Entrevista a la académica de número Doña Adriana Olguín de Baltra

Entrevista de los académicos Francisco Orrego Vicuña y Cristián Zegers Ariztía a la connotada jurista chilena, quien fuera entonces ministra de Justicia de Gabriel González Videla y titular del Sillón Nº17 de la Academia.

Sería interesante que nos describiera algo del sistema educacional para las mujeres cuando Ud. entró al Colegio. ¿Qué proporción iba luego a los trabajos profesionales o a la universidad? ¿Cuál era el ambiente, las expectativas en el último año del colegio?

Bueno, empiezo por contarle algo personal. Yo vivía en un hogar extraordinario, con padres inteligentes, cultos y de una gran bondad. Si los seres tuvieran la posibilidad de elegir a sus padres, yo no habría titubeado en elegir a los míos. Mi padre amaba la música, el mismo tocaba violín, y por eso todos sus hijos, desde niños, comenzamos el aprendizaje de un instrumento musical diferente. Puedo decir que nací oyendo tríos, cuartetos, quintetos, y familiarizándome con Beethoven, Mozart, Bach, Brahms, etc. Hice una vida de niña muy feliz, que la compararía a un verdadero paraíso.

Al cumplir 12 años, mis padres pensaron por primera vez que debería ir al colegio. Digo por primera vez, porque no cuento unos meses que asistí a un pequeño colegio de Quilpué donde teníamos un quinta de veraneo. Mi mamá me llevó al Liceo de niñas N° 2 de Valparaíso; allí me tomaron un examen de madurez y, de golpe y porrazo, me matricularon en primer año de humanidades. Me salté todas las preparatorias. ¡Qué felicidad, cuando hoy entran al Jardín Infantil siendo prácticamente unas guaguas…!

¿Y cómo le fue en el colegio?

Hice muy buenos estudios. Es feo que lo diga, pero fui la primera del curso en todos los años (hace silencio). Es que me cuesta mucho hablar de mí…

Le ruego que continúe.

Llegamos a Sexto año sólo un grupo de niñas cuya mayoría pensaba en casarse. Desde luego, la mayor parte tenía pololo y hablaban mucho entonces sobre amor y fiestas. Yo pensaba: ¡Por Dios que tontas son! Yo encontraba una estupidez eso de enamorarse. Era como muy niña en ese sentido, tal vez una retardada sentimental. Me gustaba el estudio y esa vida idílica de mi infancia, la que se prolongó hasta el término del segundo año, cuando murió mi padre. Allí se rompió algo muy importante en mí. Mi padre murió repentinamente una noche de febrero. El último recuerdo que tengo de él es haberlo divisado riéndose y conversando animadamente con el poeta Carlos Mondaca, que fue Rector del Instituto Nacional y Vicerrector de la Universidad de Chile.

Mis padres eran compadres con el matrimonio Mondaca-Kirkman. En el verano alojaban con sus dos hijos en nuestra casa. Como había que hacerles lugar, esa noche yo dormí en la pieza de mamá. Muy temprano, al día siguiente, mi hermano mayor, Víctor, nos despertó a ambas: “Levántense, nos dijo, porque el papá se fue…”. Le aseguro que ese hecho, además de alterar la vida familiar, produjo en mí un gran cambio. De niña pasé bruscamente a ser adulta. Terminó esa providencia casi divina que tienen los padres sobre los hijos.

Mi madre continuó velando por el bienestar y la unión de la familia. Profundizó la tutela moral que ya ejercía. Yo tenía una afinidad espiritual muy grande con ella y ella una gran confianza en mí. Empezó a consultarme todos los problemas que se vinieron encima, creando en mí un gran sentido de responsabilidad. A los quince años empecé a trabajar dando clases de Matemáticas y Francés a alumnas con atraso en sus estudios, en el mismo liceo.

Fuimos siete hermanos y yo era la sexta…

¿Ninguno casado?

Sí, los dos mayores. Ellos fueron mis padrinos de bautismo. Ocurre que cuando mi padre se casó con mi madre, con una diferencia de casi 20 años, era viudo con 5 hijos. Mi madre fue la mamadre, como decía Neruda. Y entonces fue una novedad esta guagua que llegaba, puesto que todos mis hermanos eran bastante mayores. Aun vive la tercera, quien celebrará los 100 años en mayo próximo. Pero, volvamos al tema, porque, como dicen los psiquiatras, si uno se desvía de él y no vuelve a tomar el hilo, algo esta fallando (ríe).

Mientras estuve en humanidades los exámenes eran tomados por comisiones de profesores del Liceo de Hombres, pero después lo hicieron comisiones femeninas del propio Colegio.

En esa época no había el sistema coeducacional que existe ahora en muchos establecimientos. Los exámenes eran válidos en la Educación Pública; ignoro lo referente a colegios privados, generalmente religiosos.

II

¿Y respecto de la carrera elegida, qué puede contarnos?

AI termino de las Humanidades, fui una de las pocas alumnas que estaba decidida a seguir una carrera. Menos mal que en esa época la Educación Superior era también gratuita, como la básica y media.

Yo diría que se equilibraban mis capacidades en los ramos científicos, humanistas y las matemáticas, de modo que podría haber elegido cualquier carrera. Ingresé a derecho porque la Justicia era mi verdadera vocación; pensaba que en el Derecho tendría un instrumento para imponerla.

En segundo lugar, la opción me permitía continuar viviendo con mi madre ya que la Universidad de Chile tenía una Escuela de Derecho en Valparaíso.

¿Quiénes eran sus profesores entonces? ¿Victorio Pescio, por ejemplo?

Sería largo nombrarlos a todos, pero sí puedo asegurar que, en general, eran muy capaces. Guardo para ellos los mejores recuerdos y mi profunda gratitud.

Victorio Pescio fue mi profesor de Derecho Civil durante 3 años. ¡Gran profesor!

Sólo comparable a don Arturo Alessandri Rodríguez. Nos daba las bases de las instituciones jurídicas, de tal modo que Ud. no las olvidaba jamás. Nos formaba lo que llaman “el sentido jurídico”, algo muy especial, difícil de explicar. Haciendo un símil, yo diría que es como “el ojo clínico de algunos médicos”. 

Apropósito de mis profesores, Ud. debe haber oído hablar de Alex Várela, abogado y gran periodista. El fue mi profesor de Derecho Administrativo, un ramo bastante aburrido pero que él sabía hacerlo ameno.

Siendo alumna Universitaria ¿tuvo Ud. alguna otra actividad al mismo tiempo?

Sí, fui ayudante de Derecho Público y, además, me desempeñé como profesora de Derecho Civil y Derecho Comercial cuando los titulares de esos ramos fueron nombrados Superintendente de Bancos y Miembro del Consejo de Defensa Fiscal, en Santiago, respectivamente. Yo entonces era alumna del 4° año.

¿Me contaron que en esa etapa Universitaria. Ud. tuvo una experiencia extraordinaria con una señora que un día apareció en su casa?

Efectivamente, fue un episodio sorprendente que hasta hoy no me lo explico, y es interesante porque creo que influyó en mi desarrollo espiritual.

Se lo cuento: nosotros nos habíamos mudado de casa con motivo del fallecimiento de mi padre. Vivíamos ahora en Av. Errázuriz, frente al mar. Cuando regresaba de  clases, siempre buscaba a mi mamá para contarle mis mañanas. Un día, al entrar a casa, lo primero que vi fue a una señora del pueblo, gorda, de cierta edad, para mí desconocida, quien inmediatamente me dijo: “la estoy esperando hace rato. Con Ud. tengo urgencia de hablar. Lo que tengo que comunicarle es que en mí se encarna el espíritu de un médico y yo receto lo que él me dicta. Ahora estoy denunciada por segunda vez al Juzgado del Crimen por el delito de ejercicio ilegal de la profesión. Soy reincidente y esta vez no me libra nadie. Sin embargo, el espíritu me aseguró que sólo una persona podría salvarme y esa es Ud. y me dio su nombre y dirección”.

Me aterroricé ante tan extraño asunto. Yo había crecido en un hogar agnóstico, donde lo que decía mi padre era creído y respetado siempre. El era tan superior que yo lo califico de santo laico. Negaba la existencia de seres espirituales, prohibía que nos contaran cuentos de ánimas… no permitía que nuestra hermana mayor nos llevara a la iglesia, pues “es mejor que las niñitas tomen aire puro en los parques…”.

Vuelvo a mi historia: expliqué a la señora que no era yo la persona apta para defenderla, pues aún no había estudiado Derecho Penal, y ni siquiera sabía donde estaban los Juzgados del Crimen… Todo fue inútil, ella insistió: “Ud. tiene que salvarme, el espíritu me aseguró que sólo Ud. podría hacerlo”. En fin, para deshacerme de ella, tomé nota de sus datos y del expediente, pensando en mi interior no hacer nada. ¿Qué podría hacer, en realidad?. 

Pasaron algunos días, asistiendo a clases sin poder concentrarme; no podía sacar de mi mente este extraño asunto. Hasta que, un día en uno de los recreos, fui a pedir el expediente al Juzgado y solicité hablar con el magistrado. Me hicieron pasar a la sala del Juez; allí me encontré con el temido Juez Cavieres, un señor de cabeza enorme, y me dijo: “Ud. es estudiante. ¿Qué problema la trae?” y verdaderamente no sé que hablé, nunca he podido recordarlo; mentiría si dijera esto o lo otro. Él me quedó mirando. Tocó un timbre, hizo traerle el expediente. Escribió algo en él y me expresó: “Dígale a esa señora que su asunto está terminado, pues la he sobreseído, y hágala jurar que nunca más va ejercer una profesión que no tiene”. Me retiré como si anduviera en el aire, y al llegar a casa ¿sabe a quien encontré? A la curandera, que ya sabía el resultado. Me dio las gracias. Me pareció aterrador y desconcertante.

Pocos días después me dejó en mi casa seis huevos envueltos en papel de diario. Por eso siempre recuerdo que mi primer cliente fue un espíritu y mi primer honorario, seis huevos. Este episodio me hizo pensar, reflexionar… y, a través del tiempo, fui llegando al convencimiento de que más allá de la materia existe el espíritu; fui evolucionando y hoy soy profundamente creyente.

¿Fue un proceso de madurez a través del tiempo? ¿Cree que ese incidente la marcó en ese sentido?

Es muy posible, fue para mí un suceso muy inquietante, que me llevó a la reflexión. Si yo fuera Julio Philippi, diría que esa señora era un ángel que vino justamente para guiarme. De todos modos ese caso fue el detonador de una evolución espiritual.

Ud. tuvo una especial vinculación intelectual y afectiva con su marido, Alberto Baltra. Constituían una pareja en sentido absoluto, un solo todo. ¿Cómo se planteaban, entonces, en el tema religioso, en circunstancia que don Alberto tenía su propia definición, como masón?

Le aclaro que lo relatado no significa que practicara los rituales de la iglesia; fue un fenómeno interior, como dije, una evolución de mi espíritu. Con Alberto nunca tuve un problema, fue siempre respetuoso y tolerante de mis ideas y opiniones.

Además las personas que no lo conocían como yo, están equivocadas respecto a su ser íntimo.

Si bien no pertenecía a ninguna institución religiosa, tenía un temperamento místico. Nosotros leíamos casi todas las noches Salmos de la Biblia, especialmente los de David, como el 23,  por ejemplo: “Jehová es mi pastor nada me faltará. En lugar de delicados pastos me hará yacer… ” “Jehová es mi luz y salvación; ¿De quién temeré’…” etc. Alberto no era ateo; él creía en Dios, sólo que en la Masonería lo llamaba Gran Arquitecto.

Volviendo a Valparaíso, ¿cuál era el nivel de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en el puerto, con respecto a la de Santiago? ¿Había mucha desigualdad?

Existía una relativa desigualdad, sin duda, pero los profesores, en mi época, eran, en general, de elevado nivel académico. Eso sí que no podíamos recibir el grado de Licenciado en nuestra Escuela, debiendo rendir los exámenes en la de Santiago. Eso ya no sucede. La Escuela depende ahora de la Universidad de Valparaíso.

Para obtener la licenciatura, tuve, pues, pue venir a Santiago, no conocía a ninguno de los profesores de la Escuela de la capital. Presidía la comisión de licenciatura el Decano don Arturo Alessandri Rodríguez, cuya sola presencia producía pánico.

Recuerdo hasta el traje que vestía el día de mi examen; era celeste porque tenía la superstición de que ese color me daba suerte. El Salón de Honor de la Universidad de Chile estaba repleto; allí se daba el examen. Y yo era una provinciana… Expuse mi cédula de Derecho Penal desde el podium de los oradores. Don Arturo, al hacer un gran elogio, de mi exposición, me dio valor y seguridad, pero, al revisar mi currículum con las notas obtenidas durante todos los años, con su voz impostada y a toda boca, comentó: “ahora vamos a ver si esta niña ha obtenido estas notas porque se lo merece o por buenamoza”. Sentí que se me hundía el piso, creí morirme, la cabeza se me puso en blanco; para mí fue realmente terrible. No me acuerdo la pregunta de Derecho Civil que me hizo, pero versaba sobre diferencias entre dos instituciones parecidas.

A pesar que yo dominaba la materia, respondí con dificultad y me costó reponerme. Al regresar a la normalidad, pude obtener mi título con distinción. En esos tiempos, había que rendir exámenes en la Corte Suprema para obtener el título de Abogado. Éste consistía en redactar un recurso de fondo o una sentencia en un proceso al que le faltaba uno u otra, según el caso. Al solicitar el respectivo expediente en el mesón, ¿sabe Ud. quién me lo entregó?, José María Eyzaguirre, en ese entonces un simple oficial. Con gran simpatía, me dijo: “No tenga temor, aquí en la Corte Suprema no sacan mal a nadie”.

Y después se iba a encontrar con él en la Academia…

Sí, las sorpresas que depara la vida…

¿De qué año estamos hablando más o menos?

Yo me recibí el año 1937, debe haber sido entonces.

Ese mismo año murió mi abuelo materno y con parte de su herencia mi madre compró una casa con un hermoso jardín en Población Vergara de Viña, cercad de1 mar y allí se trasladó nuestro hogar.

Su vida universitaria transcurre en el Gobierno de Alessandri Palma. No parecen ser años de agitación estudiantil, pero sí entonces surgió la milicia republicana, las milicias socialistas y las brigadas comunistas. Venía la Guerra Civil Española y se preparaba el Frente Popular.

¿Cómo la afectaban a Ud. esas vivencias?

Yo era absolutamente ajena a la política en esa época: sólo me interesaban mis estudios y mi trabajo, lo que no significaba que no estuviera informada de los acontecimientos. Mientras vivió mi padre, el sí tenía contactos con políticos. Como Superintendente de Aduanas, cargo muy importante en esa época, debía viajar a Santiago por asuntos del Servicio. Se entrevistaba a menudo con el Presidente Alessandri Palma, a quien había acompañado en su gira al norte cuando fue candidato.

Después de la muerte de mi padre, todo empezó a girar en torno a mi madre. Ella no era chilena, había nacido en París, donde mi abuelo vivió gran parte de su vida.

El era alemán y mi abuela materna Suiza; mi sangre es un verdadero coctail. Esta mezcla de razas se reflejan a menudo en mi modo de ser y actuar. Entre paréntesis, el verdadero apellido de mi abuelo era Büchi y no Büche, como se descubrió a su muerte en una libreta que encontramos entre sus papeles.

¿Tuvo que trabajar para poder estudiar?

Sí, trabajé en las tardes en un Juzgado del Trabajo de Valparaíso durante todos mis años de estudio. El sueldo era para mi madre y ella sólo me entregaba el dinero de la movilización. Aquí tengo otra anécdota que le voy a contar: Cuando necesité trabajar, me dieron el dato que estaba vacante la Secretaría de la Corte del Trabajo.

En esa época, lo normal era trabajar en un cargo público. Como ya no existía mi padre y nos habíamos desconectado de sus amigos influyentes, me pregunté qué

podría hacer para conseguir ese cargo. Pensé que el Presidente de la República podría ayudarme. ¡Qué absurdo! ¿Pero cómo conseguir una audiencia? Me acordé que don Carlos Mondaca era amigo de don Guillermo Labarca y que éste conocía mucho al lntendente de Santiago, un Sr. Bustamante.

El famoso Julio Bustamante…

Y, efectivamente, ese Intendente me allanó el camino. Recuerdo que mi madre me mandó hacer un abrigo verde precioso, muy a la moda, para la audiencia con el Presidente… Bueno, me instale en la sala de audiencias y después de larga espera, un edecán me hizo pasar. Atravesé salones y salones y cuando llegué a la sala del Presidente, que estaba sentado frente a su escritorio como un Dios,  al verme, se levantó de su asiento y fue a recibirme afectuosamente, diciéndome. “Con Ud. yo no me voy a sentar en el asiento presidencial, me voy a sentar a su lado…” y así lo hizo. Le conté mi problema y entonces don Arturo me prometió pelear por ese cargo para mí: “lo voy hacer por Ud.”. Llamó por citófono a su secretario, que se llamaba Nelson Bravo y le dio órdenes al respecto. Regresé con esta promesa a mi casa. Luego Nelson Bravo empezó a cartearse conmigo, en largas cartas. Me contaba que el Presidente le había hecho la petición al Ministro del Trabajo, que en ese tiempo era el joven Bernardo Leyton, el cual se negaba rotundamente a cumplir el encargo, pues ello significaba atropellar el escalafón; incluso ofreció renunciar… casi se produce una crisis de gabinete por mi causa. La verdad es que yo no sabía nada de la existencia de escalafones. Le conté la situación producida al Juez del Trabajo y profesor de la Escuela de Derecho don Oscar Guzmán, y él me aconsejó lo que correspondía: empezar por el cargo que quedara vacante una vez cumplido el escalafón. Renuncié, comunicándoselo así al Presidente, y entonces fui designada en el Cargo de Oficial en el Segundo Juzgado del Trabajo de Valparaíso. Pero don Arturo dio la batalla hasta el final… Permanecí en este Juzgado hasta que recibí mi título de Abogado en 1937. Luego fui designada Secretario-Abogado de la Aduana de Valparaíso, donde además de asesorar al administrador de aduana, tenía a mi cargo el Tribunal Aduanero. Al mismo tiempo empecé a ejercer mi profesión, junto a dos compañeros que eran como mis hermanos. Teníamos nuestra oficina en la Torre Turri. Un día, apareció allí Luis Vicuña Suárez, ex Director de mi Escuela de Derecho, acongojado por haber sido objeto de un recurso de queja que él estimaba injusto. Quería que fuera yo quien alegara a su favor en la Corte de Apelaciones. No lo había hecho nunca antes. El sentido del deber y la gratitud me llevó a aceptar, confieso que con gran timidez. Ese fue mi primer alegato, que, felizmente, gané.

Sólo un poco más de dos años duró mi actividad profesional, pues el 24 de diciembre de 1940, contraje matrimonio con Alberto Baltra Cortés.

¿Y cómo ocurre el encuentro con Baltra? Don Alberto no era porteño… ¿Cómo se conocieron?

 No me gusta hablar de cosas personales, íntimas, pero a Ud. no le puedo negar ninguna respuesta a sus preguntas.

Nos conocimos años antes, el 34 ó 35. Mientras era alumna, yo venía a Santiago en busca de libros, llegaba a la Secretaría de la Escuela de Derecho de esta ciudad donde conocía al Secretario, Carlos Humeres, hermano de Héctor que fue Contralor General de la República. Fue allí donde Carlos me dijo de repente: “le voy a presentar a quien fue el mejor alumno de la Escuela de Derecho de Santiago y me encontré frente a Alberto, quien me llevó a la biblioteca. Después me llamó varias veces por teléfono, y cuando regresé a Valparaíso me bombardeó con cartas hermosas y muy bien escritas. No hubo eco y se suspendió el epistolario. Durante años no supimos el uno del otro, hasta que una tarde de septiembre de 1940, sorpresivamente recibí la visita de Alberto en mi estudio de abogado… Una larga conversación de amigos. Luego, renovó las cartas diarias desde Santiago… “y tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe”. Como dije, nos casamos el 24 de diciembre de 1940 y partimos en el vapor Santa Lucía, de Grace Line en Dirección a Nueva

York. Alberto debía cumplir una comisión económica en Estados Unidos por encargo del Presidente Aguirre Cerda. Casi 41 años de matrimonio: “hasta que la muerte los separe”. Alberto se me fue el 7 de septiembre de 1981.

III

Y en 1952 ocurre el hecho extraordinario que Ud. pasa a ser la primera mujer Ministro de Estado en Chile…

Esa designación tiene como antecedente la “Oficina de la mujer”. Cuando Alberto fue designado Ministro de Economía y Comercio (1947-1950) , Miti (Rosa Markmann de González Videla) me pidió que colaborara con ella en las obras que se había impuesto como primera dama. Entre otras, me hice cargo de esta Oficina, dependiente directamente del Presidente de la República. La Oficina era de reciente creación y consistía en un organismo técnico que debía preocuparse de los problemas específicos de la mujer, del mejoramiento de su status jurídico y de obtener una mayor equidad en los diversos planos de su actividad.

Esta oficina cumplió una extensa y fructífera labor, como lo reconoce don Arturo Alessandri R., en su libro “Reformas al Código Civil y a otras leyes por la Ley 10.271 “, ley que contiene una de las más grandes reformas que ha sufrido el Código Civil desde su vigencia en 1857.

Al mismo tiempo, yo organicé un Consultorio Jurídico, para atender los casos de jurisdicción civil, penal, del trabajo y de menores. De la misma manera, organicé Cursos básicos de Derecho Político, Derecho Civil y Legislación Social a fin de capacitar a la mujer para el ejercicio de los derechos conquistados como ciudadana, como simple mujer de hogar (sus derechos y deberes frente a su marido y sus hijos, por ejemplo) y como productora de bienes y servicios, compenetrándose al mismo tiempo de sus obligaciones.

La mujer no tenía entonces pleno derecho a voto…

Sólo el derecho a voto municipal desde 1934. El voto político fue concedido a la mujer en 1949. Fue extraordinario el trabajo de las mujeres para conseguir esta ley, después de varios proyectos que quedaban durmiendo en las comisiones del Congreso. La verdad es que la ley se obtuvo debido al coraje con que actuó la poderosa “Federación Chilena de Instituciones Femeninas”, (FECHIF) presidida durante el Gobierno de González Videla por Ana Figueroa. En la lucha se destacó desde siempre Amanda Labarca y, junto a ella, un gran número de mujeres profesionales entre las cuales  me contaba yo.

Pero el factor decisivo de su dictación fue Miti, quien, aconsejada por su marido, tomó contacto individual con los parlamentarios, uno a uno, invitándolos personalmente a la Moneda. Así consiguió su adhesión a la causa. Fue una esforzada tarea de su parte; a mi juicio el factor determinante en la victoria lograda.

En el momento que don Gabriel González le comunica que va a ser Ministro ¿Ud. cree haber percibido el revuelo que se produciría?

Pocos días antes del cambio de Gabinete, ya se rumoreaba en diarios, radios y otros medios, que parecía inminente que el Presidente llevaría una mujer al nuevo Ministerio, y algunos señalaban mi nombre. Éste se formó siendo ya candidatos presidenciales Ibáñez, Allende, Matte y Alessandri.. “Quiero dar muestra de mi voluntad de no intervenir en la elección en ninguna forma”, expresó el presidente. Y formó, entonces, un Gabinete técnico de Administración con personas idóneas y que no eran políticos, como el Almirante Torres Hevia en el Ministerio del Interior, García Oldini en Relaciones Exteriores, Dr. Sótero del Río en Salud, Cruz Ocampo en Educación, etc…

En cuanto a mi designación, destaco, en primer lugar, el gesto del Presidente González Videla. Su decisión tuvo un significado histórico, como lo demostró el eco que produjo tanto en el país como en el extranjero. Siempre entendí que no se trataba de mi persona en particular. Cuando fui nombrada, fueron cientos de felicitaciones que me llegaron de instituciones y personas de todos los colores políticos, incluso desde el extranjero. Imposible no haber percibido el revuelo.

¿Y cómo le ofreció el Presidente el Ministerio de Justicia?

Como la Oficina de la Mujer funcionaba en el primer piso de la Moneda, el Presidente me llamó por citófono. Una vez en su despacho, me dijo: “Adriana Ud. va a ser Ministro de Educación”. Le repliqué: Presidente ¿quiere Ud. quemar a las mujeres?, piense Ud. en lo conflictivo que es ese Ministerio y, además, yo no soy especialista en Educación… y siento la responsabilidad de demostrar que las mujeres están capacitadas para asumir altos cargos, por tratarse de la primera mujer Ministro de Estado, no sólo en Chile, sino en Latinoamérica… “¿Y justicia, qué le parece?”, me preguntó. Juré el 29 de julio de 1952.

Parece que mucha gente no imaginaba a una mujer en el ejercicio de un Ministerio. El día que debía asumir, salí de casa manejando yo misma mi automóvil y lo estacioné en el lugar reservado al Ministerio de Justicia, a un costado de la Moneda.

De inmediato apareció un carabinero que me ordenó retirarme porque ese estacionamiento era el del Ministro. ”Yo soy”, le acoté. “Señora -me insistió- retírese inmediatamente porque yo no estoy para bromas”. Felizmente, en ese momento un funcionario del Ministerio solucionó el problema.

Y en cuanto a las tareas que realizó en esa Secretaría de Estado ¿qué me puede contar?

A pesar de tratarse de un Gabinete de Administración, me esmeré en desempeñar el cargo en la forma más eficiente. En cuanto a las tareas que realicé, me remito al párrafo que dedica a este tema el Presidente González Videla, en su libro de ”Memorias”.

Pero, ¿cuáles fueron las decisiones de mayor responsabilidad que debió adoptar?

En general, se trató de continuar con mi actuación en la Oficina de la Mujer: preocuparme de las discriminaciones que hacen los códigos y leyes, para lo cual, en varias oportunidades, tuve que asistir a las Comisiones de Constitución, Legislación y Justicia en el Senado, donde planteé la necesidad de eliminar las discriminaciones subsistentes como resabio de otras épocas.

La Comisión aceptó, por ejemplo, que tanto la mujer como el marido cometen delito cuando matan, hieren o maltratan al cónyuge sorprendido en flagrante delito de adulterio, derogando la eximente que, hasta entonces, favorecía al marido.

También aceptó igualar a ambos cónyuges ante el delito de violación de correspondencia, sin que exista delito, lo que puso fin a la responsabilidad penal que el Código imponía sólo a la mujer.

Me parecieron entretenidas y curiosas de observar las largas discusiones que al respecto tuvieron los Senadores.

¿No se atrevió a hacer una tercera?

Sí la hice por encargo del prof. de Derecho Penal de la Universidad de Chile, don Raimundo del Río. Consistía en la derogación del delito de adulterio, que, según la moderna doctrina, sólo debía juzgarse en el plano de la moral. Pero esta indicación la retiré ante la vehemencia con que pidió su retiro el senador Fernando Alessandri.

¿Y cuál fue la decisión que más le costó tomar?

Sin duda, la ingrata tarea de informar improcedente una petición de indulto en el caso de un condenado a muerte y cuyo Decreto tenía que llevar mi firma. Se trataba de una vida humana. Estudié a fondo el proceso, llegando a la conclusión, por desgracia, que el condenado no era acreedor a clemencia. Me habría resultado cómodo informar positivamente, pero el deber inherente a mi cargo no me permitía concesiones. Este caso me tuvo muchas noches sin poder dormir… Recuerdo que el cardenal Caro me dijo: “Esté tranquila, la Iglesia Católica admite la pena de muerte cuando es impuesta por la Justicia”.

Como Ministra de Justicia le tocó participar en el indulto de Neruda. Cuéntenos como fue eso, atendida la gran animosidad que se había creado entre él y el Presidente González Videla.

El Presidente González Videla, antes de dejar el Gobierno, quiso indultar a todos los procesados o condenados por la Ley de Defensa de la Democracia. Sí, yo firmé también el Decreto que indultó a Pablo Neruda y fue para mí una gran satisfacción.

A propósito de este indulto, pocas personas saben que el Presidente, cuando Neruda fue desaforado, impartió privadamente orden de no detenerlo. Y pensar que él anduvo escondido y hasta atravesó la cordillera…

¿Qué otros hechos curiosos le ocurrieron?

La visita del capellán Abarzúa, pidiéndome que indultara a un condenado por violación… , a lo que me negué. También, la proposición de un conocido Senador, cuyo nombre no daré, que se atrevió a plantearme un negociado.

¿Cómo cree Ud. que era mirada al ser la primera mujer que integraba un Gabinete Ministerial en el país?

Sentí que con simpatía, tuve la colaboración inteligente de los hombres y siempre fui muy bien acogida por los Ministros de la Corte Suprema. No supe de comentarios desfavorables. También me trató muy bien la prensa, incluso me dedicó algunos editoriales.

En cuanto a cosas banales o superficiales, la curiosidad de la gente era manifiesta.

Les intrigaba, por ejemplo, la tenida que iba a usar en Fiestas Patrias en el Tedéum y en la Parada Militar. Tenía que trasladarme en esas ocasiones, desde la Moneda a los lugares donde aquéllos tenían lugar, en esas famosas carrozas. Hay que recordar que los Ministros iban de frac. Dentro de la sobriedad que corresponde a mi modo de ser, traté de acentuar la femineidad con un gran sombrero de paja de color, que había comprado en París, y que se hizo famoso. Mi traje era negro, pero femenino.

En una oportunidad, el Museo Histórico me lo pidió. Su final fue trágico: ¡me lo robaron! ¿Lo usó alguien en Cartagena para guarecerse del sol…?

Adriana, aunque fue Ministra después de la gran discusión que hubo en Chile sobre la Ley de Defensa de la Democracia, mientras este debate se daba ¿qué pensaba Ud. en su interior, frente a las circunstancias que se vivían y a la necesidad o no de aplicar dicha ley?

Según la información que yo tenía de fuente de Gobierno, los comunistas, aún en la época que formaron parte de él, se dedicaron a incentivar huelgas, producir conflictos sociales, que perturbaban la labor del Gobierno y la marcha del país.

Obligación principal de un Gobierno es el resguardo del orden público. En esas condiciones, se llega a justificar dicha ley y su aplicación.

IV

¿Cómo se explica Ud. en la perspectiva del tiempo, el gran resentimiento contra los radicales desatado al término de sus gobiernos?

Desde luego, yo no lo estimo justo, pues esos Gobiernos realizaron obras de gran trascendencia. Pienso que se produjo el desgaste natural que tienen generalmente todos los Gobiernos pasados, los primeros años, y el Radicalismo estuvo ¡catorce!

Además, lo relacionaba con el afán de Ibañez de apoderarse del poder. Influía también el odio desatado de los comunistas.

El Presidente González Videla tuvo que soportar varios complots. Detrás de los cuales estaba Ibáñez. ¿Sabe? Yo tuve una pequeña actuación en el descubrimiento del llamado “complot de las patitas de chancho”. ¿Le cuento?-Rosita, la hija menor del Presidente recibió la visita de una mujer anónima, quien puso en su conocimiento que la cónyuge de un suboficial de ejército deseaba hablar con ella con urgencia y en forma secreta. La reunión debía verificarse en la Plaza de San Bernardo, identificándose con una flor roja que debían llevar ambas.

El Presidente me pidió que la acompañara. Conduje a Rosita en mi pequeño Fiat y recorrimos la plaza con disimulo hasta encontrar la señora del santo y seña. Sentadas las tres en un banco de la plaza, contó que su marido estaba comprometido en el complot que dirigía el General Vergara Montero. Se pretendía llevar a Ibáñez al poder. Rogó el secreto de su nombre en esta delación. Y fue así como pudo descubrirse toda la conspiración.

Y después del Ministerio ¿a qué actividad se dedicó Ud.?

Regresé, en 1953, al libre ejercicio de mi profesión de abogado, con especial dedicación al Derecho de Familia. Me dio muchas satisfacciones esta actividad. Más que los honorarios, me interesaba resolver los problemas que afectan a menudo a las familias. Nunca hice nulidades matrimoniales, pero sí logré muchas reconciliaciones. No actué frecuentemente en los Tribunales. Con espíritu de equidad, escuchando siempre a las dos partes, resolvía los casos en mi propio estudio, sin necesidad de llegar a juicio. La verdad es que tengo más espíritu de juez que de abogado.

En esta época, fui también Miembro del Consejo General del Colegio de Abogados.

Me presenté a la elección a petición de don Arturo Alessandri Rodríguez. Tuve allí grandes colegas: Oscar Dávila, Raúl Várela, Pedro Lira, Carlos Vicuña Fuentes, en fin…

Como gran partidaria que ha sido de la promoción e igualdad de derechos de la mujer, ¿se califica Ud. de feminista?

-Yo busco la justicia, la igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer y evitar los abusos del hombre sobre ella. Defender los derechos de la mujer en esos aspectos no es ser feminista. No puede buscarse la igualdad absoluta; creo muy importante ser diferentes y buscar la integración.

También en estos tiempos, fui Asesora en la Contraloría General de la República.

Lo fui durante varios años, cuando era Contralor mi amigo, y ahora colega en la Academia, Enrique Silva Cimma, quien me nombró.

¿No fue Ud. en esta misma época, la inspiradora de la Ley sobre “Legitimación Adoptiva”?¿Podría señalarnos su origen y sus beneficios?.

Efectivamente, considero esto uno de mis más grandes logros. Desde mucho antes de 1965, fecha de promulgación de la ley, me daba cuenta, por las numerosas consultas que recibía como abogado, de la necesidad de un instrumento legal eficaz para solucionar el problema humano y social de proporcionar, por un lado, un verdadero hogar a niños abandonados o huérfanos y, por otro, dar hijos ajenos a matrimonios que no los tienen o desean un número mayor, sin poder conseguirlos biológicamente. Lo que se pretendía era dar a esos hijos ajenos, que los matrimonios elegían como propios, en el status del hijo legítimo, lo que, a falta de ley, los hacía incurrir en el delito de inscribirlos como si fueran sus hijos verdaderos. Era un problema común, que me apasionaba y en cuya solución puse toda mi alma, y así fue como encontré que dicha institución ya existía en sólo dos países: Francia y Uruguay. El dato me los dio una afortunada casualidad: un encuentro con el gran jurisconsulto uruguayo, prof. Couture, en casa de Raimundo del Río. Pues bien, inspirándome en la ley uruguaya, redacté un anteproyecto para nuestro país, que entregué al Senador radical, don Humberto Alvarez Suárez, quien presentó la moción en el Senado. Al tratarse el proyecto por la comisión de Constitución, Legislación y Justicia, fui invitada a ella, en mi carácter de Presidente de la Asociación de Mujeres Abogados, junto a Anita Hederra y Marina Quintana, dos directoras de esa Asociación. El despacho de la ley no fue fácil. Defenderlo en su totalidad fue una ardua tarea. Algunos Senadores y, especialmente, el Ministro de Justicia demócratacristiano de ese tiempo, Pedro Jesús Rodríguez, no aceptaban aspectos del proyecto, haciendo primar consideraciones de tipo económico, como el orden sucesorio, por ejemplo, sobre los sentimientos humanos más íntimos y la necesidad social a que atendía el proyecto. Dimos la batalla y, finalmente, fue aprobado por el Congreso. Pero… surgió un nuevo y grave tropiezo: el Ministro de Justicia, tozudo, consiguió con Bernardo Leighton, entonces Vicepresidente de la República que lo vetara… No desmayé ante el nuevo escollo. Me di el trabajo de movilizar a todas las instituciones femeninas y fue así como el Presidente Frei Montalva, a su regreso de EE.UU., con criterio amplio y progresista y después de escucharme en una audiencia personal, retiró el veto. Este es, pues, el origen y el término de esa ley, a la que le han cambiado el nombre y ha sido modificada en detalles. La sola enunciación de la ley señala su importancia y los beneficios que proporciona. Su creciente aplicación los confirma. Su sustancia permanece, ya que las necesidades a que atiende son de todos los tiempos. Ya tiene más de 32 años de vigencia.

¿Qué recuerda de la campaña de Senador de su marido por Bío-Bío, Malleco y Cautín?

Lo acompañé en esa campaña. Era difícil ganar. A veces nos dividíamos la tarea. Él partía a los pueblos del norte y yo, con mi pequeño hijo Luis Alberto, al sur o a la inversa. Yo diría que los niños me ayudaron mucho; eran los que corrían a recoger los volantes que lanzábamos y unos billetes de papel que llamábamos “los chirimoyos”. Como ahí la densidad de población es escasa, recorría largas distancias… Estuve siempre en las grandes reuniones al lado de Alberto, aunque a veces no me gustaran los compañeros…

Hay una incógnita en la vida de don Alberto que a lo mejor ahora se puede tratar. El era una persona de pensamiento democrático y que, sin embargo, durante largo tiempo, fue Presidente del Instituto Chileno Soviético, ¿cómo explica esta contradicción?

Su pensamiento era de izquierda, digamos socialdemócrata. Creo que puede haberlo influido el pensar, como tanta otra gente, que el socialismo tenía algunos aspectos atrayentes, desde su punto de vista, como en educación y salud, por ejemplo. Por supuesto que no aceptaba el régimen político. Cuando Alberto renunció, creo recordar que lo sucedió Enrique Silva. ¿Y quién duda de su pensamiento democrático?

El no alcanzó a ver el derrumbe completo del comunismo…

No, Alberto murió el año 1981.

Ud. y don Alberto, que conversaban tanto de política, ¿presagiaban en los años 60 que venía una crisis? ¿Estaban muy inquietos por las manifestaciones de violencia en la Universidad, o les preocupaba la falta de mínimo consenso político”?

Aunque reconocíamos que Eduardo Frei Montalva, el Presidente, era un intelectual muy valioso y una espléndida persona, Alberto no estaba de acuerdo con que gobernara con un partido único, la Democracia Cristiana. Le preocupaba; veía en ello el origen de muchas cosas. En este período de gobierno, estuvo siempre en la oposición. Cuando fue candidato a Senador, la lucha principal la dio especialmente contra el demócratacristiano Jorge Lavanderos. Era una candidatura pobre la de Alberto; la de la Democracia Cristiana, dispendiosa. Recuerdo haber visto pasar camiones con monturas de caballo, con máquinas de coser… regalos para los electores. Alberto nunca aceptó esta manera de actuar. Sin embargo, en la época allendista, Frei y Alberto fueron amigos y se daban cuenta que todo andaba muy mal. Presagiaban una crisis política muy grave. En varias ocasiones se reunieron en nuestra casa, para analizar el problema…

En ese período don Alberto contribuyó a la creación de un partido opositor, la izquierda radical, el PIR…

¡Ah, sí! El PIR no alcanzó a ser un partido, pero fue un movimiento muy importante, encabezado por los más importantes Senadores y Diputados radicales. Recuerdo que había reuniones en mi casa, a puerta cerrada. Yo no asistía a ellas para que conversaran libremente. Pero una tarde abrí la puerta de la biblioteca y los sorprendí diciéndoles: ¿Hasta cuándo van Uds. a hablar y no a actuar? ¿Hasta cuándo van a continuar siendo un partido de Gobierno? Y les agregé: “lo que es yo, hasta aquí no más los acompaño. Hice unas declaraciones en un diario importante a Silvia Pinto haciendo un llamado a desfilar en protesta, en contra del Gobierno. Después de ese incidente, ellos fundaron el PIR. Corrientemente había concentraciones y desfiles, donde se gritaba pidiendo la renuncia de Allende. ¿Sabe quiénes desfilaron a mi lado una vez?, Patricio Aylwin y también Cucho Figueroa.

¿Trató entonces Allende de tomar contacto con don Alberto o se cortaron los vínculos?

Sí, se cortó la relación con Alberto, quien estaba disgustado hacía tiempo con Allende. Estaba aburrido, cansado de ir a conversar con él para pedirle que cumpliera con el programa de la Unidad Popular, del cual se salía constantemente. Un día me contó que había estado dos horas con él, tratando de convencerlo que promulgara el Proyecto, ya aprobado por el Congreso, sobre las tres áreas de la economía, pública, privada y mixta. Allende no le prestó ningún interés; parecía no escuchar nada. En respuesta, en vez de argumentar o darle razones, le dijo, tomándole la chaqueta: “¡Qué buena tela! ¡Tus ternos se ven una maravilla! ¿Por qué no me dices quién es tu sastre?”. Alberto quedó estupefacto, ¡indignado!.

V

¿Y qué opinión tenía Baltra después del surgimiento de los economistas? Él había asistido al modesto comienzo de la disciplina en la Universidad de Chile… ¿Qué le parecía verlos triunfantes, dominantes?

Bueno, quiero recordarle que Alberto, junto con don Pedro Aguirre Cerda, fueron los fundadores de la Escuela de Economía. Alberto, a los 22 años, fue su primer Director. El Decano, don Pedro. Hizo clases en ella durante varios años.

Ahí se han formado muy buenos economistas.

Alberto nunca dejó de estudiar; incluso le llegaban libros desde el extranjero en diferentes idiomas, que él podía traducir, al leerlos. Siempre estuvo al tanto de las doctrinas de los nuevos economistas, con muchos de los cuales mantenía correspondencia. Conoció bien la Escuela de Chicago.

Él se alegraba de ver triunfar a los economistas chilenos, aunque a veces discrepaba en ciertos puntos.
Pero cuando él fue Ministro de Estado, se guiaba por las corrientes dominantes de la época, con mucha intervención del Estado. Más tarde, tomó contacto con Sergio de Castro para tratar algunos temas de economía.

VI

Ud. fue Consejero de Estado. ¿Contó con el asentimiento de don Alberto?

Él estimaba que aceptar era un deber patriótico y me hacía presente que se habían incorporado a él verdaderos demócratas, como Gabriel González Videla , Jorge Alessandri, Julio Philippi, etc.

Y ¿cuál fue su experiencia, Adriana, en el Consejo de Estado? ¿Qué hechos la atrajeron más en los años que estuvo ahí?

El Consejo fue una cierta apertura política que hizo el General Pinochet. Entre sus miembros había personas de varias tendencias; además, por su modo de actuar, podría decirse que era una especie de Senado. Desde luego, estudiábamos proyectos de ley, funcionábamos en el edificio del Senado. La Constitución del 80 establecía que cuando entrara en vigencia el Senado, dejaba de existir ipso jure el Consejo de Estado.

En la segunda apertura política del Presidente Pinochet, nos envió para su estudio las leyes políticas, con la asesoría de la Comisión de Leyes Orgánicas Constitucionales.

El estudio de estas leyes de estas leyes fue el más interesante para mí. Jaime

Guzmán se sentaba a mi lado en las sesiones. Antes de conocerlo, lo llamaba, al verlo en televisión, “cerebro electrónico”. Parecía que, al discurrir, lo hacía con talento matemático. En el Consejo conocí su aspecto humano; tenía gran humor.

En medio de las sesiones, me acotaba frases tan graciosas, que tenía que reprimirme y no reír…

¿Los miembros del Consejo tomaron partido en la discrepancia entre Jorge Alessandri Y el General Pinochet, que provocó el retiro del primero del Consejo?

Yo ingresé cuando Alessandri ya había renunciado a la Presidencia del Consejo, pero supe que su retiro obedeció a que le pareció mal que el Ejecutivo no lo impusiera O consultara cuando hizo modificaciones al estudio hecho en el Consejo de Estado. Lo sucedió en la Presidencia, el Prof. Miguel Schweizer Speisky quien fue también una gran Presidente. Alessandri continuó siendo Consejero, pero no asistía a las sesiones.

VII

¿Ud. nunca pensó incursionar en el terreno político contingente? ¿En una postulación parlamentaria, por ejemplo?

No, jamás, Tal vez porque conocía mucho la política contingente. Yo no pertenezco a partido político alguno. Sólo estuve en el PIR por algunos meses, porque mi marido pertenecía a esa agrupación, y quise luchar junto a él contra el Gobierno y, especialmente, contra el marxismo. Era necesaria una trinchera donde disparar… No pertenezco a partido político porque en ellos hay que aceptar algunas decisiones que mi conciencia me obligaría a rechazar… y estimo que la disciplina es necesaria en los partidos. De lo contrario, se convierten en una montonera. También considero su existencia absolutamente necesaria, porque las corrientes de opinión hay que encauzarlas.

¿Qué otras mujeres políticas que Ud. vio, tenían capacidad de liderazgo?

Está muy claro el liderazgo de Amanda Labarca, aunque más bien en el terreno universitario. En el terreno político son pocas las que destacan. Tal vez Ana Figueroa tuvo pasta de líder. También María de la Cruz en tiempos de Ibáñez, pero fue una desgracia para las mujeres el hecho de que fuere elegida Senadora. Todos sabemos como perdió su gran capital político.

¿Ud. nunca halló que tenía condiciones de líder?

Nunca. Mis aficiones y mis caminos han ido siempre por otro lado. He tenido cargos altos, políticos, pero yo no sé porqué me han caído. Es como si me lanzaran algo que no me corresponde. Incluso siento eso dentro de la Academia. Es que conozco mis limitaciones.

VIII

Sería interesante tener una visión suya, en orden a visualizar lo que viene. ¿Qué tipo de país es el que piensa Ud. que vamos a tener en diez años más?

En lo inmediato, pienso que muchas de las cosas que estamos observando son muy parecidas a las de otro tiempo reciente.

En cuanto al país que vamos a tener en diez años más, no he pensado en visualizarlo, porque yo no voy a existir. Pero sí deseo para Chile un país unido, más preocupado de las cosas del espíritu que del dinero; que tenga prosperidad económica, por supuesto, pero que exista una distribución más justa y equitativa

¿Ud. conoce a Ricardo Lagos, porque fue ayudante de don Alberto en una época?

Sí, lo conozco muchísimo. En sus tiempos de estudiante de Derecho, era el pan nuestro de cada día en nuestra casa. Como Ud. dice, fue ayudante de Alberto en su cátedra de Economía Política. Podría decir que toda su carrera de leyes tuvo el apoyo y contó con el profundo afecto de parte de Alberto, quien le dio el tema de su Memoria y lo guió. Por primera y única vez, prologó una Memoria que Ricardo publicó como libro con gran éxito, pues tuvo numerosas ediciones.

La famosa concentración del poder económico…

Sí, ese es su nombre.

Bueno, después Alberto le facilitó el camino para hacer los postgrado en Estados Unidos. Consiguió con su amigo, el profesor Smith, de la Universidad de North Carolina que lo recibiera allí, donde se graduó de Doctor.

Desde estudiante fue radical. Antes de las elecciones del 70 se hizo socialista y desapareció para siempre de mi casa, donde era asiduo. Alberto nunca guardó rencores, odiosidades.

IX

Incluso antes de entrar a nuestra Academia, Ud. la vio muy de cerca, ya que su marido era miembro de número. ¿Qué nos puede contar de esa primera época con Juvenal Hernández a la cabeza?

Primero algo muy especial, que sucedió con la incorporación de Alberto a la Academia. Alberto se enfermó y el médico exigió reposo absoluto. Tuve que hablar por teléfono con Juvenal pidiéndole un cambio de fecha. Juvenal, contrariado con el traspié, dijo que era imposible y que el problema tenía una sola solución. “¿Y cuál es?”, le pregunté. Y, ante mi sorpresa, me respondió: “Que Ud. lea el discurso académico en lugar de Alberto”, advirtiéndome que esto jamás se había hecho antes. Y así lo hice ante un numerosísimo auditorio. Juvenal, que era un gran orador, pronunció un hermoso discurso de recepción y luego me hizo entrega del Diploma. Respecto de esa época, sólo sé lo que me contaba Alberto. Las reuniones tenían una buena concurrencia; los miembros de la Academia, cuando había sesiones, conversaban libre y espontáneamente en forma amistosa, en un ambiente íntimo y agradable. Juvenal, muy respetado, presidía esas sesiones y tomaba parte importante en el intercambio de ideas, deleitando con su cultura superior.

Y respecto de ese mundo de los primeros académicos ¿se juntaban fuera de la Academia? ¿Eran bastante amigos entre ellos?

Sí, tenían reuniones privadas, muchas de ellas en la biblioteca de mi casa, pero yo no asistía. Entiendo que los unía cierta amistad o la afinidad de ideas.

¿Cuándo lo vio más satisfecho a Baltra en su vocación ? ¿En su vida universitaria, fundando la Facultad de Economía, cuando fue Ministro o candidato presidencial?

Alberto fue un espíritu universitario ciento por ciento.

Creo que su mayor satisfacción la tuvo con sus clases de Economía Política o de Política Económica en la Escuela de Derecho y en la de Economía de la Universidad de Chile. También era muy feliz cuando escribía sus libros y los veía publicados. Siempre me regalaba el primer ejemplar con una hermosa dedicatoria. Para mí era el mejor de los regalos.

La política fue un episodio secundario en la vida de Alberto. Aun cuando entró muy joven al Partido Radical, no fue hombre de asamblea ni de corrillos políticos.

Finalmente, me gustaría contarle algo realmente extraordinario respecto a mi ingreso a la Academia, cosas que me pasan a mí… Cuando me dieron la noticia que había sido electa en el sillón 17, donde iba a suceder a Alberto, me produjo una gran impresión. Tenía que hacer el discurso de incorporación y la alabanza de mi antecesor ya fallecido, según el Reglamento. Pues bien, durante largo tiempo no pude escribir nada. Llegaba frente a la máquina de escribir y la hoja permanecía en blanco. Podía estar horas… La gente cree que en mí prima la cabeza sobre el corazón, pero está equivocada. Soy esencialmente emocional.

Tuve que pedir prórroga… y nada. Pero, un día, al atardecer me tendí en mi cama y me puse a leer el diario. En eso estaba cuando tuve la sensación de que alguien se sentaba a los pies de mi cama. Dejé el diario y me encontré con que Alberto estaba en persona allí, tal como era. Creí que me iba a hablar, pero sólo me miró en una forma muy especial y profunda durante varios instantes. Luego desapareció. Pues, esa misma noche me dieron unos deseos irresistibles de escribir y bajé a la biblioteca. Escribí y escribí casi toda la noche, sin parar, hasta terminar mi discurso sobre Hans Kelsen y su Teoría Pura, y la alabanza sobre Alberto. Después… lloré, y di gracias a Dios.