La académica de número reflexiona sobre la capacidad de alcanzar acuerdos en política en su columna de El Mercurio.
Con ocasión de participar en un homenaje a los 100 años del nacimiento de Edgardo Boeninger, el “gran arquitecto de la transición”, tuve que volver a pensar en lo que fueron esos años que definieron por largo tiempo, en forma virtuosa, nuestro futuro como país en paz, con crecimiento económico y mayor bienestar social. Hoy damos por descontado que una transición pacífica, acordada, producto del diálogo y de la creación de consensos mínimos, era una solución fácil y obvia. Pero los obstáculos parecían insoslayables: la percepción de amenaza individual y colectiva de los militares; el temor que provocaba el resurgimiento de conflictos que habían llevado a la intervención militar; el miedo al camino insurreccional del Partido Comunista; la resistencia de una parte de la derecha a cualquier cambio; el temor de los empresarios a las transformaciones al modelo de desarrollo; la oposición de parte de la izquierda a emprender un camino que aseguraba la democracia, pero no la sustitución del capitalismo, lo cual era su objetivo principal.
El país tiene una deuda de gratitud con el grupo de políticos generosos, sabios y valientes que lograron organizarse para alcanzar el tránsito pacífico a la democracia. Ellos, entendiendo que la política es el “arte de lo posible”, fueron capaces de posponer lo que seguramente eran sus primeras opciones, en aras de un bien mayor, y así, en un ambiente de polarización e incertidumbre, dieron suficientes garantías de gobernabilidad de modo de vencer el temor a las incertezas del cambio.