En su columna de El Mercurio, el académico de número plantea que el auténtico liberalismo es una doctrina y una actitud exigente: no basta con apoyar el libre mercado.
El liberalismo es una doctrina compleja que incluye una dimensión política, otra ética y una tercera de tipo económico. Además, no hay un solo liberalismo. Lo que hay son “liberalismos” —así, en plural—, como si se tratara de las varias ramas de un mismo árbol o, más bien, como si fuera algo parecido a esas especies vegetales que cuentan con varios troncos a la vez y que, creciendo juntos, unos al lado de los otros, sostienen un mismo follaje. Nuestros conocidos “liberalismos”, ¿son más parecidos a las varias ramas de un mismo árbol o a los varios troncos que se levantan bajo tierra y desde una única raíz?
Pero el liberalismo no se entiende solo como una doctrina, sino también como un carácter, talante o temperamento de determinadas personas a quienes se percibe abiertas, comunicativas, amenas, directas, transparentes, francas, despreocupadas, dadivosas, e incluso algo pícaras y extravagantes. Así de alta se pone la vara a este significado de “liberal”. Se trata de sujetos espontáneos, vitales, expansivos, gozadores, inquisitivos, falibles, sin cálculo, y siempre con buen humor, del que el mejor ejemplo nacional que he conocido fue el inolvidable Ernesto Rodríguez Serra.