En su columna de El Mercurio, el presidente de la Academia Chilena de la Historia reflexiona sobre los principios e intereses en la política exterior.
En abril de 1945 se cometió uno de los actos más vergonzosos de la historia internacional de Chile. Por presión de los aliados, especialmente de Washington, le declaramos la guerra a Japón, que ya ardía de norte a sur mientras Hiroshima y Nagasaki aguardaban su turno. Nada de qué ufanarse. Sin embargo uno, en los zapatos del Presidente Juan Antonio Ríos, hubiera hecho lo mismo. Estaba entre medio la viabilidad internacional del país. No hacerlo era quedar fuera de la ONU, entonces bajo el liderazgo norteamericano.
Fue una situación extrema, excepcional, que retorna de cuando en cuando. El problema es que en nuestros países la costumbre es no saber distinguir lo excepcional de lo corriente, que demanda orientación, estrategia y valoraciones o principios. Por estos pagos, en derechas e izquierdas, algunos se alegran con el regreso de la geopolítica como estrategia. Se ha citado, no sin dejo de aprobación, las palabras de Tucídides de hace 2.500 años, “los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan”, en el famosísimo Diálogo de Melos, que en su totalidad es más matizado que lo que representa esta frase.
La geopolítica nunca estuvo del todo ausente, pero hay que tener cuidado con raptos de entusiasmo. Nuestro país se pondría en una situación muy, pero muy vulnerable. Es cosa de examinar el mapa. Lo mismo vale para la identificación con un ente bastante ficticio como el “sur global” o tantos otros furores que prometían un “cambio de sistema” y la liberación de cuanta esclavitud haya habido. En un país de tradición ideologizada, no es fácil pensar en una buena ecuación entre principios e intereses, y cómo definimos a cada uno de ellos, problema peliagudo incluso desde la teoría. Porque en realidad, en la práctica, ambos tienden a fundirse y confundirse.