Columna publicada en El Mercurio por el profesor adjunto de ingeniería industrial en la Universidad de Chile.
Cinco años atrás escribí una columna donde sostenía que la confianza crea valor y que su ausencia lo destruye. El tiempo no ha hecho más que ratificar esa premisa: la confianza es una capacidad profundamente humana, basada en la facultad de establecer conexiones legítimas entre personas. Y con confianza se logran mejores resultados.
El debate público sobre el rol de las humanidades surge nuevamente con fuerza tras la decisión del gobierno de priorizar ciencias exactas y tecnología en Fondecyt de postdoctorado y Becas Chile. Desde la perspectiva de la empresa, la pregunta relevante no es solo qué financia el Estado, sino qué competencias se requieren para crecer y lograr mejores resultados. Cuando Chile invierte en I+D menos del 0,5% del PIB —frente al 2,5% promedio de la OCDE y sobre el 4% en países como Corea del Sur e Israel—, la brecha de productividad se concentra en la incapacidad de la empresa privada para conectar de manera estratégica con el conocimiento, y por lo tanto, para competir con opciones en la cancha del valor agregado.