En su columna de El País, el académico de número defiende el multilateralismo y el papel de la ONU como espacio de cooperación y regulación internacional.
En el año 63 A.C. el gran Cicerón comenzaba su discurso en el Senado romano contra Catilina quien hablaba sin parar de insurrecciones y desgracias para Roma, de las cuales resultó ser su principal instigador, con las siguientes palabras: “¿Quo usque tandem abutere, Catilina, patienta nostra?” (¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?).
Lo recordamos, casi 21 siglos después escuchando a Trump, a Milei, a Netanyahu y algunos otros jefes de Estado y de gobierno en la Asamblea General de Naciones Unidas del 2026.
Oradores sin talento, rudos, amenazantes y toscos se refieren a la ONU como una organización inútil, que no cumple su mandato, que tiene un sesgo ideológico hacia temas ‘blandos o inexistentes’, como el cambio climático entre otros, que sueñan con cerrar la OMS y la Corte de La Haya, tanto para empezar, al igual que varias otras agencias, piensan que se debería abandonar todo afán regulatorio acerca de la inteligencia artificial, alegando que hiere la soberanía de los Estados y el futuro de la ciencia, y de los negocios, agregaría yo. Más bien, en su opinión, las Naciones Unidas son parte del problema y no de la solución.