El académico de número analiza el cambio generacional en el escenario político chileno, en su columna de El Líbero.
De las élites en democracia
Una de las ventajas menos reconocidas, pero más cruciales, de las democracias liberales es que obligan a las élites a cambiar. No en un sentido retórico o ceremonial, sino en el sentido real y directo de la rotación: entrar, salir, competir, perder, intentar de nuevo o desaparecer. Joseph Schumpeter lo expresó con claridad, lo cual puede incomodar a los románticos de la democracia: en esencia, la democracia no es, principalmente, el gobierno del pueblo, sino un mecanismo pacífico y competitivo para escoger a las élites que gobernarán. La democracia no elimina a las élites; las regula, las somete a reglas y las obliga a renovarse o a ceder su lugar.
Quien analice la historia política reciente de Chile desde una perspectiva sociológica notará un fenómeno de gran interés analítico. La llegada de José Antonio Kast a La Moneda representa no solo un cambio de gobierno, sino también una transformación en la composición, los vínculos y la cultura de la élite que controla el núcleo del poder político. Además, la salida de Gabriel Boric no solo indica el fin de un ciclo en su administración, sino también el cambio de una élite con características sociológicas muy distintas, que intentó —y apenas logró— una forma diferente de gestionar el Estado.