En una columna publicada en El Mercurio, el académico de número analiza el gabinete y el estilo de gobierno del Presidente electo José Antonio Kast.
Como es natural, el gabinete anunciado ha dado pie a múltiples comentarios. Se ha subrayado la aparente improvisación de algunos nombramientos —una discreta confirmación de que ese rasgo no es patrimonio exclusivo de una generación—; su similitud con el primer gobierno de Piñera; y, sobre todo, la distancia con la impronta más confrontacional del Kast candidato. Pero hay un rasgo que ha pasado relativamente inadvertido: la fuerte presencia del espíritu de su hermano Miguel —inspirador de las reformas económicas y sociales del régimen militar—, fallecido tempranamente en 1983, cuando su hermano menor tenía apenas dieciséis años. Su huella se percibe no solo en la conformación del gabinete, sino también en la concepción misma del gobierno que el Presidente electo ha decidido encarnar.
No hay épica ni shock. Lo que asoma es una mutación minimalista, ajena a la espectacularidad. Este Kast se parece poco al candidato. Asume, sin confesarlo, aquello que negó en campaña: que llega a La Moneda sobre un país ya estabilizado y con una agenda —seguridad, migración, crecimiento y orden— ya fijada y heredada, en lo sustantivo, de su antecesor.
El mejor ejemplo de esta orientación es la designación de una fiscal en funciones como ministra de Seguridad. Implica entender que la lucha contra la delincuencia se gana con instituciones más fuertes y coordinadas, mejores policías, persecución penal y capacidades que se forjan a fuego lento, no con gestos o bravatas de un sheriff o un showman.