En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre el sentido de la vida a partir de la vigencia del testimonio de Viktor Frankl.
Habituado a ir por librerías —que son uno de mis lugares sagrados—, últimamente me ha llamado la atención la presencia en casi todas ellas del libro de Viktor Frankl “En busca de sentido”, que es de 1946, y que tiene más de una edición en castellano. Ese libro fue escrito por el mencionado psicólogo, y refiere lo que fue su existencia en campos de concentración de la época del nazismo. Frankl fue un prisionero que dejó un vívido e influyente testimonio escrito de lo ocurrido en tan deleznables lugares, y a nadie puede extrañar que a su libro le haya dado el título antes señalado. Dichos campos de exterminio fueron parte de lo que los jerarcas nazis llamaron la “solución final” del que consideraron el “problema judío”.
¿Por qué después de largas décadas una obra como esa vuelve a ser impresa en castellano y a encontrarse en vitrina de casi todas nuestras librerías? Bueno, el holocausto judío fue lo que fue y las dimensiones de su crueldad no escapan a nadie. Lo sorprendente es que, si bien a menor escala, se repitan en nuestro siglo situaciones similares de las que parecemos no haber aprendido ninguna lección de humanidad. Se continúa apartando y eliminando de manera prolongada y brutal a poblaciones enteras, por motivos étnicos y de supremacías territoriales que parecían haber sido dejadas atrás.