José Joaquín Brunner: “Optimismo y pesimismo del análisis político”

El académico de número analiza en este ensayo publicado en El Líbero el rol de los medios y la política internacional.

Me excusarán los medios que generosamente publican mis reflexiones si digo que estas semanas de vacaciones casi he dejado de leer noticias locales para concentrarme en la prensa y TV internacional.  Fue como pasar de las que antes llamábamos“peleas de barrio”—hoy son guerras narco con muertos de verdad—a unos dramas que mis colegas de las ciencias sociales y humanidades designan con términos dramáticos como epocales, de alcance civilizatorio, mutantes del orden mundial, propios de crisis planetaria, verdaderos asaltos a la razón. Y así por delante.

¿Ocaso de una época?

En efecto, al sumergirse uno en la prensa foránea se tiene la impresión de que estamos “al final de algo” para usar otro de esos clichés que hacen moda en la academia y entre los talking heads (cabezas parlantes, locutores o locutoras de TV devenidos celebridades). ¿Al final de qué? (¿De todo, una época o una mala época, los tiempos, la democracia liberal, un orden internacional gobernado por reglas, los equilibrios de poder, la modernidad, el capitalismo, el neoliberalismo, la humanidad como hasta ahora ha existido, o una mezcla simultánea de todo eso?).

Efectivamente, el cliché de que estamos al final de algo y que aún no amanece lo nuevo, nos persigue en todos los frentes: en las conversaciones cultas y en el medio ambiente mediático; en los discursos parlamentarios y en las conversaciones de café. Como dijo un famoso historiador británico ya muerto, pareciera que el piso bajo nuestros pies se estuviera moviendo y que ese movimiento telúrico nos deja con una terrible sensación de incertidumbre e inseguridad.

En verdad, si parece cierto que los “grandes relatos” de la modernidad—o sea, de la razón y el progreso, del avance irresistible de las ciencias y la autonomía personal, del liberalismo y el socialismo, etcétera—han empezado a desaparecer con el confuso arribo de la posmodernidad, no es menos cierto que en reemplazo surge otra “gran narrativa” (occidental al menos); esta sobre el fin de la historia.

Pero ahora con un sentido mucho más radical que el de Fukuyama quien—con su tesis sobre el triunfo rimbombante de la democracia y el capitalismo tras la disolución del imperio soviético, hace algo más de tres décadas—en cualquier caso, no pudo equivocarse más certeramente. Pues, en verdad, la historia siguió adelante al galope y hoy el siempre débil eslabón entre capitalismo y democracia liberal se ve más frágil que nunca antes en los últimos 80 años. Al contrario, están en ascenso los autoritarismos. Y la historia se repite con otros actores y aliados: Rusia y Putin, China y Xi, India y Modi, USA y Trump, Netanyahu e Israel. Estos son los nuevos, dispares, imperios del imaginario autoritario, igual como ocurría hace un siglo en una atormentada Europa que, tampoco entonces imaginó lo que le esperaba.  Marchaba, otra vez, sonámbula hacia una segunda guerra mundial.

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