externa. No es Patria. La Patria es un sentimiento, una emoción pero necesita una materialidad y una comunidad.

Para enfrentar la globalización se requiere una identidad fuerte. Esta es condición para lograr la unidad nacional que debe ser sólida para sostener las naturales diferencias culturales, ideológicas y políticas que se dan en una sociedad. En mi parecer, en Chile no hay todavía una conciencia clara de que la necesidad de acentuar la unidad nacional debe primar sobre las diferencias que nos separan, casi todas herencias de un pasado de divisiones que no pueden ni sobrevivir ni repetirse. Los acontecimientos que estamos viviendo son lastimosos. No expresan identidad pero sí una profunda división por tanto nos debilitan fuertemente frente a un mundo globalizado. Nadie en Chile gana.

La identidad es una actitud cultural, entendiendo por cultura “la ventana por donde las personas y comunidades miran al mundo”, según la bella definición de Don Miguel de Unamuno. La creación artística es la mejor forma de expresión para la identidad de una nación o de un pueblo. Es la más alta y penetrante creación del hombre. La riqueza de los países europeos, de Rusia, de China, de México, etc. reside en su cultura, desde la artesanía hasta sus más elevadas expresiones de arte y de estética, como son su música, pintura, escritura, ciudades, edificios y espacios. No tengo para qué recalcar que en esta práctica, Chile es un país pobrísimo. Inconsciente.

5. Soberanía y jurisdicción

No podría dejar de mencionar en este choque entre soberanía y globalización los aspectos jurisdiccionales. Súbitamente nos hemos encontrado que un chileno, por actos de los cuales se le imputa responsable, realizados en Chile se pretende juzgarlo por tribunales de otro país. Consideramos que nuestra soberanía ha sido atropellada. Creo que en esta materia hay una tradición jurídica y política chilena y latinoamericana de celo por defendernos de cualquiera intervención externa en nuestros asuntos políticos y jurisdiccionales. En este aspecto nuestra posición es irreductible.

Pero al mismo tiempo se debe reconocer que existe en el mundo un proceso político de creciente respeto por la dignidad y libertad del ser humano que es indetenible y que se transforma progresivamente en Tratados y legislaciones nacionales. Los derechos de la persona humana están antes que el Estado y no pueden ser atropellados por un régimen, cualquiera sea su ideología. La historia de la humanidad no es otra que la lucha por esa libertad y por ese respeto desde la predicación del evangelio. Pero en materias penales las cesiones de soberanías tienen que ser convenidas rigurosamente. Nuestra Constitución establece el Régimen Democrático y el Estado de Derecho para Chile y dispone que los convenios aprobados se incorporan automáticamente a nuestra legislación. Pero cada Convención o Tratado debe ser aprobado o ratificado.

En cuanto a la jurisdicción, nos comprometimos con la Convención de San José, la Convención contra las Torturas y otras crueles e inhumanas acciones de 1984, ratificadas por Chile y el tratado sobre Genocidio, de Ginebra, que establecen normas y procedimientos jurisdiccionales supranacionales. El Tratado de Roma sobre creación de un tribunal penal internacional no existe aún y no es todavía ley de la República.

La extraterritorialidad en materia civil, comercial y territorial en arbitrajes y paneles de expertos, es de uso corriente, pero en materia penal y sobre derechos humanos se inició en el Tribunal de Nuremberg, se ha consolidado en Naciones Unidas y avanza inexorablemente. La considero necesaria. Pero exige un absoluto nivel de confiabilidad. No puede ser asumida por nación ni organización alguna que se crea con el derecho a juzgar a otros. Es una nueva dimensión del derecho internacional que está en formación y que debe ser cuidadosamente pactado. Cuando no se ha convenido expresamente la autoridad de cada Estado debe ser respetada. En todo caso, la jurisdicción internacional debe ser subsidiaria a la del Estado. Conocida ayer la resolución del Ministro del Interior de Gran Bretaña, puedo decir lo siguiente:

La solicitud de extradición española al gobierno británico, ella adolece de defectos inconcebibles.

La acusación de genocidio que se habría practicado en Chile es falsa pues el Tratado sobre la materia define claramente ese delito, que no se cometió en Chile. El Ministro británico rechazó esa causa.

La acusación de Torturas y Desaparición de personas está fundada en el pedido de extradición por actos que el Senador Pinochet habría cometido o respecto a los cuales tendría responsabilidad entre Enero de 1988 y 1992. En ese período no se cometieron en Chile esos delitos y si los hubo están en la justicia.

La razón de la Audiencia española en fijar ese lapso es que el Tratado sobre Tortura fue acordado en 1984, fue ratificado el 21 de Octubre de 1987 por España y entró en vigencia en Gran Bretaña en 1988. No pudo así cubrir hechos ocurridos entre 1973 y 1987, ni para España ni para Gran Bretaña ni para Chile que lo ratificó plenamente en 1991. Por su parte, la Convención de Viena de 1969 sobre Ley de los Tratados Internacionales dispone que los Tratados no pueden tener efecto retroactivo.

No entro en mayores detalles y otros argumentos españoles que son igualmente falsos.

Todo ello está argumentado en forma clarísima en el largo y fundamentado escrito presentado por el gobierno chileno al inglés, llevado por el Canciller Insulza. Cualquier abogado queda así convencido.

Por ello resulta absolutamente inconcebible la decisión del Ministro Straw de dar curso a la extradición, salvo consideraciones políticas. Queda así patente el atropello a nuestra soberanía jurisdiccional.

Se debe reclamar en todos los foros como el Parlamento Europeo, el Consejo de Seguridad invocando la Carta de Naciones Unidas y/o la Corte Internacional de Justicia con la mayor fuerza y celeridad, como expresión nacional.

En derechos humanos la solución es ratificar el Tratado de Roma que crea el Tribunal Penal Internacional. Ya Europa tiene el propio. Creo que toda globalización debe estar cubierta por el derecho porque la defensa del débil reside en la ley.

En síntesis, el primer desafío es robustecer el concepto de Patria. Por ella se da la vida en casos extremos. Se la quiere, se la construye todos los días y es un valor moral esencial para el ser humano: pertenecer a un grupo humano es una necesidad para ejercer la libertad.

El segundo desafío es crear la institucionalidad jurídica internacional que regule la globalización. Esta no puede seguir siendo dirigida política e ideológicamente por los grandes países. El desorden actual y sus abusos sólo beneficia a ellos.