Discursos de incorporación

Notas para la comprensión del pluralismo chileno

William Thayer Arteaga 1

Discurso de Incorporación de William Thayer Arteaga como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

El acuerdo que me honra como miembro de la Academia de Ciencias Sociales del Instituto de Chile aviva en mi espíritu el sentido de responsabilidad. La raíz principal de esta responsabilidad es la generosidad y el afecto. Tengo conciencia de que la mayoría de lo que he escrito o realizado me pone en duda ante los méritos de quienes integraron e integran esta elevada corporación. Además, sé que la aceptación reglamentaria del nombramiento me obliga a presentar un trabajo que, al menos, evidencie un esfuerzo honesto por responder a la dignidad conferida. Pretendo cumplir hoy esa exigencia.

Carezco, señoras y señores, de autoridad y títulos para plantarme frente a un público excelente, con una investigación de contenido y conclusiones originales o valiosas sobre un asunto tan debatido y actual como el pluralismo. Sin embargo, la vida misma me ha llevado por senderos variados e interesantes que, en conjunto, constituyen una experiencia digna de comunicarse. Mi infancia y primera juventud transcurrieron en ambientes ideológica y socialmente muy dispares: la capital, la provincia; el colegio congregacionista y el liceo; la clase media, la aristocracia tradicional y la avanzada social; el catolicismo, el liberalismo, la masonería y la teosofía. Los inicios de mi vida universitaria se confunden con los trascendentales debates sobre la guerra civil española, los frentes populares; las pugnas entre falangistas y conservadores, la ANEC (Asociación Nacional de Estudiantes Católicos) y la Universidad Católica en torno a los temas: “unidad de los católicos” y la “mano tendida” a los comunistas. Los últimos años universitarios y los primeros de la vida profesional se insertan en un cuadro no menos apasionante y de tendencias controversiales: La Segunda Guerra Mundial, los gobiernos radicales, la derrota del nazismo, el reparto de influencias entre las democracias occidentales y la Unión Soviética, el debate sobre Maritain, a quien unos seguíamos con entusiasmo y otros motejaban de discípulo de Lammenais o del mismo Satanás. En fin, la vida —juvenil y madura— me llevó a tareas inusuales para una persona, desde recluta de infantería hasta miembro del Consejo de la UNESCO, pasando por las más variadas funciones empresariales, sindicales, académicas, políticas e internacionales, a instancias, bajo el mando, en conflicto o en cooperación con gobiernos de las más opuestas tendencias. 

Esta rica experiencia me ha hecho comprender, sentir, vivir y analizar el pluralismo con sus inmensas ventajas y no pocas dificultades. En especial, me ha resultado evidente que gran parte de los conflictos que suscita la contraposición de criterios en el pluralismo ideológico proviene de una inadecuada consideración de las exigencias propias del pluralismo institucional o del pluralismo funcional: es, a mi juicio, una deficiencia de nuestra democracia, que nos ha creado más de algún problema severo, y estamos en tiempo, oportunidad y obligación de corregir.  

De ahí la razón de ser de mi discurso. Contiene lo que considero una experiencia enriquecedora, quizás desaprovechada y mal expresada, pero que un culto y generoso auditorio sabrá, a pesar de estos defectos, validar. 

1. EL PLURALISMO COMO EXPERIENCIA PERSONAL

Antes de conceptuar el pluralismo e intentar una evaluación de él en Chile, me gustaría considerar, brevemente, cómo lo he visto y sentido respecto de algunas instituciones muy ligadas a mi experiencia particular, entre ellas la Iglesia, la universidad, la empresa, el sindicato, el partido y, en lo internacional, UNESCO. 

a) Una concepción católica  

La profundización de mi conciencia político-social fue posterior ciertamente a la de mi conciencia religioso-moral, fruto de una formación familiar y escolar católica, sin excesos, iniciada en los Sagrados Corazones, y continuada en el Liceo de Viña del Mar.  

Esa educación mixta me estimuló a racionalizar y fortalecer los fundamentos de mis creencias. Pasé un tiempo por los libros de apologética, desde don Julio Restat a Boulanger o monseñor Caro; traté de compensar con lecturas personales la insuficiente formación religiosa del liceo, hasta que descubrí, a través de Olgiati, Karl Adam, Jorgenssen y, después, León Bloy, los Maritain, el tomismo, Teilhard y el Concilio Vaticano II, la línea que juzgué armónica entre una profunda convicción religiosa y un rechazo total del fanatismo. Cada vez más se fue afirmando en mí el deber de proponer con lealtad los ideales, pero no imponerlos. Aprendí en la clase de catecismo las primeras verdades de la fe. “Hay muchas religiones falsas, pero una sola verdadera, que es la religión enseñada por Jesucristo”: esta sentencia la memoricé, y hasta hoy forma parte de mi erudición, mas no de mi cultura. No la vivo así. Soy católico práctico y ojalá fuera buen discípulo de Cristo. Sigo creyendo en la enseñanza de la Iglesia, pero la forma de tenerla por cierta ha evolucionado y hace la diferencia.

Pienso que el catolicismo es esencialmente verdadero. pero, obviamente, no es toda la verdad y no conozco íntegramente ni el catolicismo ni la verdad. Dios es incomprensible, inmutable, inmenso. El misterio no es sino la evidencia a los ojos de la fe de la grandeza de Dios frente a la pequeñez humana. Ahora bien, en muchas otras religiones se nos han presentado ejemplos y aportes de acercamiento a Dios que de alguna manera repiten lo que ocurrió entre judíos y cristianos y la vieja pugna que tuvieron Pedro y Pablo sobre la predicación del Mensaje de Cristo a los gentiles. En suma, la corriente misional y ecuménica del Vaticano II, que predominó sobre otra más dogmática, aunque sin caer en el modernismo, es la forma teológica del pluralismo a la que sinceramente adhiero. El hombre judío, el hombre protestante, el hombre budista, el hombre agnóstico, el hombre ateo, es, ante todo, hombre, un hermano, un pré- jimo, alguien con quien dialogar y alguien a quien exponer mi fe con respeto de la suya. No alguien a quien debo sacar apuradamente del error, pues forma parte de mis convicciones aquello de que una virtud teologal es Dios quien la concede; no es la razón humana que la logra, aunque pueda facilitarla.

Acendrada está en mi pluralismo la distinción entre lo sagrado y lo profano, entre la ciudad de Dios y la ciudad del César, entre lo espiritual y lo temporal, entre la finalidad de la Iglesia y la finalidad del Estado. Por eso me rebelo frente a culquier tentativa de aprovechamiento temporal de los valores religiosos o de ingerencias indebidas del César en el reino de Dios.

La separación de la Iglesia y el Estado fue consagrada en la Constitución de 1925, después de un siglo de reconocimiento del catolicismo como religión oficial del Estado. Juzgada duramente por algunos sectores eclesiásticos y seglares de aquella época, parece haber sido una sabia intuición de las exigencias del pluralismo nacional, compartida por el Presidente Alessandri Palma y el Arzobispo monseñor Crescente Errázuriz. Hoy día no sería concebible un cambio constitucional en sentido inverso. Creo que responden al espíritu del Concilio el anhelo profundo de que las instituciones nacionales se adecuen realmente a los valores sociales de la moral cristiana, que las familias religiosas lo sean de verdad, que los católicos sean ejemplo de humanismo cristiano y lealtad a la Iglesia. Pero no hay un anhelo de ir a disputar la fe a los judíos, protestantes, o provocar polémica a los librepensadores. ¿Quién era el que pedía: “Señor, haz que los ateos se conviertan y que los creyentes sean simpáticos”?

b) Una visión universitaria

La Universidad entró en mi vida hace casi medio siglo. Comunidad humana de maestros y alumnos, especificada como centro de relaciones de docencia, investigación y extensión, supone el más amplio grado de pluralismo intelectual para el desarrollo y profundización de todas las ideas que acepten expresarse y confrontarse en las formas y condiciones propias de la vida académica.

Dificulto que haya una idea, una doctrina, una manera de concebir o de pensar actual o histórica, pero de interés humano, que no reclame su derecho a ser expresada y discutida en la universidad. Ello es consustancial a la vida. académica. Algunos ejemplos: el totalitarismo, el canibalismo, el imperialismo, el racismo, el terrorismo, el nudismo, no podrían ser excluidos de un trata- miento académico, aunque estén legitimamente excluidos del amparo de la ley, la moral y las buenas costumbres, y no sea lícito el constituir organizaciones destinadas a su promoción y aplicación.

Y aquí tocamos uno de los aspectos capitales de las relaciones entre el pluralismo ideológico y el institucional. Ninguna Constitución, por liberal que sea, aceptará la organización de una asociación de caníbales que busque convencer a las mayorías y asumir el poder. Pero un análisis del canibalismo en sus profundas significaciones históricas, culturales, raciales o religiosas, podría ser tema de una tesis de doctorado sobre historia del Derecho, historia de las doctrinas morales comparadas o sociología. ¿Qué otorga a la universidad este fuero? ¿Es acaso su autonomía territorial, ese disparate jurídico y moral que tanto daño nos hizo? ¡No! La respuesta ha de buscarse en la esencia académica de la universidad. Para tener libertad prácticamente ilimitada en el análisis, el cuestionamiento y el estudio, y casi ilimitada-ya lo veremos- en la docencia e investigación, la universidad excluye, por definición, la finalidad de constituirse en centro propugnador de las ideas que examina en su vida académica.

Si algún profesor de mal criterio se entusiasma con el canibalismo, tendrá que buscar fuera de la universidad las vías para llevarlo a la práctica y enfrentar la reacción social ante su dislate. Poca perspectiva tendría una pretendida “Sociedad de Caníbales de Chile, A.G.”, que rechazaría cualquier ordenamiento jurídico civilizado.

La universidad, en cambio, no podrá rechazar el examen de la cuestión si se acomoda a las exigencias propiamente académicas.  

Pero la misma universidad no es un cuerpo homogéneo, no todo puede plantearse en todos sus niveles ni es propio de todas sus funciones.

La docencia de pregrado en cualquier universidad civilizada podrá comprender noticia o información sobre el canibalismo, pero no lo va a enseñar como una doctrina igualmente respetable que la inviolabilidad moral de la persona humana. En cambio, en el nivel de un posgrado o en seminarios o foros llamados a discutir problemas de moral o derecho comparados, algún insólito profesor podrá dar sus argumentos o aún plantear ponencias al respecto, si cumple las exigencias académicas. En este punto la universidad prefiere correr el riesgo de perder el tiempo en el análisis de una ponencia insensata, que cerrar anticipadamente el camino a la libre discusión de las ideas, si se respetan los marcos de la vida académica.

Con lo dicho queda claro que no es función de la universidad el proselitismo; ella no existe como instrumento de propaganda de ninguna idea. Ni siquiera es finalidad propia de la universidad católica la propaganda religiosa. Esta pueden hacerla instituciones eclesiásticas o laicas vinculadas a la acción pastoral que se cumpla en medios o ambientes universitarios, pero no es tarea de la universidad. La predicación del Evangelio necesita de las universidades católicas para otros fines: para la investigación histórica, el desarrollo de las ciencias teológicas, filosóficas, sociológicas, biológicas, físicas o químicas, implicadas en múltiples aspectos del mensaje cristiano. Pero la universidad, aun católica, seguirá siendo esencialmente Universidad.

En este aspecto debemos detenernos porque es necesario precaver un malentendido. Hay quienes piensan que la universalidad del cuestionamiento de las ideas que permite la universidad hace de ésta un ente absolutamente neutro frente a cualquier planteamiento ideológico o moral. No es así. Ni la universidad católica ni la universidad laica es neutra como tal frente a valores ideológicos, morales o sociales que están supuestos en su propia institucionalidad. La Universidad de Chile admite la experimentación con moscas, ratas, o conejos, pero no con niños ni ancianos. La universidad está constituida por hombres que son sujetos de derecho y de comportamiento moral. Su organización está metodológicamente orientada hacia el más amplio desarrollo de la cultura, la ciencia, la filosofía o el arte, pero esa amplitud metodológica no implica una neutralidad moral frente a posiciones que destruyen o desconocen la persona humana y sus derechos esenciales. El sistema universitario juega a la neutralidad moral para asegurar la más amplía objetividad, profundidad y seriedad en la discusión de las ideas, pero no es neutro frente a los valores morales que precisamente la reclaman y justifican. Por eso enseña Derecho Penal y analiza cada uno de los delitos, pero no enseña a ser ladrón, violador u homicida.

c) Una discusión empresarial

La empresa es otra institución de gran significado en la vida moderna.

Prefiero entender por ella en sentido estricto la organización de esfuerzos humanos, apoyada en recursos materiales, que genera bienes o servicios de utilidad social y que se financia con el producto de la comercialización pública de éstos.

i) Lo que constituye distintivamente a la empresa, en mi parecer, es la particularidad de autofinanciarse con el producto de la venta de los servicios. que presta o de los bienes que genera. El lucro o ganancia de los inversionistas o la pura finalidad social, pública o privada, no afectan a la esencia de la actividad empresarial, sólo explican el carácter de quien la organiza: una sociedad anónima, una sociedad de personas, una ley, una corporación, una fundación, una cooperativa, o una persona natural.

ii) Suele pensarse a veces que la universidad es una empresa porque tiene un presupuesto, un patrimonio, un personal, presta servicios, cobra por ellos, etc. Sostengo que la universidad no es empresa ya que no puede pretender autofinanciarse con el precio de los servicios que presta. Es posible que en plazos seculares o pluriseculares en balances de uno o más siglos una sociedad pueda evaluar si alguna universidad se ha justificado o no, como ente productor, a través de los avances que socialmente han reportado sus investigaciones, sus descubrimientos, sus profesionales, su influencia social. Pero la universidad que quisiere autofinanciarse con el producto de los servicios que preste en períodos comerciales (semestres o años) dejaría de ser universidad. Debería renunciar a la enseñanza básica, a las investigaciones prolongadas, a la filosofía, en fin, a todo lo que constituye el sustento de la ciencia aplicada o de la tecnología y con ello perdería la universalidad, esto es, dejaría de ser universidad para transformarse en empresa aceptó el desafío de calcular cuánto dinero traspasó el Estado a la Universidad de Chile durante 142 años, siempre que se evalúe cuál habría sido nuestro desarrollo económico social, científico y cultural sin ella durante igual período.

iii) Suele inducir a error la identificación entre sociedad o compañía y empresa. Quisiera afirmar que la sociedad o compañía es la organización de los capitales que aportan a una empresa quienes son dueños de ellos.

Pero la empresa como tal siempre es una tarea humana que se emprende y supone una relación organizativa de hombres que aportan capitales -que siguen siendo de su propiedad y hombres que aportan trabajo, que es inherente a su personalidad. Estos hombres que aportan algo propio su capital o su trabajo- constituyen, esencialmente, una comunidad humana, que requiere de una autoridad, para tutelar su fin común, o bien común, y resguardar los derechos de quienes son dueños del capital invertido o del trabajo ejecutado. Pero los hombres que trabajan en la empresa no son ni parte de la propiedad aportada ni de la sociedad aportante de capitales. Para ser una u otra cosa habría que reestablecer la esclavitud y retransformar al hombre en objeto de dominio. Por ello, juzgo que la empresa no es objeto de propiedad, sino comunidad humana de trabajo.

iv) El pluralismo propio de la empresa no es ideológico sino funcional. Cada trabajador o funcionario desarrolla una tarea o función propia, específica, distintiva, que engrana con las demás tareas en el cuadro multifacético y articulado de la empresa, y permite generar un producto o servicio de utilidad social. Incluso para la empresa más ideologizada, como podría ser, una editorial, una radioemisora, un canal de televisión, lo esencial es el cumpli miento de la función perseguida y la eficacia que para tal función tiene el trabajo desempeñado por cada uno de los funcionarios (profesor, corrector de pruebas, locutor, revisor, comentarista, etc.).

d) Una tradición sindical

El sindicato es una asociación de trabajadores destinada a la defensa y promoción de los intereses económicos, sociales y culturales comunes de los afiliados. 

Las observaciones que en la perspectiva del pluralismo interesaría hacer son los siguientes:

i) Los intereses comunes de los asociados, que son como la causa eficiente de la asociación sindical, excluyen toda particularidad ideológica o política que los divida. El afiliado mantiene su personal criterio o sentir acerca de la cosa pública, acerca de la mejor manera de regir los destinos de un país, sin que ello sea propio del juicio o las decisiones de su asociación laboral.

ii) La estructura, integración, objetivos y experiencias sindicales no habilitan a la organización sindical de base para opinar con idoneidad sobre las grandes líneas de la política nacional. Ni la asamblea sindical, ni la directiva disponen de los elementos de juicio suficientes para tal efecto. Entiéndase bien: los socios o afiliados individualmente pueden tener cualquier nivel de sabiduría política; pero la asociación como tal no está estructurada para recibirla ni proyectarla.

iii) En la medida en que del sindicato, especialmente el de empresa, se asciende al nivel de las federaciones o confederaciones, se hace más propia la competencia sindical en asuntos de política laboral o cuestiones vinculadas al desarrollo económico-social, sean decisiones de gobierno o normas legislativas. Las organizaciones sindicales de segundo o tercer grado no son parte, regularmente, en la negociación individual ni en los conflictos colectivos. Pero es indiscutible su derecho de participación en los altos asuntos de interés nacional que atañen al mundo del trabajo. Si no existen organismos laborales especializados que permitan esa participación, como las comisiones tripartitas, los consejos de desarrollo, o un consejo económico-social, es fácil que aquellas inquietudes que exceden el nivel propio de los asuntos que pueden resolverse en el ámbito de la empresa o del organismo sindical el primer grado, se canalicen a través de las organizaciones políticas cuya vocación son los problemas de carácter nacional. Si incluso este canal no existiere, es probable que se gesten los peores resentimientos y se incube la fuente de muchas violencias sociales.

iv) Hay una cuestión ideológico-política que se atraviesa en los objetivos de unidad sindical: es la lucha de clases. Para quienes niegan la propiedad privada sobre los medios de producción, el sindicato es un instrumento de lucha de la clase obrera explotada contra la explotación capitalista. Y los sindicatos son inevitablemente revolucionarios, pues el capitalismo, al admitir la propiedad privada de los medios productivos, genera la explotación del hombre por el hombre. La pugna anticapitalista sería la lucha propia de los sindicatos en busca del socialismo integral.

Nuestro ordenamiento jurídico jamás aceptó este criterio. El Código del Trabajo desde 1931 definía los sindicatos como “Instituciones de colaboración mutua entre los factores que contribuyen a la producción”. Hoy día, por lo dispuesto en el Art. 8° de la Constitución, ese concepto se reafirma, siendo ilegal la tentativa de hacer del sindicato un organismo de lucha de clases. Pero nada impide que lo sea “de lucha por la justicia”, como lo planteara S.S. Juan Pablo u en su encíclica Laborem exercens)

e) El ámbito del partido político

El partido político es una asociación de ciudadanos unidos por una ideología común en torno al mejor gobierno de la nación, que busca influir en la opinión y en los poderes públicos para aproximar las preferencias y las conductas a sus criterios e ideologías.

Como es natural, la ideología que se busca llevar adelante a través de la acción de gobierno, o del poder legislativo o de la presión de opinión pública, debe ser conforme al ordenamiento constitucional que rige la sociedad en la cual se da la acción política. El estado no puede ser neutro ante la ideología que respeta el orden democrático y la que lo avasalla. La sociedad no puede ser indiferente a su supervivencia o a su destrucción. En cambio, tiene que estar abierta a su propia reforma. Por eso todas las constituciones contemplan tales normas y son éstas las que deben respetar quienes estén en desacuerdo con algún precepto constitucional. No obstante, hay ciertas bases de la institucionalidad cuyo desconocimiento no podría admitirse como fundamento de una asociación partidista so pretexto de que se desea reformar el orden constitucional. Por ejemplo: el desconocimiento de los derechos humanos o naturales, el establecimiento de razas privilegiadas, la imposición del totalitarismo. De nuevo aquí entra en juego una opción por el pluralismo ilimitado o por el pluralismo limitado. Lo mismo ocurre con toda libertad: una cosa es propiciar un régimen libertario, dentro de un orden nacional, otra muy distinta es propiciar un régimen de libertad sin limitación alguna, para decir hacer lo que a cada cual venga en ganas caprichosamente. Ninguna demasía o abuso del derecho puede admitirse en una sociedad que proteja el bien común de todos sus miembros. Entregar al juego de la opinión pública la libre organización de asociaciones políticas, respetuosas unas de los derechos humanos, desconocedoras otras de los mismos, es autodestruirse. 

Desde el momento en que una asociación que desconozca los derechos humanos llegue a captar suficiente influencia en la opinión pública para instalarse como Gobierno, habría que aceptar un ordenamiento jurídico que al mismo tiempo fuera antijurídico; un orden de derechos que no respetara el derecho. En otras palabras, una organización social cuya finalidad precisa es armonizar los derechos de todos para una convivencia pacífica y progresista, tendría que aceptar como válida una estructura que asegure los derechos de unos y niegue los derechos de otros, como sería el caso del canibalismo, el totalitarismo, el racismo, el cesarismo u otras herejías antihumanas of antidemocráticas.

Una vez más parece necesario reiterar: las ideologías no pueden prohibirse, pero sí pueden proscribirse ciertas asociaciones voluntarias destinadas a propagar ideologías incompatibles con la organización constitucional, o sea, ideologías que no acepten el orden constitucional, ni en cuanto a lo establecido ni en cuanto a los medios para reformarlo o las bases mismas de la institucionalidad, como ser la igualdad humana, la libertad personal, en general, los derechos que emanan de la naturaleza inviolable y espiritual del hombre.

Concedamos que la cuestión no es sencilla, porque no tiene solución clara sin cierto juicio de valor, cuya preferencia puede ser metafísica, religiosa o simplemente histórica, pero cuyo desconocimiento hace imposible la vida social. Por ejemplo, es incontrovertible que la libertad de un ciudadano para ejercer su derecho no puede atropellar el igual derecho de otro. Pero esta norma abstracta y formal, kantiana, debe suponer un criterio para resolver lo que es derecho y lo que no es, y en qué medida mi derecho es compatible con el derecho ajeno. Así, yo puedo ser vegetariano, pero no puedo impedir que otros coman carne animal. Pero si yo creo en el canibalismo, la sociedad no me va a permitir formar una asociación que lo propicie, porque eso sería otorgar derecho para un modo de actuar que desconoce un derecho más importante y principal, como son la igualdad y la dignidad humanas.

Por eso la sociedad se abre generosa al debate cultural. Según las preferencias ha caminado por los jusnaturalismos, historicismos, empirismos, racionalismos y tantos otros “ismos” que nos muestra la Filosofía del Derecho. Pero dice alto! cuando llegamos a algún inhumanismo, como el que le costó al mundo la vergüenza del Holocausto judío y el dolor de la Segunda Guerra Mundial. Sin esa precaución, la libertad se autoelimina y el hombre se cosifica.

f) El pluralismo institucional

Asunto poco examinado entre nosotros es el pluralismo ideológico intrainstitucional. Es propio de todas las instituciones ideológicas -Iglesia, partido, sociedades filosóficas- desarrollar un cierto grado de pluralismo interno, que permite tendencias o sectores en cada una de ellas, siempre que no se rompa la institucionalidad esencial o constitución estatutaria.

Es lo mismo que venía diciendo respecto de la sociedad civil, pero aplicado a entes que se desenvuelven dentro de ella. De nuevo nos topamos con las demasías restrictivas o libertarias. Ninguna institución puede aceptar dentro de ella lo que es incompatible con ella: por ejemplo, una tendencia atea dentro de la Iglesia católica; una doctrina autoritaria dentro del anarquismo; una concepción libertaria y pluralista dentro del totalitarismo; una concepción totalitaria dentro de una democracia pluralista; una tendencia dogmática dentro de la masonería. Con todo, suelen reaparecer, como fantasmas de una situación que hoy juzgamos superada, ciertos fanatismos que se oponen al legítimo pluralismo intrainstitucional, o ciertos liberalismos extremos que atentan contra la institucionalidad de una determinada agrupación humana. Así, por ejemplo, hay agrupaciones políticas que impiden a sus afiliados una opinión pública discrepante del criterio adoptado por la directiva de su partido frente a un problema político determinado. Eso me parece insostenible frente a una democracia pluralista. La disciplina partidaria pueden referirse a la asunción de ciertas responsabilidades políticas -no técnicas o administrativas- de Gobierno, incompatibles con la posición oficial del partido; o a ciertas votaciones, en que pudiera estar comprometida una cuestión esencial que afecte la doctrina básica del partido y que lleve al parlamentario a adoptar entre su deber como miembro de un cuerpo legislativo o militante de una agrupación partidista. Pero la libertad de expresión pública del pensamiento político parece consustancial al libre juego de las opiniones dentro de una democracia pluralista, que no podría reducirse a un esquema de élite, en que sólo las directivas expresan su opinión, sin que exista un control de opinión pública acerca de si ese pensamiento oficial corresponde o no a un sentir de las bases. Es legítimo que sólo la autoridad de una organización pueda representarla en el decir y el hacer. Pero cualquier afiliado ha de tener siempre la libertad de disentir en lo no esencial de la doctrina del partido.

g) El pluralismo internacional

Quiero cerrar esta parte de mi exposición con una referencia al ámbito internacional y proponer una reflexión sobre Naciones Unidas y, en especial, UNESCO, o sea, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Siempre he defendido la utilidad de organismos como UNESCO. No en razón de la eficacia de los acuerdos que adopta, ni mucho menos por la infalibilidad de sus juicios o la perfecta objetividad de sus decisiones. Los estados se componen de hombres y éstos son sujetos de pasiones y errores. Pero estas grandes instituciones acostumbran a la convivencia libre, a la tolerancia. respetuosa dentro de un pluralismo amplio, pero no ilimitado de opiniones. He tenido o mantengo buenos amigos de Togo, Nepal, Egipto, China o Chipre. Los he oído argüir, me han escuchado, hemos tratado y confrontado mil utopías diferentes y aunque en algunos o muchos puntos discrepamos, hay un sedimento o acervo cultural común que se acrecienta en el diálogo. Hay avance de la más legítima tolerancia. Porque el pluralismo de ideologías, de instituciones y de funciones que se evidencia través de la amplia confrontación de ideas y pensamientos de hombres de diversas razas, culturas, y circunstancias geopolíticas va mostrando cada vez más la raíz permanente común y principal de una dignidad humana y de una condición de seres personales, que a todos. nos ampara y enaltece, por encima de cualquier diferencia ideológica, racial o geopolítica. Nos reconocemos como seres humanos; como tales nos tratamos y respetamos. Este humanismo trascendente a cualquier particularidad racial, nacional o ideológica, suele ser menos valorado en países como Chile, dotados de una fuerte unidad sociológica como pueblo. Para ciertos estados plurinacionales o plurirraciales es una condición de su unidad.

2. HACIA UNA METODOLOGÍA PARA EVALUAR EL PLURALISMO

a) El pluralismo emerge como el supuesto común de las sociedades libres modernas. Vivir en libertad es vivir en pluralismo. Pensar oficialmente, organizarse oficialmente, creer oficialmente, crear oficialmente, o sea, conforme a preceptos y exigencias de la autoridad del Estado, nos es insoportable. Equivale a la negación de la libertad y la reimplantación del monismo característico de los sistemas totalitarios.

b) Sin embargo, la expresión pluralismo es resbaladiza y ambigua. Se trabaja con ella, pero cuesta asirla en nuestro idioma. Desde luego, no aparece en el Diccionario de la Lengua que usamos hasta la fecha (Edic. 1970 y su apéndice). Martín Alonso y Ferrater Mora la comentan en su acepción filosófica, referida a la unicidad o miltiplicidad a que, en su última raíz, puedan reducirse las cosas. Así, fueron típicamente pluralistas Anaxágoras, Empedocles, Leucipo y Demócrito, y, por oposición, clásicamente monista, Parménides.

c) En el Diccionario Webster aparece una acepción del pluralismo en sentido sociológico, que aquí nos interesa. Inspirado en ella diría que es un estado de la sociedad en el cual los miembros de los diversos grupos étnicos, religiosos o sociales conservan sus peculiaridades y autonomías culturales e institucionales, pero participan en el desarrollo de la comunidad políticamente organizada, dentro de un ordenamiento constitucional y de una civilización comunes.

d) Así como al pluralismo filosófico se opone el monismo filosófico, juzgo que en la vida moderna se alza un poderoso adversario del pluralismo social: es el totalitarismo o monismo político, que, esencialmente, se caracteriza por disolver todas las legítimas autonomías que configuran al puralismo social -familia, profesión, empresa, sindicato, escuela, municipalidad, etc.-, en la sumisión al poder político del partido oficial, herramienta al servicio del hombre o grupo que detenta el poder.

e) Creo que -al menos en Chile- falta una reflexión suficiente sobre tres aspectos inseparables del pluralismo, que antes mencioné: el funcional, el institucional y el ideológico. Son distintos, pero consustanciales a un ordenamiento libre de la sociedad. Su consideración armónica es un prerrequisito para resolver el delicado asunto de compatibilizar las exigencias personales y sociales de libertad y autoridad que supone una comunidad civilizada, pues, desde luego, el contenido y ámbito del pluralismo ideológico depende del pluralismo institucional.

f) Para penetrar en el significado del pluralismo institucional conviene recordar algunos de los espacios más característicos e importantes de la actividad social que comprometen el destino de las instituciones humanas. 

Estos espacios son:

1. Ámbito de la persona; 2. Ámbito de la familia; 3. Ámbito de la profesión; 4. Ámbito de la empresa; 5. Ámbito del sindicato; 6. Ámbito de la escuela básica; 7. Ámbito de la escuela media; 8. Ámbito de la Universidad; 9. Ámbito del municipio; 10. Ámbito de la iglesia; 11. Ámbito del partido; 12. Ámbito del Estado; 13. Ámbito de la comunidad internacional; 14. Ámbito de los clubes y corporaciones de afiliación voluntaria, sean de carácter social, vocacional, recreativo, artístico, deportivo o de otro orden.

g) La mera enunciación de estos ámbitos de la acción humana nos prepara una visión más lúcida del pluralismo en su doble dimensión: ideológica e institucional. Pero nos queda una tercera, nada despreciable: el pluralismo funcional. ¿Cuáles son las grandes funciones que el hombre busca cumplir en su vida social?, ¿porque constituye distintos tipos de instituciones?, ¿qué necesidades o tareas lo impulsan a una tan variada estructura institucional?

Sabemos que no siempre se crea una institución para cumplir una sola función. La complejidad de la vida colectiva, la idiosincrasia, la cultura, el desarrollo relativo de los pueblos señala múltiples situaciones en que una variedad de funciones es cumplida por una sola institución o, a la inversa, múltiples instituciones cumplen más de una función o bien la desarrollan bajo aspectos o condiciones muy especiales.

Desde el punto de vista de la unicidad o pluralidad de las instituciones que deban llevar a cabo las diversas funciones, éstas podrían ordenarse como sigue:

1. Producción de recursos materiales (alimentación, vestuario, habitación, muebles, útiles, etc.); 2. Trabajo; 3. Educación; 4. Recreación; 5. Comunicación; 6. Transporte; 7. Creación cultural; 8. Seguridad social; 9. Seguridad policial; 10. Seguridad militar; 11. Planificación; 12. Gobierno; 13. Administración; 14. Legislación; 15. Culto y Meditación.

h) Supongamos ahora que en una sociedad pluralista occidental, como Chile, se presentan siete grandes fuerzas políticas: nacionalismo, conservantismo, liberalismo, radicalismo, democracia cristiana, socialismo y comunismo.

Es obvio que tomamos siete corrientes de opinión que han tenido variada significación en nuestro suceder histórico, y de ninguna manera estamos emitiendo un juicio de valor ni de actualidad respecto de ellas.

Supongamos también que, como fuerzas sociales de carácter espiritual o religioso -que no buscan el Gobierno pero que influyen de alguna manera en él, o en las agrupaciones políticas que sí lo buscan- se pueden anotar las siguientes: catolicismo, cristianismo no católico, masonería, ateísmo militante e indiferentismo religioso.

i) Un cuadro como éste, si se analiza con cuidado, no podría criticarse por complicar artificialmente la realidad. En todo caso la simplifica. Sin embargo, refleja algo del verdadero rompecabezas que debe resolver una sociedad democrática y pluralista.

Pienso que está por hacerse un estudio científico y desapasionado de nuestro pluralismo. Imagino que un análisis comparativo de las tendencias políticas y filosóficas que, de manera ejemplar, he mencionado para precisar cómo se comportan frente a los requerimientos de autonomía relativa de los catorce ambientes que, también ejemplarmente indiqué, arrojaría interesantes luces en este fascinante asunto de ciencia política. Desde luego, dificulto que pueda llegarse a la conformación de un cuadro incontrovertible -ni mucho menos- respecto del grado de autonomía política, ideológica o religiosa que las diversas corrientes u organizaciones reconocen o aplican, o se cree que reconocen o aplican, en los ambientes propios de una relación de amistad personal, vinculación familiar, organización profesional, estructuración de una empresa, acción de un sindicato, vida escolar, movimientos universitarios, asociaciones e instituciones religiosas, etc. En Chile, al menos, parece muy acusada la tendencia a ejercer un cierto control de entidades, grupos o ambientes teóricamente reconocidos como neutros, apolíticos o no comprometidos, pero que a poco andar caemos en la cuenta de que constituyen un objetivo atrayente para fines de predominio partidista, apostolado religioso o influencia filosófica.

j) Algo he trabajado en la preparación de un cuadro de pluralismo institucional chileno que, ojalá, pueda servir de estímulo para otros esfuerzos más idóneos que los míos. Con todo, estimo ilustrativo apuntar algunas conclusiones muy preliminares y discutibles.

i) Pareciera ser característico de la tendencia política liberal el mayor respeto al pluralismo ideológico en todo el orden institucional escogido para este ensayo.

ii) Pareciera poco controvertible una tendencia opuesta de los sectores socialistas y comunistas, siendo estos últimos, los más monistas.

iii) En nuestros hábitos se dibuja una tendencia a infiltrar ciertas instituciones con preferencia a otras desde un punto de vista ideológico o político. Así el sindicato, la universidad o el municipio parecen más propicios para la infiltración política que la escuela básica, la empresa o la institución familiar.

iv) La disminución de la mayor edad política de los 21 a los 18 años, indudablemente influye en la infiltración política de los últimos cursos de enseñanza media.

v) Los sectores que propician la lucha de clases proyectan al seno de la empresa sus concepciones en forma de denuncia de la explotación capitalista, utilizando poderosamente la herramienta sindical. En esta línea son, de alguna manera, apoyados por agrupaciones que no participan del concepto de la lucha de clases, pero que incluyen en su metodología de acción el uso y abuso del resentimiento social.

f) Otra línea de análisis interesante se refiere al número de funciones que se asignan a un organismo o al número de organismos que pueden disputarse una misma función. Es ilustrativo imaginar un cuadro similar al antes propuesto que considere las corrientes ideológicas según su criterio sobre la conveniencia o inconveniencia de unificar o multiplicar las instituciones que cumplen las principales funciones de la vida social. Un nuevo análisis comparativo nos permitiría precisar qué corrientes políticas o filosóficas prefieren que haya pluralidad de instituciones para cumplir determinadas funciones sociales, y cuáles consideran preferible o necesario que ellas se realicen por una sola institución central, generalmente el Estado o una entidad de su dependencia.

Fácil será advertir, también, desde este punto de vista, el juego a veces sorprendente de monismos y pluralismos, desde un totalitarismo teórico absoluto hasta un anarquismo utópico refractario a todo control de autoridad.

1) También he tanteado la elaboración de un cuadro sobre las tendencias políticas y filosóficas nacionales según su preferencia por unificar o pluralizar el ejercicio de ciertas funciones básicas en la sociedad.

Juzgo que la preparación científica y cuidadosa de un cuadro tal, que tenga por base encuestas realizadas en diversos sectores sociales, debiera mostrar en torno a la empresa, la educación y ciertos servicios públicos, las zonas principales de diversificación ideológica, en especial en cuanto a admisión o negación de una propiedad privada sobre los medios productivos, de la educación privada o libertad de enseñanza, o de una propiedad o administración privadas de servicios de utilidad pública o aun de servicios públicos.

m) Pero, ciertamente, éstas no son las únicas líneas generadoras de nuestro pluralismo. Interesante es el examen de lo que quisiera llamar la importancia relativa entre ciencia y fe. ¡Cuidado! No estoy entrando en el ámbito de lo que históricamente se llamaron en Chile cuestiones teológicas, o en el delicado asunto de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Invito a reflexionar sobre el número y alcance de las diferencias de opinión, opción y actitud derivadas exclusiva o primordialmente de creer o no creer en la eficiencia de ciertos medios para modificar el comportamiento ajeno en la vida social. Hay quienes juzgan que el diálogo, la persuasión, el raciocinio, la información, la bondad en el trato, la franqueza, la educación y otros medios humanistas de influir en la conducta ajena, son los que deben privilegiarse a todo trance. Otros juzgan que la eficacia está reservada para la soluciones de fuerza y de presión, sean éstas pacíficas o violentas. Son formas de presión pacífica la desobediencia civil y el paro. Son formas de presión violenta el sabotaje, el asesinato político, la rebelión armada, etc. Me parece que, dentro del universo de opiniones pluralistas chilenas y, en particular, en relación con el anhelo tan mayoritariamente compartido de establecer una plenitud democrática, pluralista y estable, resalta de manera principal una cuestión de fe, de creencia en la eficacia de ciertos métodos de acción para modificar la conducta de quienes ejercen el poder en determinadas circunstancias. De alguna manera las actitudes revolucionarias frente al cambio social o político, no sólo se determinan por un anhelo de sustitución radical del sistema establecido para provocar el cambio revolucionario en un sentido global o totalizador, sino en cuanto prefieren estas actitudes aquellos que desesperan de la posibilidad de obtener rectificaciones de una determinada conducta política por vías que no sean la presión en lugar de la razón. Naturalmente que, correlativa a esta actitud de desesperanza en los medios racionales, debe destacarse la desatención de los argumentos de razón por parte de los que ejercen el poder.

n) Otro factor del pluralismo político, no siempre advertido, radica en la posibilidad de influir. Quienes se consideran lejos del poder suelen ser más propensos a posiciones demagógicas, utópicas o místicas. Tienden con demasiada ligereza a esperarlo todo o a perder toda esperanza; a construir grandes ilusiones o a caer en profundas desilusiones. Pesar matices, apreciar posibilidades, valorar actitudes en situaciones complejas, es más propia de quienes han vivido experiencias de mando y conocen todos los resortes que pueden accionarse para influir en él.

Indudablemente que una democracia es, por definición, un régimen permeable a la persuasión, a las influencias racionales, al cambio por raciocinio e información, o por esa forma de presión racional que consiste en la opinión pública y que se expresa a través del voto popular y su consiguiente efecto en la estructura de los poderes del Estado.

o) Esta mayor o menor fe en la posibilidad de influir, o en el efecto que los medios racionales han de producir en el comportamiento de las autoridades no sólo caracteriza a las personas sino a los pueblos. Un país, como es el caso de Chile, que en corto espacio de tiempo, ha visto turnarse en el poder toda suerte de combinaciones políticas: gobiernos civiles y militares; de facto y constitucionales; de derecha, de centro o izquierda; nacionalistas o internacionalistas; técnicos o políticos, debería disponer de suficiente capacidad crítica frente a los mesianismos, las utopías o las soluciones mágicas.

Sin embargo, siempre subsiste una capacidad de olvido, una cierta dosis de ilusión, una extraña ley de las segundas oportunidades como si fueran primeras, en forma que el país parece no aprovechar su experiencia para fundar en ella lo que legítimamente debe denominarse madurez política. En estos desajustes entre la realidad y la ilusión juegan papeles no deleznables las demasías juveniles, el oportunismo, los intereses de los mayores, la tentación de la demagogia y la ignorancia de la historia.

p) Sobre esto quiero insistir. Quienes conocen la historia de las grandes transformaciones sociales; el origen, desarrollo y secuela de las revoluciones o de las evoluciones; el juicio comparativo de los contemporáneos y de la posteridad sobre los gobiernos y los líderes, y la veleidad de las reacciones populares, han de reaccionar de diversa manera que los ignorantes de los mismos hechos o quienes los desprecian y se comportan como si nada hubieran aprendido.

q) En ese examen, sería grave olvidar un cierto pluralismo moral. Unos anteponen el interés de la patria a todo otro valor. Muchos, en cambio, prefieren el interés personal o de su grupo, de sus amigos o de su imagen, o de su partido. Una forma algo idealizada de esa soberbia o mezquindad, es el fanatismo: juzgar perfecta, infalible, inmodificable una idea, no tanto por su valor intrínseco, sino por ser la propia idea. Así es como el egoísmo y el altruismo cristalizan en diferentes opciones sociales, que matizan o complican también el cuadro de nuestro pluralismo nacional.

r) Por último, es importante precaverse de una tentación: la de enjuiciar el pluralismo como algo estático, inmóvil, sin atender a las variaciones que evidencia en nosotros y en los demás. ¿Cómo ha visto, vivido o entendido cada ciudadano el pluralismo a través de su existencia? ¿Cómo se ha desenvuelto el sentido de la fe en las propias convicciones, de la tolerancia frente a las convicciones ajenas, en definitiva, el pluralismo de los chilenos a través del tiempo? El tema es fecundo, y apasiona la forma en que lo aborda Gonzalo Vial, cuando trata de La ruptura del consenso doctrinario, en su Historia de Chile (V., tomo 1, pág. 31, y siguientes). A través del tiempo diría Ortega, “cambiamos yo y mi circunstancia”, el pluralismo de los hombres y el de las instituciones. Más aún: podríamos decir que el pluralismo es, en definitiva, un punto de vista para examinar la historia. En Chile la sola referencia a épocas tales como Patria Vieja, Reconquista, Gobierno de O’Higgins, Anarquía, Federalismo, período pelucón, período liberal, etc., es una invitación a considerar la manera cómo las diferentes ideologías jugaban según la evolución de las instituciones y la comprensión y énfasis en las funciones. A escala universal, el helenismo, la expansión del imperio romano, el desarrollo del cristianismo, las invasiones. bárbaras, las pugnas entre el emperador y la Iglesia, el Renacimiento, la Reforma, la Contrarreforma, la conquista de América, la independencia norteamericana, la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas, la independencia de las naciones latinoamericanas, las dos guerras mundiales, son momentos y situaciones que han enfrentado el choque de culturas y planteado el problema dramático de comprenderse o destruirse. Releer en estos días los orígenes de la Iglesia Católica, el proceso de la formación del dogma, en medio de la lucha contra las diversas herejías, aparece aleccionador. Hoy es fácil discernir entre la ortodoxia y aquellas herejías, pero entonces no era tan sencillo optar entre el emperador monofisista, campeón de la Cristiandad y el lejano obispo de la Iglesia de Roma. Terribles y dolorosos problemas vivió la naciente Iglesia por la inevitable persecución de los emperadores pagano, crueles y psicópatas algunas veces, pero sencillamente defensores del “orden vigente”, otras. Sin embargo, cuando del Edicto de Milán -en que Constantino y Licinio proclamaron, como en cualquier constitución de los siglos XIX y xx, el respeto a toda manifestación religiosa- se pasó a la prohibición del ejercicio público de los ritos paganos y, a veces, incluso del culto privado del paganismo, el asunto cambió sustancialmente, para culminar en el terrible problema del emperador vigía de la ortodoxia. Como dice Hughes: “¿Acaso ahora se contentaría como cristiano, con sentarse en un banco y dejar que le enseñaran su catecismo….? ¿Podría alguien humanamente esperar que el omnipotente emperador se aviniese a ser un simple individuo en la vida de este imperio espiritual radicado dentro de su propio imperio?”. Es claro que no. Y por siglos perduraron los problemas de poderes entre el emperador y papa, que hoy día denominamos, a veces eufemísticamente, “Relaciones entre Iglesia y Estado”.

La historia de la lucha por el pluralismo es larga.

La historia de la Iglesia, como de los imperios de Occidente y Oriente; la historia de la Filosofía, de las Ciencias o de las universidades; de la ortodoxia y de las herejías, de los partidos, de las clases, de las razas, las religiones o los pueblos, es la historia del pluralismo, esta forma de relacionarse que también se acuñó en Chile y hoy es un dato imperativo de nuestra convivencia, que SE se acuñó en Chile y hoy es un dato imperativo de nuestra convivencia, que necesitamos entender, manejar y respetar para que los chilenos vivamos en paz y progreso.

Para otras voces más autorizadas queda el análisis que quizá convendría llamar ontológico y aun epistemológico del pluralismo. Me cuento entre aquellos -afortunadamente muchísimos- que fundamentan su pensamiento en el principio de identidad. Creo que la realidad es una, que el ser es uno e idéntico a sí mismo y que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Jurgo, por ende, que si la única tarea del hombre sobre la tierra consistiera en aprehender la realidad, y si este objetivo fuera plena e infaliblemente logrado por todos los hombres y siempre, no tendría sentido el pluralismo.

Pero acontece que la tarea del hombre sobre la tierra, primero, no es sólo intelectual, sino también moral. No sólo un saber, sino un quehacer. Además, el esfuerzo intelectual siempre es una tentativa inacabada y sujeta a error. Nadie puede erguirse con la verdad infalible y total. Aún más, para muchos de nosotros es de fe que la inteligencia humana, herida por la llaga del pecado, realiza un difícil ascenso desde el abismo de la ignorancia a una pequeña porción de sabiduría.

Y si esto ocurre en el orden del saber, queda el mundo del hacer. Construir la sociedad más adecuada a su querer específico, es una tarea por definición pluralista. Nada puede dogmatizarse al respecto. Sin duda hay principios en los cuales ojalá todos concordáramos. Pero, aun partiendo de un ideal común, es largo, azaroso y dudoso el camino para construir la forma de convivencia que haga justicia a las condiciones históricas, la idiosincrasia y los anhelos propios de cada pueblo. Desconocer esta limitante pluralista de nuestra tarea social nos conduce a arremeter en lugar de concertar. Sobre ello no quiso prevenir UNESCO en el inolvidable encabezamiento de su carta constitutiva: Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erguirse los baluartes de la paz.

Por eso, al ser honrado con la designación de miembro de esta ilustre Academia, he juzgado oportuno contribuir a ella con estas modestas Notas para una comprensión del pluralismo chileno. Sólo las inspira el anhelo de ser fieles a esa Oración Simple de San Francisco, la que creyentes y no creyentes, sin pensar evocamos al buscar el entendimiento y rechazar la violencia:

Señor, haced de mí un instrumento de vuestra paz.

Que allí donde haya odio yo ponga amor.

ANEXO

Los cuadros sobre pluralismo institucional y funcional a que se hace alusión. en los párrafos 9 y 12 de esta exposición, son materia de un estudio separado, pero se incluyen como anexo a manera ilustrativa:

PLURALISMO INSTITUCIONAL SEGUN LAS IDEOLOGÍAS

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PLURALISMO FUNCIONAL SEGÚN LAS IDEOLOGÍAS

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NOTAS

Confieso mi desilusión cuando vi desaparecer en el texto de la Constitución que nos rige el concepto de empresa “comunidad humana de trabajo” que había consagrado el Acta Constitucional N°3. Por motivos que respeto, pero no comparto, el Consejo de Estado prefirió suprimir ese concepto por siete votos contra seis a fin de no comprometerse en el delicado asunto conceptual de la naturaleza jurídica de la empresa.

Hughes, Phillips, Sintesis de Historia de la Iglesias, Edit. Herder; Barcelona, 1981, p. 40.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

La naturaleza de este trabajo supone más el aprovechamiento de una larga experiencia en actividades, lecturas y contactos personales, que una investigación específica sobre el asunto.

De todos modos, deseo dejar constancia de algunas obras que, de manera especial, han ilustrado el criterio y las opiniones del autor:

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Segunda Fila (Testimonio inédito sobre un período de la Historia de Chile).