El académico de número reflexiona sobre la identidad actual del progresismo chileno en su columna de El Líbero.
Un lector cercano a esta columna me invita a reflexionar sobre el progresismo en Chile, a partir de una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿qué los une y qué los diferencia del resto de las izquierdas? Actualmente, es común acusar al progresismo de ser el “vagón de cola” de las izquierdas consideradas radicales o rupturistas. Esta es una respuesta superficial a la pregunta seria de mi lector. Mi tesis es que al progresismo lo une su pasado, aunque de manera contradictoria. Sin embargo, hacia el futuro, nos separa la falta de respuestas a las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Este será el eje central del texto que a continuación presento.
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Debo admitir desde el principio que el término “progresista” me resulta incómodo. En realidad, nunca lo he utilizado para definir mi postura política o cultural. Tiene un aire —o quizás demasiado— del siglo XIX y de pensamientos obsoletos. En esa época en Chile, un progresista era un liberal joven (vistos por los conservadores pelucones) o, con más frecuencia, un miembro del Partido Radical, con ideas mesocráticas y municipales. Ser progresista significaba apoyar el avance técnico, la industrialización, la educación laica y reducir el poder de la Iglesia Católica. En mi juventud, durante la época en que la hegemonía oligárquico-conservadora empezó a ceder ante las fuerzas democristianas —especialmente en la reforma de la Universidad Católica en 1967— y el ascenso de las izquierdas en el FRAP, no existía la categoría de “progresistas” ni se usaba esa palabra en las aulas.