Agustín Squella: “¿Y ahora qué nos espera?”

El académico de número reflexiona sobre la falta de autocrítica en la política, en su columna de El Mercurio.

Cada vez que se hace política, y ni qué decir cuando se produce un cambio de gobierno, debería pensarse, sean entrantes o salientes, en la necesidad tanto de la crítica como de la autocrítica. Algo que siempre resulta difícil, por decir lo menos, sobre todo tratándose de la segunda. Si se nos convocara a un campeonato mundial de la crítica, ocuparíamos los primeros lugares del torneo, mientras que en uno de la autocrítica no clasificaríamos ni para la serie de eliminatorias.

La crítica parece estar reservada solo para los demás, en especial opositores políticos, mientras que la autocrítica brilla por su ausencia. Esta tendencia es hija del infantil maniqueísmo, un vicio muy arraigado, donde las posiciones se alinean entre buenos y malos, santos y pecadores, patriotas y antipatriotas, veraces y mentirosos.

Mani fue una figura histórica del siglo III d. C, transformada mucho después en personaje de una de las novelas del escritor libanés Amin Maalouf, caracterizado por la división tajante entre portadores de la luz y de las tinieblas y partidario de un pensamiento tan polarizado como simplista.

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