El académico de número analiza el primer debate presidencial televisado en su columna de El Mercurio.
Es improbable que el debate del miércoles cambie mucho las preferencias, pero, como en todo primer round, este permite atisbar en algo cómo se vendrá lo que resta de combate y los contendores se anotan puntos. Desde luego, el foro no despertó un interés inusitado. En directo, había más televisores encendidos en dos telenovelas de canales de la competencia que en los ocho contendores presidenciales. La mayor parte de los televidentes prefirió no alterar esa noche su rutina de entretención privada para poner atención en la política, aun sabiendo que el devenir de los problemas que les aquejan —delincuencia, migración, crecimiento, empleo, salud, educación— depende de los aciertos y los errores con que los aborde la política. Tal vez el candidato que mejor entienda esta paradoja de alta preocupación por los problemas propios de la política y de desinterés en los debates partidistas será quien logre llegar a ese votante obligado, aún indeciso o de preferencias volátiles, que será quien decida la contienda. Por cierto, el rating en directo no es todo, y los comandos se encargarán de multiplicar en las redes los momentos más favorables a su candidato, pero ninguno de esos cortos episodios que caben en TikTok, salvo la inusitada agresión de Parisi a Matthei, vaya a captar mucho la atención de aquellos que no quisieron sintonizar el debate. El foro no definirá la elección, pero puede incidir en dos cosas: primero, en producir pequeños cambios en las próximas encuestas que puedan alterar las predicciones y expectativas ciudadanas respecto de los candidatos de derecha, lo que puede resultar decisivo. En seguida, porque mostró debilidades y fortalezas de los candidatos para futuros debates que, más próximos a la elección, sí podrían tener una incidencia más decisiva en las preferencias que se expresen en las urnas.