En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre la encíclica Magnifica humanitas.
Guillaume Apollinaire, el “gurú” de la poesía de vanguardia, en su poema “Zona”, publicado en 1912, exclama, después de dar por muerta la antigüedad grecorromana y elogiar la trepidante modernidad en curso: “¡El único europeo moderno eres tú / Oh, Papa Pío X!”. Con una cierta ironía, el poeta rescata la novedad de lo espiritual y de una vieja y lenta Iglesia en medio del vertiginoso y deslumbrante Progreso. ¡Cuán antiguos nos parecen hoy los zepelines que surcaban el cielo de 1912 en Europa, asombrando a todos! Al leer la encíclica Magnifica humanitas, he recordado esos versos de Apollinaire. El Papa León XIV hace un llamado a sorprendernos con la esencia y el milagro de lo humano frente a un “transhumanismo” que nos propone un nuevo tipo de ser humano, una especie de “Superhombre”, que lo supere. Un hombre sin errores, sin fragilidad. ¿Qué puede ofrecer el Papa como alternativa a esa tentadora propuesta de la “Ilustración oscura”? La fragilidad, el error, la falibilidad, todo aquello que nos hace seres humanos imperfectos y no máquinas. Y que haya IA, pero al servicio del hombre, no al revés.
El Papa León XIV ha puesto la pica en Flandes en ese punto y se ha convertido en nuestro propio Gandalf. Su cita de Tolkien en la nueva encíclica no puede ser más pertinente. Dice Tolkien: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer todo lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán una tierra limpia para la labranza”. Y remata el Papa: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces que hacen frente a la deshumanización”. El Papa nos está invitando a resistir el hechizo del anillo del poder (otra vez Tolkien), y que nuestro poder sea el de la fraternidad, la comunidad, la sencillez, la solidaridad. Un llamado a estar más cerca de los “hobbits” que de los magos y hechiceros de Silicon Valley. Eso es lo verdaderamente moderno para un planeta cansado de experimentos, guerras y Torres de Babel. La desmesura (la “hybris” griega), lo fáustico y prometeico es lo de siempre, la locura y ambición humana que nos han llevado a tantas catástrofes: ahí no hay novedad para el hombre. ¿No fue suficiente una bomba atómica, o queremos inventar ahora una bomba informática?