En su columna de El Mercurio, el académico de número analiza el impacto de la inteligencia artificial en el futuro del capitalismo, la democracia y la cultura.
Quizá el debate sobre el futuro de la IA resulte ser el más importante del presente siglo. Desde ya, plantea preguntas fundamentales sobre el capitalismo, la democracia y la cultura.
La inteligencia artificial marca, en efecto, una nueva etapa en el capitalismo, reflejando su faceta más creativa y, a la vez, destructiva. Implicará transformaciones en cómo producimos, distribuimos, aprendemos, nos comunicamos, trabajamos y enfrentamos la finitud. Liberará energías humanas inimaginables, aunque también traerá riesgos impredecibles. De allí el “apocaloptimismo” como espíritu de nuestros días: conciencia del potencial catastrófico y persistencia en la paulina “esperanza contra toda esperanza”.
La democracia aparece como la forma política ideal para gestionar esas transformaciones sin someter a los países al despotismo ilustrado del paradigma tecnocrático y el poder digital. La visión “libertaria” de mercados autorregulados y ciega confianza en los “espíritus animales” de las empresas se desvanece a ojos vista. Los propios líderes de la nueva industria solicitan regulación y supervisión para frenar la aceleración creativa de los aprendices de brujo.
Solo una cultura abierta, crítico-reflexiva, deliberativa y pluralista, fundamentada en derechos individuales y bienes comunes, y enfocada en generar acuerdos, ajustarlos de manera continua y aceptar la diversidad de ideas, intereses e imaginarios, puede sostener el delicado equilibrio entre mercados que innovan rápidamente y entidades públicas que establecen límites, crean alineamientos éticos y levantan barreras contra el empequeñecimiento cognitivo de las personas.