La académica de número analiza los estilos y orientaciones de los sectores de la política chilena, en su columna de El Mercurio.
Hace muchos años, el Times de Londres hizo un concurso acerca de cuál sería el titular menos interesante del mundo. El ganador fue “Pequeño terremoto en Chile”. Esto mostraba lo que era Chile en ese entonces: un país donde no pasaba nunca nada grave, tranquilo y sin mucha novedad. Esto, por cierto, fue antes de los años 60, cuando comenzó la era de las planificaciones globales, de los proyectos excluyentes, del juego de suma cero, cuando la palabra clave comenzó a ser “Revolución”, ya fuera en libertad o con empanadas y vino tinto, cuando la inspiración era no solo transformar todo, sino que a cualquier precio, para encontrar al Hombre Nuevo.
En este contexto, el discurso del Presidente Kast al asumir el mando no daba para ganar el concurso como la alocución más notable del siglo. Ciertamente, no abundaban en él ni la retórica hiperbólica épica, ni las abstracciones filosóficas. Sino, más bien, contenía una descripción de las metas y objetivos que pretendía alcanzar en cuatro años, aunque no carecía de ideas centrales y motivadoras, como lograr la pacificación de los espíritus y un mayor grado de unidad nacional. Es por eso que a muchos les pareció correcto, coherente con la ocasión y tranquilizador.
La pregunta que debemos plantearnos es si esta característica de pragmatismo es única y principal de la persona del Presidente o responde en parte también a lo que es la esencia del pensamiento liberal conservador que él representa.
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