Discurso de Incorporación de Pedro Alejandro Gandolfo como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

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“Un Breve elogio a la memoria”

Agradecimientos

Miembros de la Academia que tuvieron la generosidad de elegirme como miembro de esta distinguida Academia.

A su directorio: José Luis Cea Egaña, Patricia Matte Larrain y a Jaime Antúnez Aldunate.

A los amigos y amigas presentes.

A mis padres y a mi familia, en particular a Rafael Gandolfo Barón, filósofo y sacerdote de los Sagrados Corazones, cuya sabiduría, sensibilidad hacia las artes y profunda religiosidad irradió e irradia hacia todos nosotros.

Amparándome en el título de mi discurso un breve elogio a la memoria quisiera traer precisamente a la memoria (una bella expresión), a modo de homenaje, a la persona que me antecediera como Miembro Número catorce de esta Academia, me refiero, a don Félix Schwartzmann Turkenich (1913-2014). A pesar de que no tuve el gusto de conocerlo, a medida que me familiarizo con su obra percibo, con algo mas que pudor, el gran honor que se me concede al ocupar ese sillón, puesto que Don Félix fue un gigante en el trabajo intelectual tanto en su obra escrita como en su dedicación rigurosa y constante a la docencia. Guardando la distancia de las distancias, casi abismal, hay algunos rasgos de afinidad y admiración:

1) Don Félix, si bien llevó a cabo estudios formales de filosofía, desplegó su obra, movido por una curiosidad insaciable, desbordando los márgenes disciplinarios estrictamente acotados tan propios de la práctica profesional de la filosofía usual y se adentró en las ciencias, la historia, la sociología y las artes. Esto le permitió emprender obras de gran envergadura como El sentimiento de lo humano en América (1951-1953) Teoría de la expresión (1987) obra fascinante cuya solo comentario coparía la totalidad de este discurso (recomiendo sus consideraciones sobre la fina expresividad de los ojos de madame chauchat, una de las protagonistas de La montaña Mágica). En 1992, publicó El Libro de las Revoluciones, y al año siguiente su obra Autoconocimiento en Occidente. En 1994, en su incansable ejercicio de pensamiento, edita El discurso del método de Einstein, obra en la que realizó una severa crítica de los fundamentos epistemológicos de la ciencia moderna. Con la publicación en el 2000 de “Historia del universo y conciencia”, Schwartzmann continuó la ruta que ya había trazado en sus últimas obras. En el 2001 obtuvo el Premio Municipal de Ensayo por su trabajo “Historia del Universo y la conciencia”, en el cual explora la índole del saber exacto como una historia multidimensional de las Ciencias.

2) A mi parecer, Félix Schwartzmann fue uno de los grandes cultivadores del ensayo en Chile, un genero riquísimo (que suele confundirse con diletantismo) adecuado perfectamente a su libertad de espíritu, erudición y pensamiento.

3) quisiera, además, destacar su gran entrega a la docencia, en la facultad de filosofía y letras de la universidad u de chile, en el instituto de filosofía de la universidad de Santiago (y en otras universidades chilenas, latinoamericanas y europeas). Sus cursos, aunque afines, siempre versaban sobre un asunto distinto y sólidamente estructurado, lo que revela la profundidad y versatilidad de su saber.

En 1993, como reconocimiento de sus méritos, recibió el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales.

Un elogio a la memoria ¿por qué debería ser elogiada? Considero que, entre las tres clásicas facultades del alma – la inteligencia, la voluntad y la memoria – las múltiples virtudes de esta última no aparecen de manera patente. Al contrario, mas bien resulta víctima de un cierto ofuscamiento época, que no pretendo dilucidar por completo ahora de modo alguno, pero si me da pie para hablar de ella encomiosamente.

1) Apenas pude dedicarme a la redacción de este discurso me di cuenta que tras la humilde fachada de mi titulo se ocultaba una intrincada y barroca cadena de mitos, reflexiones e imágenes que formaban una morada muy singular a veces semejante a un vasto palacio, otras a una caverna de innumerables túneles y vericuetos o a una torre altiva que nos comunica con lo sagrado. La memoria, en Occidente al menos, tiene una historia remota durante la cual ha mutando su rostro, en apariencia, desde la Antigüedad hasta nuestros días. Desde luego, no busco aquí hacer un recuento – una memoria de la memoria- ni siquiera somero de ese devenir, entre otras cosas, porque pondría en riesgo severamente la brevedad de este Elogio prometida en el título.

2) Elogio a la memoria, ante todo, porque es ella las que nos coloca en relación con el tiempo, esa misteriosa dimensión de nuestra existencia. Hay tiempo, porque el ser humano puede percibirlo y puede percibirlo porque posee memoria. La memoria es el órgano del tiempo. Sin memoria quedaríamos ciegos a ese fluir que envuelve todas las cosas y a nosotros mismos y que solo cesa al morir, como describe maravillosamente Lampedusa en el penúltimo capítulo de El Gatopardo. Es la memoria la que permite, aunque parcialmente, traer al presente el tiempo del ser, por excelencia el pasado y futuro. De igual modo que el tiempo, como el dios Jano de los romanos, la memoria tiene dos caras, mira a esos dos lados del devenir. Es solo en cuanto percibimos el tiempo como un vector puramente lineal, como una flecha que se dirige implacable hacia adelante, es que se la suele vincular tan solo con el pasado y, entonces, recordar pasa a ser una suerte de viaje hacia éste del que se vuelve con algún vestigio suyo, almacenado por ella misma en oscuros penetrables. Pero en las culturas en que prevaleció o en las visiones en que sobrevive una percepción circular de tiempo, en cambio, la memoria también comunicación con el futuro. El Mnemon, el cultivador de la memoria, hacia el pasado, canta los “acontecimientos inmemoriales”, es decir, que se hallan fuera de la memoria próxima de la comunidad y del individuo, hacia el futuro, es el oráculo, el chamán, el adivino, quien inspirado por la memoria, es capaz de predecir el porvenir. Esta circularidad del tiempo y, por ende, de la memoria aparece también entre los contemporáneos como una preocupación esencial. Así el poeta canta:

“El tiempo presente y el tiempo pasado
están quizá presentes los dos en el tiempo futuro
y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.” (T.S. Eliot, Burnt Norton)

Magnifico atributo este capaz atisbar los giros de esa rueda. No en vano, pues, en la Grecia antigua, se la personificó como una deidad principal, Mnemosina.

3) Elogio porque nunca es absoluta, completa, objetiva y servil a nuestros deseos. En nuestra vida cotidiana, espontáneamente, nuestra memoria se rige por leyes caprichosas o posee una inteligencia propia de modo que es todavía, en buena medida, sorprendente para la ciencia actual la manera en que esa facultad opera y va tejiendo una identidad en medio de esa pluralidad cambiante que somos cada cual. “Una vida siempre cambiante, multiforme e inabarcable. Aquí están los campos de mi memoria y sus innumerables antros y cavernas llenos de toda clase de cosas imposibles de contar” (San Agustín de Hipona, libro x, capítulo 17).

Nunca podemos estar seguro qué recordaremos y qué olvidaremos, porque la memoria no depende completamente de nuestra voluntad; así, aunque no lo quiera recordaré ciertas momentos que ignoro que recordare, que en su momento me parecieron banales, y olvidaré otros momentos que desconozco o tantísimas cosas que amaría no olvidar y recordaré lo que ni sabía que había olvidado ni quería recordar. “Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo”, señala Borges en “La memoria de Shakespeare”. Y en “Funes, el memorioso”, subraya “La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas.”

4) La elogio, además, ya que la memoria no se puede concebir sin su contraparte, el olvido, que como su hermano siamés, también es digno del mayor elogio.

Hay que pensar el olvido, porque el olvido es lo más olvidado. No olvidamos todo ni del todo pero si olvidamos mucho. Hay una parte de lo que olvidamos que lo perderemos para siempre; olvidar es entonces perecer, es la aniquilación. Una parte importante de lo que estoy viviendo ahora será definitivamente olvidado, lo sé. Será Nada. Otra pequeñísima parte permanece guardada en la memoria aunque solo como si fuese una grabación parcial y fragmentaria. A través de la memoria podemos recordar, es decir, traer al presente ese pecio de lo que fuimos hasta lo que somos: el recuerdo.

Que la vida que vivimos se deshaga en el olvido es uno de los rasgos más impresionantes de esa vida.

Si el olvido, que tiene el sabor amargo de asegurarnos que vamos a olvidar incluso el rostro de los seres más queridos, por otro lado, es un regalo amable de Dios, porque va borrando las huellas dolorosas de las agresiones, de la enfermedad, de la brutalidad, de la ausencia hasta que, finalmente, nos olvidamos de que olvidamos.

El olvido es el perdonar. El que olvida, perdona. El que olvida deja ir, se desprende del dolor, suelta la herida, corta el rencor.

5) Elogio a la memoria porque también respecto de nosotros permite prolongar en el presente, aunque sea de manera provisoria, sentimientos respecto de personas, cosas y lugares ya perecidos hace tanto tiempo bajo la forma de la evocación, la nostalgia y el duelo, lo cual es, al menos, un consuelo de su ausencia definitiva. Y la elogio también, porque ella es la que fragua, con los mismos materiales del pasado, a veces de manera no menos exacta y precisa que en el recuerdo, alguna figura concreta que darle al futuro, anticiparlo bajo las formas de la ansiedad, la esperanza, el miedo, el deseo o la ensoñaciones despreocupada, cualquiera mejor cosa que el vacío. En ciertas oportunidades, como sostiene Marcel Proust, la memoria se enferma y el presente se hace estrecho porque dentro de él no caben ya tantas inquietudes o remembranzas provenientes del pasado acumuladas a las preocupaciones o promesas del porvenir, estos invitados que ella convida permanentemente a la cena de nuestra morada, sus dos movimientos a través de los cuales va tejiendo el tapiz de nuestros días.

6) Elogio a la memoria porque es gracias a ella que conservamos la propia identidad. Al despertar cada mañana ¿Como sabemos que somos el mismo que nos quedamos dormidos al anochecer? O si nos desmayamos o somos anestesiados ¿quién sino ella establece la ilación entre el momento que perdemos la conciencia y el en que la recuperamos? Gracias a ella, y a pesar de los cambios a los que nos someten los días y las edades, somos uno y no multiplicidad de seres que van muriendo y volviendo a nacer.

7) Elogio a la memoria porque si la condición humana se construye como una sucesión de separaciones y reencuentros, el conocimiento del Otro es siempre un reconocimiento (llamado por los griegos, anagnórisis, que es, en mi opinión, una de las grandes figuras de la literatura Y de la Vida!) Aunque sea de la mañana a la tarde sería una pesadilla imaginar que no lográramos reconocer a nuestra mujer o nuestros hijos y viceversa, porque los olvidamos o fuimos olvidados por ellos. Todavía más, la memoria es digna de todo elogio porque, aunque hayan transcurrido 20 años de separación (como ocurre al final de “La Odisea” y al final de “En busca del tiempo perdido”, para nombrar dos obras predilectas) es capaz de atravesar las mascaras del tiempo, los disfraces que este indefectiblemente nos coloca y por ella podemos reconocer al ser amado en lo singular e inconmovible que posee bajo aquellos ropajes que lo esconden. Así, venciendo resistencias, Homero nos hace conmovernos cuando Penélope termina por reconocer a Odiseo, ya un viejo mendigo, y Proust, cuando Marcel, el narrador, reconoce en una Señora elegante a la Gilberte de su adoslecencia.

Aprovecho a mencionar una las mas bellas anagnórisis que conozco, la que ocurre al final de “Luces de la ciudad”, de Charles Chaplin, cuando la florista, que ha recuperado la visión gracias a Charlot, un mendigo, logra recocer al millonario en él gracias a la memoria depositada solo en las yemas de los dedos que se rozan por un instante.

7) Elogio a la memoria, simplemente, porque sin ella no podríamos escuchar música (incluso podría decirse, que por ella la música existe) y cada sonido perecería aislado uno del otro. Y lo mismo ocurre con cualquiera otra obra humana que se despliegue en el tiempo, como lo hacen una anécdota, un cuento, una novela, e incluso un ensayo o sistema filosófico, o una simple conversación, todos ellos entrañables amigos.

8) La elogio, además, ya que es ella la que nos comunica con el mundo onírico. El sueño es algo que recordamos cuando hemos despertado y existe en la medida que lo recordamos. Sin la memoria, perderíamos todo aquello que nuestra mente, durante el dormir, es capaz de imaginar, repasar, reelaborar y recuperar de lo vivido. El sueño es una alucinación que ocurre mientras dormimos y sabemos de ella porque despertamos y la recordamos. Es una alucinación solo desde el punto de vista de la vigilia pero no para el soñante que la experimenta como una realidad extraña, alterada, no equivalente a la vigilia, pero realidad. En el sueño estamos arrojados en un mundo enrarecido que no lo escogemos ni controlamos. Si los sueños no suelen tener la continuidad entre unos y otros que tienen los días y sus rutinas, en cambio se percibe una continuidad entre lo soñado y lo consciente porque es durante la vigilia que se recuerda lo soñado. Así, Si yo en otra vida (suponiendo que la haya) recordara esta, por vaga y extraña que me pareciera, quería decir que entre y una y otra hay un substrato común. El yo soñante sobrevive (porque hay vestigios de él luego de despertar) y porque en ese recuerdo aparece él mismo yo que sueña como una suerte de personaje de los propios sueños.

9) Elogio a la memoria toda vez que es capaz de disminuir la aceleración del tiempo y, a ratos, quedándose en suspenso, latente, podemos reposar en lo presente, no en el instante que es fugaz, sino en el ahora -concediéndonos una holgura, una pausa- para observar y admirar nuestra propia circunstancia, como si hubiésemos ascendido a una colina y observar el conjunto de la propia vida.

10) La elogio, además, porque en los casos en que se la perdido y recuperado, a raíz de un trauma, por ejemplo, ella puede alcanzar de modo paradójico a la no-memoria, a la amnesia (que es distinta al olvido) como lo revela la siguiente cita (contextualizar la cita)

“La noche avanzaba. Vi el cielo, algunas estrellas, y no poco de verdor. Aquella primera sensación fue un momento delicioso. No me sentía a mi mismo más que por ella. Nacía en ese instante a la vida, y me parecía que con mi ligera existencia llenaba todos los objetos que percibía. Entero en el momento presente, no me acordaba de nada; no tenía clara noción de mi individualidad ni la menor idea de lo que acababa de ocurrirme; no sabia ni quien era ni donde estaba; no sentía ni mal ni temor ni inquietud. Veía correr mi sangre como habría visto correr un riachuelo, sin pensar siquiera que esa sangre me pertenecía. Sentía en todo mi ser una calma arrebatadora a la que nada comparable encuentro, cuando la recuerdo” (Las ensoñaciones de un paseante solitario, J.J. Rousseau, p 41). “Cuando la recuerdo”, dice el texto, como si la memoria hubiese encontrado un pasaje secreto hacia el momento desmemoriado.

11) Elogio a la memoria, en fin, porque es una fuente inevitable y acaso central en la creatividad o fertilidad del alma. Los griegos de la antigüedad formularon este pensamiento a través de un mito, es decir, contando una historia en la cuál la memoria aparece como la madre de las musas. ¿De qué manera se consuma esta maternidad?

Pienso, ante todo, que ese engendramiento necesita holgura, vastedad. El almacén de la memoria es enorme pero tiene una capacidad limitada, de modo que cada vez que un espacio útil queda vacante porque el ingenio humano ha inventado una tecnología que prolonga artificialmente esa capacidad (como la escritura o el libro impreso) se generan saltos gigantes de creatividad. El ocio, la vacancia en la memoria, parece, así, poner a bailar a las musas.

Pero, además, de esa holgura, la memoria debe ser puesta en ejercicio, en un oficio de introversión y ensimismamiento. Sea en Agustín de Hipona, en libro x de “Las confesiones”, sea al inicio de “Las moradas”, de Teresa de Ávila, sea en la totalidad de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, la búsqueda de aquello que libera al artista de la sequedad, de la tierra baldía, la búsqueda de aquello que lo nutre, es una búsqueda siempre interior, no es un extraversión, no es un mirar más allá de la propia memoria, como si lo que esperamos encontrar pudiera hallarse en alguna cosa, persona o lugar, o provenir desde un lugar fuera de nuestra interioridad.

Para Marcel Proust -quien además de narrar formuló una estética-todo artista se caracteriza por poseer un instinto propio, una facultad especifica, la que llamó precisamente “memoria involuntaria” o, en otros escritos, “memoria del arte”(, como sea, estableció un nexo entre memoria y arte que significa una vuelta hacia el origen, a la antigüedad griega). Para este autor, el único tiempo que podemos recobrar, y que es la auténtica fuente de la obra de arte, es aquel que hemos olvidado por completo, aquel que nuestra voluntad no puede perseguir ni nuestra inteligencia llevar registro consciente alguno por poderoso que sea el medio de fijación, puesto que la memoria involuntaria (la memoria del arte) coloca sus recuerdos a resguardo del poder analítico de la inteligencia y del poder deformador de la voluntad ¿Porque? Porque eso que olvidamos y no sabemos ni qué ni cuándo ni cómo ni dónde lo hemos olvidado permanece en un recinto tan remoto e impenetrable para nuestra inteligencia y nuestra voluntad, ignorado y sin visitar ”ya que nadie conoce su existencia ni su lugar” de manera que cuando surge se halla intacto, preservado como el cuerpo de esos santos que exhumados después de muchos siglos reaparece incorrupto; Pero el acceso a esas reservas de tiempo puro se halla sellado ante todo conato para alcanzarlo metódicamente, en cambio se abre ante “la memoria del arte”, que de igual modo a como fue almacenado, necesita una llave, un filtro mágico, un vestigio hallado azarosamente en el presente, que una vez que tropezamos con él, opera como señal suyo y hace de puente con el recinto, con la estancia secreta donde yacía un trozo de tiempo perdido incorruptible y fluye, entonces, desde allí vivo, lleno de colores, olores y voces y emociones, se esparce, brota como geiser, aprisionado y solo como se encontraba durante un periodo de tiempo tan largo, y salta dichoso fuera de su escondite con alegría incontenible. Nunca la memoria regida por la inteligencia y la voluntad puede logra esa resurrección del pasado sino tan solo obtiene, dice el autor francés, un recuerdo Vago, desvitalizado, contaminado con otras percepciones, emociones y pensamientos posteriores que se vinieron a mezclarse con él. (Amarcord)

La memoria del artista, según Proust, posee una particular sensibilidad para percibir el devenir del tiempo, tiempo que fluye imperceptiblemente ya que todos cambiamos y todo cambia alrededor nuestro de modo simultáneo, de tal manera que su desgarrador corroer, puede pasar inadvertido. El tiempo se oculta a si mismo, borra sus huellas, imposta una estabilidad falsa. Asi,la memoria del arte, esta hiper sensibilidad hacia el tiempo que posee el artista, no solo lo comunica con las esencias intemporales de las cosas guardadas en aquellas estancias secretas a la espera de que un azar las libere, sino que lo pone en contacto con el fluir invisible tiempo mismo, a quien por un encuentro azaroso, otra ves, saca bruscamente de su escondite, descubre su pasar y su aniquilarse a si mismo, porque el tiempo se devora al tiempo.

La memoria del arte, la memoria involuntaria que discierne Proust, si bien opera con la mecánica del azar, no ahorra al artista el trabajo de la inteligencia para dar con la expresión justa de lo recordado -“la frase precisa”- porque de no ser registrado en ella se evapora y aniquila como todo lo olvidado. La tarea del arte es registrar ese encuentro feliz, un reencuentro (otra vez, la anagnórisis).

De toda la visión de Proust, la memoria del arte más que una facultad que ejerce el artista, es una pasión, en el sentido que la padece y no puede controlar, lo cual, en otras palabras podría decirse, es poseído por ella.

12) La elogio, por último, porque, a veces, le basta un sueño, una fotografía, un encuentro, para poner en movimiento ese memorización que fluye como río, que mana sin necesidad de esfuerzo, de búsqueda, como si apretando una tecla oculta se echará andar el dispositivo de la memoria-río. Es cierto que no es el resultado de una evocación voluntaria, pero no creo que sólo pueda explicarse como consecuencia de un encuentro azaroso. Hay un trabajo subterráneo, que va aproximándose al recuerdo, un trabajo no consciente, una reunión o conjunción de elementos que la psiquis va elaborando a partir de varios agentes hasta que, de pronto, estalla el recuerdo y empieza la emanación. Hay recuerdos que son bolsas de memoria ocultas, reservas que se mantienen sin movimiento, estáticos durante décadas, que están enlazados a enigmas, a incertidumbres, a situaciones que en su momento no supimos como resolver, descifrar, que no supimos como calificar, que pasaron sin aclarar su sentido, aspectos que quedan pendientes, flotantes, como asignaturas sin aprobar, trabados, hasta que décadas después, las aprobamos, resolvemos los enigmas de algún modo, encajan los engranajes desajustados, y entonces, todo el paisaje en torno a ellos, todo el paisaje de personas, historias y lugares ensombrecido por ese cuello de botella, por esa estrechez, por ese tapón, por esa mancha que vela, reaparece y fluye como un torrente indomeñable.

13) Elogio a la memoria, en fin, porque me concede agradecer a todos los que hoy me acompañan, también a los que no pudieron asistir, a los que recuerdo y a los olvidados, a los vivos y a los muertos, porque es ella la única que permite reunirlos en comunidad aquí, en este mundo, al menos.

Muchas gracias a todos,

Pgg