Lucía Santa Cruz: “Democracia y encuestas”

En su columna de El Mercurio, la académica de número llama a priorizar la experiencia, la capacidad de gobernar y la construcción de consensos, por sobre la mera popularidad momentánea, como criterios para definir candidaturas presidenciales.

Me preguntaron una vez, en una entrevista, cuándo creía yo que se “había jodido” Chile, y mi respuesta automática fue “cuando el Partido Socialista eligió como su candidato presidencial a quien, en ese momento, era el más popular en las encuestas (el cual, por cierto, perdió la elección) desechando al expresidente Lagos, quien había probado con creces sus capacidades para gobernar. Igualmente, tengo la certeza de que lo más probable es que por encuestas jamás se habría elegido a don Patricio Aylwin como primer candidato presidencial de la Concertación y que esa decisión fue el producto de un análisis político serio, que ponderó todos los complejos factores y desafíos del momento, y estuvo inspirada por una visión no meramente electoralista, sino de largo plazo que resultó providencial. No imagino a nadie más indicado que él para encabezar el exitoso proceso de transición pacífica hacia la democracia.

¿Por qué los resultados de las encuestas no sirven para definir el futuro del país? Porque cada estudio arroja un resultado diferente, ya que es la fotografía de un momento específico y en política “una semana es un tiempo muy largo” y todo puede variar en un instante debido a eventos políticos, escándalos, debates y otros factores; y porque no siempre han sido buenas predictoras de los resultados finales. Más aún, muchas veces los candidatos bien posicionados en las encuestas reciben apoyo meramente por estar arriba, sin que se evalúen realmente sus méritos y corriendo el riesgo de dejar fuera a líderes con propuestas y equipos más aptos para gobernar. Pero para mí la razón principal es que una elección debe dar la posibilidad de que las corrientes de opinión que claramente existen en el país estén representadas, al menos en una primera vuelta, permitiendo un voto que no sea meramente instrumental, sino que muestre las preferencias reales de los electores. En segunda vuelta habrá espacio para el voto oportunista que apuesta a ganador y para elegir el mal menor.

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