El académico de número reflexiona sobre el aumento de la violencia en los colegios, en una columna publicada en El Mercurio y en una entrevista con el programa “Influyentes” de CNN Chile.
Una inspectora muerta a cuchilladas en Calama, un adolescente armado en Curicó, otro en Rancagua, y apuñalamientos entre alumnos en Cañete. Además, explosivos Molotov frente al Liceo J.V. Lastarria y al Instituto Nacional. Los medios y las redes sociales intensifican la cobertura. La violencia escolar ha regresado con fuerza, estremeciendo la agenda pública.
El circuito comunicacional se pone en marcha de la misma manera: imágenes impactantes, titulares llamativos y llamados a reaccionar rápidamente. Luego, aparece la secuencia argumental habitual: la violencia es intolerable y requiere una respuesta contundente. Se implementan detectores de metales, se realizan revisiones de mochilas, se incrementa la presencia policial y se imponen sanciones más severas. Es como si el colegio debiera convertirse en un lugar de máxima seguridad para seguir siendo una escuela.
No se puede minimizar lo ocurrido. Calama fue un acto atroz cometido por un joven con diagnósticos previos de salud mental severa, quien durante meses anotó en un cuaderno su plan homicida que conducía al dies irae (día de ira). Nada de lo que digo disminuye el dolor de las víctimas. Pero dada la gravedad de los hechos, merecen una respuesta que vaya más allá de la simple alarma y de una única solución.