En su columna de El Mercurio, el presidente de la Academia Chilena de la Historia reflexiona sobre el avance de la delincuencia organizada y la violencia criminal en Chile y América Latina.
La película (basada en la novela de Anthony Burgess) es una de las obras maestras de Stanley Kubrick y viene a ser uno de los diagnósticos más estremecedores acerca de nuestra era, auténtica utopía negra, profundamente pesimista a pesar del humor macabro de que hace gala. Describe el peligro de erosión difícil de revertir en ese deslizarse hacia una cohabitación de la institucionalidad del Estado de derecho, por una parte; y por la otra, ello se convierte gradual e inexorablemente en cáscara o superestructura montada sobre la guerra de todos contra todos, la ley del hampa llevada a su paroxismo. Uno huele la descomposición y la inminente devastación final.
En verdad, el fenómeno de violencia delincuencial nunca desapareció de la historia humana. Si retrocedemos al 1900, en Chile y en el mundo existía, junto a las emergentes mafias modernas, un enjambre de bandidaje rural y urbano que confería uno de los rostros de la vida cotidiana. Si se hubieran podido pronosticar los avances técnicos de que dispondrían las policías y los sistemas judiciales de la actualidad, amparados en una colosal ampliación del poder del Estado, se diría que era cosa de tiempo que se arrinconara a la delincuencia dura hasta convertirla en una realidad marginal. Las fuerzas del orden dispondrían de una ventaja técnica insuperable, reduciendo o exterminando a las bandas violentas o especialmente gravosas.
Solo que no ha sido así. Entrando al segundo cuarto del siglo XXI, el mundo está remecido por una delincuencia extrema, sea organizada o no, que tiene en vilo la vida diaria en demasiados países. En un sentido absoluto, nadie escapa a esta realidad, y para esta consideración dejamos de lado las experiencias donde la crisis política se funde y confunde con brutal fiebre delictiva, como Yemen, Sudán y tantos países más (¡nuestro Haití!).