En su columna de El Mercurio, el académico de número critica la falta de protagonismo de la educación en el debate presidencial y en la visión de futuro de Chile.
¿Cómo puede entenderse que las y los candidatos presidenciales no pongan a la educación al centro de su discurso y visión de futuro? En un país que aspira al desarrollo, esta omisión significa renunciar al futuro. A fin de cuentas, este depende vitalmente de la solidez, calidad y proyección de su educación.
Al contrario, desde hace más de una década, bajo los últimos tres gobiernos —dos de izquierdas, uno de derechas— nuestra educación se estancó, oscilando entre medidas episódicas y controversias de coyuntura. Cada nueva administración introduce cambios que la siguiente descuida o revierte; se suceden los ministros proclamando grandes transformaciones que se frustran a poco andar.
Estos vaivenes de la política educativa —de la descentralización y el mérito a la centralización y el igualitarismo; de las libertades y la elección privada a la justicia y el servicio público— impiden acumular experiencia y certidumbre en el tiempo. Mientras tanto los viejos problemas se suman y se agregan nuevos. Menciono algunos a continuación.