En su columna en El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre la figura del pensador francés Edgar Morin tras su fallecimiento a los 104 años.
El 3 de junio, sobre el féretro de Edgar Morin cubierto por la bandera de Francia en el patio de los Inválidos, había un viejo sombrero de caminante que deseaba echarse a volar con el viento, relata Nicole Lapierre en AOC. La imagen le iba bien al muerto. Morin fue siempre un hombre fuera de lugar. Con 104 años, tuvo tiempo para despedir a todos sus amigos, entre ellos a mi maestro, Alain Touraine. Y para tener una vida de leyenda que atravesó todos los confines del pensamiento.
De ascendencia judía sefardí, llevó en su vida civil su apellido de nacimiento, Nahum, y en la vida pública el seudónimo que adoptó al entrar en la Resistencia. Murió celebrado en medio mundo, pero el reconocimiento le llegó tarde. En la Francia intelectual de su época, dominada por el estructuralismo, su apuesta por el pensamiento complejo fue tomada como ajena a los cánones de la ciencia.
¿Cómo eso de unir lo complementario y lo antagónico, el orden y el desorden, la razón y la sinrazón, renunciando a una síntesis? ¿De dónde la osadía de abandonar la causalidad lineal y buscar la recursividad, afirmando que los individuos hacen las sociedades que hacen a los individuos y que la parte está en el todo y el todo en la parte? ¿Con qué autoridad alzarse ante la separación entre naturaleza y cultura, ciencias y humanidades, educación e investigación, para regresar a ese intento milenario de religar para reconstituir la unidad del mundo? Pensar lo complejo fue para Morin una forma de resistencia. Esto lo hizo conocido, sí; pero no reconocido en el ámbito académico, donde fue tildado de chamánico.