El académico de número examina la transformación de la sociedad chilena, en su columna de El Mercurio.
Las observaciones —llamemos observaciones a lo que en realidad son desprecios— del encargado de la campaña de Jara respecto de Parisi y el PDG, revelan cuán desconcertada parece estar cierta cultura de izquierda con el paisaje actual de la sociedad chilena.
Tradicionalmente, la izquierda ha concebido su base social de apoyo como clase trabajadora, es decir, como el conjunto de quienes tienen como único capital, por llamarlo así, su quehacer laboral ejecutado a cambio de un salario. La idea subyacente a esa caracterización es, por supuesto, que ese conjunto configura una clase con intereses comunes que se trata de promover. Esos intereses irían desde el cambio en su posición de poder (en la versión más radical, hoy casi olvidada, la expropiación de los medios de producción) a la mejora progresiva de sus condiciones materiales de existencia (mediante un papel más activo del Estado y la concesión de derechos sociales como lo sugeriría un programa socialdemócrata).
Pero esa base social se ha desdibujado.