En su columna de El Mercurio, la académica de número aborda la crisis de confianza y legitimidad que enfrentan los partidos políticos.
Los partidos políticos sufren una crisis de prestigio y legitimidad, aun cuando tanto la teoría como la experiencia empírica nos muestran que son la forma más idónea de organizar el sistema político en una democracia liberal representativa. En la encuesta CEP de abril-mayo de 2026, los partidos obtuvieron apenas un 6% de confianza institucional, y el Congreso, donde operan, solo un 13%. Anteriormente, la confianza en los partidos había llegado a un mínimo de 2%.
Etimológicamente, “partido” viene de pars, es decir, una parte, un segmento de un todo. Antes, para describir estas asociaciones parciales se hablaba de “facción”, término que tenía un significado peyorativo. En este contexto, desde la Antigüedad las divisiones organizadas representaban más bien una enfermedad de la república, y Maquiavelo, por ejemplo, desconfiaba de lo que para él eran las “sectas”.
Aquello sucedía en una era de supuesta unanimidad, basada en la premisa de que existía una verdad única en los más diversos temas, que podía imponerse desde el poder central; por lo tanto, todo aquello que la dividía era anatema. Cuando surge y se acepta la realidad de una mayor pluralidad, se entiende que hay posiciones divergentes que son legítimas y que requieren que quienes comparten una misma concepción del bien común puedan asociarse para competir por el poder. Como dice Sartori, “el partido solo se vuelve legítimo cuando se acepta que la discrepancia no destruye la unidad del cuerpo político”. En otras palabras, cuando se entiende que “es parte de un todo pluralista, que canaliza, expresa y agrega demandas”.