Andrés Ollero: “El riesgo del acostumbramiento”

El académico correspondiente y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas examina el pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, en una columna publicada en el diario Ideal (España).

La frontera de tolerancia de lo originariamente considerado como ‘normal’ se iría difuminando con los acumulativos efectos del acostumbramiento. Habermas: “El futuro de la naturaleza humana”.

Pocos autores han merecido un respeto más profundo por parte de lectores muy alejados de sus iniciales puntos de partida. No en vano Habermas había relacionado siempre, en sus célebres etapas, racionalidad y comunicación, convirtiendo el diálogo en fórmula para superar los posibles límites de sus propios puntos de partida.

Comenzó a ejercer a comienzos de los 70, cuando se erigía en paladín de la crítica, que condicionaba lo racional a lo comunicativo. No me extraña en absoluto que, treinta años después, se le alabara la pureza de su planteamiento humanista —ante el avance norteamericano de una aparentemente inhumana alteración de la naturaleza humana— ante el avance norteamericano de una aparentemente inhumana alteración de la naturaleza humana.

La batalla por establecer lo “normal” en una sociedad tecnificada se añade al peligro de una nueva desigualdad entre quienes habrían tenido acceso a diagnósticos genéticos elementales de la dignidad humana. Sin un defensor del respeto de la vida humana desde su origen, no dudaba en considerar más grave que el aborto la finalidad del diagnóstico preimplantatorio, que decidiría a quién otorgar el derecho a vivir; detectaba en ello el peligro de una “cría de hombres”, de una especie de selección humana.

Tampoco me sorprendió que cinco años después se aproximara sobre su actitud ante el papel de la religión en la esfera pública, analizando los presupuestos para un “uso público de la razón”, por parte de los no creyentes y laicos. Colocaba a los segundos en una posición superior con lo que calificó como sociedad postsecular, no muy distinta de la equiparación de libertad ideológica y religiosa en el artículo 16.1 de nuestra Constitución.

Su reciente reacción ante uno de sus desafíos científicos previos y buscando argumentación que no resultara excluyente para el interlocutor. Mejor les iría a los bienintencionados defensores del derecho a la vida si ahorraran argumentaciones religiosas, tan propias de ese contexto y de su prolongada tradición en lo cultural sobre el aborto.

Si se la minimiza el aborto, como si fuera una simple producción industrial o la derivación que la defensa del derecho a la vida acabe siendo recibida, aunque fuera de manera escasa, como la defensa del burka se tratara, entre lo fundamentalista y lo identitario.

A Habermas no le duelen prendas reconocer que el Estado constitucional democrático se ha desarrollado en el marco de una tradición filosófica que incorpora la razón “natural” y que, por consiguiente, se apoya únicamente en argumentos públicos que, de acuerdo con esa tradición, son accesibles por igual para todas las personas.

Para él, en los marcos de los Estados constitucionales, las iglesias y las comunidades religiosas siguen siendo importantes funciones que no son simplemente para la estabilización y pacificación de las sociedades contemporáneas.

Mientras que, cuando detecta poco afán de aprendizaje en más de un laicista, teme que la sociedad possecular vaya a tener que seguir reservando espacios para la religión como reservas para algo tan decisivo como la creación de sentidos.

No les va a dar ocasión de complacencia a quienes entienden la religión como un conjunto de creencias convencidas de que las tradiciones religiosas son, en cierto modo, nocivas en la sociedad contemporánea.

Y por supuesto, que la libertad de religión no puede entenderse como una excusa para la defensa de una determinada cultura o identidad.

Prueba modélica de una razonada búsqueda de sentido fue su deslumbrante ensayo “El futuro de la naturaleza humana”, leído por Habermas con ocasión de su ingreso en la Academia de Baviera.