El académico de número aborda los cambios significativos en el enfoque de las políticas educativas en Chile en su columna de El Mercurio.
Últimamente vuelve a producirse un clima de acuerdos político-técnicos en materias educacionales. Es un cambio importante. En vez del ambiente crispado, lleno de controversias y sin soluciones a la vista, aparecen ahora una serie de iniciativas que cuentan con respaldo transversal.
Así, por ejemplo, a las voces que venían reclamando correcciones y mejoras al Sistema de Admisión Escolar (SAE), se agregó en días recientes el Informe de Recomendaciones consensuado por una Mesa Técnica convocada por el Ministerio de Educación. Este propone un conjunto de medidas para garantizar que el sistema funcione más acorde con las expectativas de la gente que, al momento, desconfían de su funcionamiento.
En efecto, según un estudio de la Universidad de Chile (CIAE) de marzo pasado, predominan “actitudes negativas hacia el SAE, asociadas con desconfianza, desempoderamiento y un sentimiento de descualificación”. Es considerado poco transparente. Muchos padres tienen una sensación de pérdida de control sobre un aspecto tan vital como la educación de sus hijos. Y, si bien se valora su carácter tecnológico, es percibido como un sistema frío e impersonal insensible a las necesidades particulares de cada familia/niño.