Eugenio Tironi: “Mi lucha”

El académico de número reflexiona sobre el origen de la violencia y la delincuencia juvenil, en su columna en El Mercurio.

Cuando empezaron a aparecer los sucesivos tomos de la obra en que el noruego Karl Ove Knausgård cuenta su vida sin pudor, nadie entendía el título. ¿Por qué llamar “Mi lucha” a la crónica de un padre que lava platos y cambia pañales? La respuesta llegó en el sexto y último volumen, “Fin”. Allí Knausgård se sumerge durante cientos de páginas en el “Mi lucha” original: el de Hitler. Se niega a la comodidad de explicar el nazismo como un accidente o de convertir a Hitler en el mal absoluto. Es la misma coartada: dejar lo abyecto fuera de nosotros. Así nadie carga con el pequeño Hitler que cada uno lleva adentro.

A Knausgård le interesan esos millones de alemanes corrientes —y no solo alemanes— que, tras perder la guerra, el trabajo, el lugar en la sociedad o los ahorros, hallaron en el Führer un motivo para dar un sentido grandioso a sus vidas. O para vengarse contra una disciplina piadosa y humillante, como insinúa “La cinta blanca”, el filme de Michael Haneke. Las tragedias se incuban despacio, y no siempre a la vista.

El nazismo les regaló a quienes se sentían agraviados un “nosotros”: la horda, el uniforme, la marcha, la embriaguez de pertenecer a un todo que prometía sentido y trascendencia. Para sostener ese “nosotros” tuvo que borrar el “tú” y fabricar un “ellos”: los enemigos, encarnados ante todo en los judíos, que dejaron de ser personas para convertirse en una cosa, en algo cuya eliminación ya no despertaba culpa.

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