Discursos de incorporación

SABIDURÍA CRISTIANA Y CIENCIAS SOCIALES, POLÍTICAS Y MORALES

cardenal

Discurso de Incorporación de Cardenal Francisco Javier Errázuriz como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

I Introducción

Señor Presidente de la Academia, señor Nuncio Apostólico, señor Rector de la Universidad, señores académicos, amigos y amigas del Instituto de Chile y de esta Universidad. Deseo agradecer cordialmente la invitación que he recibido de los Miembros de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales a incorporarme a ella. Gustosamente la he aceptado. Tengo un gran aprecio por su misión. Nuestro presente y futuro necesitan la reflexión seria y responsable, en la que participen diversas escuelas de pensamiento, acerca de las materias que nos ocupan, sobre todo cuando el país se incorpora resueltamente al intercambio, también ético, cultural y jurídico, de un mundo globalizado.

Me cabe el honor de ocupar el sillón de un notable hombre público, que fuera singular testigo de la historia política de Chile del siglo XX: don Raúl Rettig Guissen.Nace don Raúl en Temuco en 1909. Hijo de su esfuerzo, sirvió a ésta su patria con hidalguía y distinción. Maestro primario, Abogado, Jurista, Catedrático, Doctor Honoris Causa, Periodista, Político, Diplomático, siempre enmarcó su provechosa existencia en el servicio público. Joven desempeñó los cargos de Subsecretario del Interior y de Relaciones Exteriores. En la década del 50 fue Senador, distinguiéndose por su dedicado trabajo y ferviente oratoria. Varias veces presidió su partido, el Radical. Más tarde, entre 1970 y 1973, fue Embajador en Brasil, luego Presidente del Colegio de Abogados, para culminar su vida al servicio de Chile presidiendo la Comisión de Verdad y Reconciliación.

Así, una vez restablecida la democracia, en el otoño de su dilatada vida, Raúl Rettig prestaría su más notable y trascendental contribución al aceptar, en 1990, el delicado encargo del Presidente don Patricio Aylwin de presidir dicha Comisión con la misión de “buscar la base de verdad que hará posible satisfacer las exigencias fundamentales de la justicia y crear las condiciones indispensables para alcanzar una efectiva reconciliación nacional”. Ese esfuerzo está plasmado en el Informe que lleva su nombre, imperecedero testimonio de momentos difíciles en la vida nacional.

Fue elegido para tan compleja tarea por ser hombre de principios, de probada lealtad democrática y amor por lo derechos humanos. A lo largo de ese difícil esfuerzo probó don Raúl, una vez más, que podía ser conciliador y lograr un resultado de consenso entre gentes de posiciones diferentes. El Informe Rettig no es un documento más, es un estudio profundo, humano, desgarrador. Un esfuerzo de objetividad en la búsqueda de la reconciliación. Un compromiso profundo con la verdad y con las bases para el perdón y la justicia.

Así, este hombre modesto, humanista, de reconocida versación e inteligencia, con sentido del humor, amante del fútbol, tolerante y de acrisolada envergadura republicana, pasó a ser por los encargos que recibió y por la trayectoria de toda una vida, ejemplo de responsabilidad ciudadana, de rectitud y de cabal profesionalismo. Su nombre está inscrito en nuestra historia política y nacional.

Si bien don Raúl no fue un hombre religioso, admitía que la moral de Occidente se basa en la moral cristiana, y no descartaba la posibilidad de recibir la fe. También por ello me es particularmente grato ocupar su asiento en esta Academia.
Al invitarme a participar en ella como Miembro de Número, ustedes han deseado que pertenezca a la Academia un chileno que valora las ciencias sociales, políticas y morales desde su perspectiva propia como cristiano y Obispo. Me interesaron vivamente las materias tratadas por mis profesores de ética y sociología en la Universidad de Friburgo, en Suiza. Sin embargo, la inspiración más profunda de cuanto he podido ofrecer en este ámbito proviene del Evangelio de Jesús. Tenía que ser así. Ser Obispo es asumir una vocación de servicio a la vida de los hombres y de los pueblos, con la certeza interior de ser uno de los sucesores de los apóstoles, de esos hombres sencillos que Cristo convocó hace casi dos mil años, en un lugar lejano del Imperio romano, pero marcado precisamente por sus raíces religiosas. Así como los apóstoles se sintieron sobrecogidos por la sabiduría y la personalidad de su maestro, también nosotros nos sentimos comprometidos con él y con su misión de iluminar y fortalecer a todos los que buscan con buena voluntad la paz con Dios y entre los hombres. Tratamos de contemplar la realidad desde su espíritu, y de seguir y anunciar su Buena Noticia. Compartiendo las búsquedas, las alegrías y los sufrimientos de los seres humanos nos volvemos a Jesús, queriendo comunicar la esperanza que tiene origen en su vida, en su verdad y en sus caminos, para conformar una humanidad más plena, más justa y más fraterna.

Por eso quisiera corresponder a la invitación que me han hecho, y compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la sabiduría cristiana en el ámbito de lo social, lo político y lo moral. No me inhibe a ello el hecho de saber que esta Academia se honra de contar con la participación de eximios miembros que no comparten la fe cristiana. Tengo el más profundo respeto por ellos personalmente y por su búsqueda de la verdad, que los ha conducido a las convicciones que sustentan. Pero también aprecio su respeto hacia el cristianismo y hacia la persona de Jesús. Es cierto, su mensaje sobrepasa el testimonio que podemos dar sus discípulos. De hecho, contemplándolo a él debemos examinar y revisar continuamente nuestras propias reflexiones y actitudes, para no estrechar con nuestras limitaciones y pequeñeces, las propias y las que cargamos con la cultura que compartimos, este don que Dios le ha dado a toda la humanidad.

En medio de un imperio poderoso como ninguno, que empezaba a mostrar su debilidad, la llegada de Jesús fue experimentada como una vivificante bocanada de aire fresco. Ese imperio estaba perdiendo su inspiración y su alma en medio del poder de las armas y de las riquezas. Los pobres, los pueblos sometidos, los esclavos, al encontrarse con el camino de Jesús, sintieron que había para ellos un motivo para tener esperanza. Contribuyó decisivamente a esa esperanza el misterioso mensaje de la cruz, mensaje difícil de entender para la mente humana, que parece una necedad de Dios, pero que se reveló más sabio que toda nuestra sabiduría(1). Jesucristo enseñó que el dolor puede ser redentor, que la entrega radical de la vida a los demás es la realización más profunda del ser humano y que la muerte no es la última palabra sino el paso a la Vida con mayúscula.

También nosotros, ante las odiosas desigualdades entre los pueblos, ante las incertidumbres y los temores y ante modelos de desarrollo que podrían destruir al hombre y su entorno, debemos reencontrarnos con nuestra alma y hallar una razón para esperar. La necesitamos más que nunca, cuando la humanidad y nuestra patria experimentan cambios de una inusitada profundidad. El desarrollo de las ciencias y de nuevas tecnologías ofrece espléndidas posibilidades de progreso que no podemos desperdiciar. Al mismo tiempo, sin embargo, constatamos que la intensidad y la novedad de los cambios someten a juicio a las culturas tradicionales, cuestionan los valores que han dado consistencia a nuestras vidas, modifican las relaciones sociales entre personas y pueblos, erosionan las instituciones y replantean el sentido mismo del vivir humano. Pero esta cultura moderna no logra convencer: sobrevalora el éxito, sólo habla de autorrealización, y sólo nos enseña a vencer, sin dar espacio a los que van quedando en el camino. En la educación sólo se apuesta al triunfo y nadie enseña a procesar el llanto, el dolor y la derrota. Por eso quedamos inermes ante el fracaso que tarde o temprano golpea también a nuestra puerta. Tal vez nada hay más humano que dar sentido al dolor.

En tales circunstancias considero de máxima relevancia volvernos hacia Jesús con una mirada renovada, escuchar nuevamente la pregunta que dirigió a sus primeros discípulos: “¿qué buscáis?” (Juan 1, 38), y atrevernos a ingresar como ellos a su morada para dialogar con él sobre nuestras búsquedas. Naturalmente esto exige un discernimiento sobre aquellas cosas que los siglos de historia pudieran haber dejado como un lastre. La vida y el mensaje de Jesús, contemplados con ojos nuevos y con un corazón abierto, nos ofrecen una senda de verdadera humanización.

Quisiera dividir esta conferencia en tres partes. La primera pondrá el fundamento, recordando que la fe realmente ilumina nuestro saber y nuestras acciones. Después reflexionaremos sobre el contenido social y ético de la revelación. En la tercera parte mencionaré algunas verdades sobre temas centrales que orientan nuestro quehacer.

II.LA REVELACIÓN, UN NUEVO HORIZONTE PARA LA VERDAD.

En este ámbito no puedo hablar de Cristo sin recurrir a las raíces del fenómeno religioso, particularmente en su propio pueblo. En las más diversas latitudes el ser humano se ha planteado preguntas que tienden a trascender la realidad que aparece ante sus sentidos. Se refieren a su propia naturaleza, al sentido de las realidades que descubre, a su origen y a su destino; también a los fenómenos que lo sobrecogen para los cuales no encuentra una adecuada explicación. Así surgieron hondas verdades y hermosas y crudas mitologías religiosas, así brotó la primigenia religiosidad de los pueblos, y también la reflexión de aquellos filósofos que concluyeron con la afirmación de la existencia de un Dios trascendente.

Un hecho absolutamente sorprendente ocurrió en la historia de la humanidad y se recuerda de manera inolvidable en la tradición judeocristiana. Dios escogió a un hombre para que fuera padre de una nación y de multitud de pueblos(2). Lo hizo salir de toda seguridad, sólo confiando en sus promesas. Dios le ofreció una tierra prometida, símbolo de un mundo nuevo. El vivir tras una esperanza abrió puertas a la noción de progreso. Puesta la confianza en Dios, Abraham, ese pastor desconocido, se puso en marcha. Una nueva relación del hombre con Dios, una nueva experiencia religiosa se hacía posible, porque Dios había intervenido de modo inaudito en la historia, en la marcha humana.

Siglos después se renovó la alianza cuando Dios liberó a su pueblo de la esclavitud. Nuevamente los hizo marchar por los desiertos esperando las promesas. Desde una zarza ardiente, que no se consumía (3), ese ser trascendente llamó a Moisés y se acercó a los hombres para comunicarse con ellos, para revelarse y para revelar. Esta convicción marca la vida de Moisés y de las tres grandes corrientes religiosas –el judaísmo, el cristianismo y el islamismo– que lo reconocen como el más importante guía religioso de la antigüedad. “El que es” le hablaba al hombre.

Los que creen en su revelación encuentran en ella una respuesta, del todo inesperada, a la sed de trascendencia de la humanidad. Por eso la fe, más que un tesoro de creencias, es un asombro indecible ante la palabra de Dios. El estupor crece cada día cuando se toma conciencia del contraste que existe entre nuestra realidad humana –con sus sueños, sus limitaciones y sus miserias y la grandeza inefable de Dios, de aquel que se ha acercado a nuestra historia y nos ha ofrecido una relación de alianza con él.

Para los cristianos todas esas marchas y esas búsquedas fueron una grandiosa profecía, un anuncio de la intervención definitiva de Dios. La invitación que Dios hizo a Abraham y a Moisés se renovó siglos después, de modo más radical, en Nazaret. En la casa en que vivía María, resonaron palabras como las que escucharon antiguos elegidos: “Alégrate, llena del favor divino, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Nuevamente “El que es” se hacía presente; ahora para tomar morada entre los hombres, asumir la naturaleza humana, y manifestar una cercanía, por así decirlo, inimaginable. Como Emmanuel sería nuestro hermano, nuestra esperanza, nuestro maestro y salvador.

La aparición de Jesús estuvo rodeada de interrogantes: ¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? ¿Qué dices de ti mismo?(4). El rechazo de su persona y de su misión le costó la vida; como si blasfemara y se atribuyera indebidamente la identidad de ser Hijo de Dios(5). Otros israelitas creyeron en él, y muy pronto lo consideraron “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). San Juan osa hablar de él como “la Palabra” que existía en el principio, que estaba en Dios y era Dios(6). Sus discípulos lo reconocieron como la piedra angular rechazada por los constructores(7).

El asombro por la autoridad de sus palabras, por su sabiduría y por los signos de su inconmensurable bondad se prolonga entre nosotros. Nunca nos hubiéramos atrevido a pensar que el Verbo vendría a nuestro mundo, nos reconciliaría con el Padre, nos revelaría la plenitud de su misericordia y muchas otras verdades que nuestra razón no habría podido alcanzar.

LA AMISTAD ENTRE LA REVELACIÓN Y LA CIENCIA

Desde los tiempos apostólicos, y más tarde en la patrística, la predicación del Evangelio entró en diálogo estrecho y fecundo con el saber de la época, con su filosofía y su ciencia, con su ética y su manifestación jurídica. Se hizo necesario el uso de categorías y palabras que fuesen entendidas por culturas que no tenían la tradición bíblica. Ya el autor del cuarto Evangelio, que escribe en griego, usa la expresión “logos”, para referirse a la sabiduría de Dios encarnada en el hombre Jesús de Nazaret. “En el principio la Palabra existía…. y la Palabra era Dios….En ella estaba la vida , y la vida era la luz de los hombres”.(Juan 1 , 1 y4)

Desde entonces, para los cristianos, como lo ha escrito hermosamente Juan Pablo II, “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”(8). Esta afirmación refleja el aprecio de la Iglesia por los esfuerzos del espíritu humano en búsqueda de la verdad sobre sí mismo y de un conocimiento profundo de la realidad social y del entorno natural en los que está inmerso.

Sin embargo, este profundo deseo humano de conocer y comprender descubre pronto los límites de su finitud. Quien desea alcanzar la luz sabe que ella también lo puede cegar. La verdad tiene una majestad divina, su propia gloria, que el espíritu humilde contempla con estupor. El soberbio, en cambio, cree poder utilizarla en su provecho. Es la ilusión de todas las idolatrías, antiguas y modernas: creer que la verdad tiene medida y es manipulable y que el ser humano la puede determinar y emplear a su arbitrio.

En el camino hacia la verdad, la fe y la razón se buscan recíprocamente. La respuesta de fe a la revelación de Dios se hace posible por la humildad de la razón que conoce sus propios límites y sabe que su destino es abrirse a la verdad y pertenecer a ella. No le pertenece la verdad a la razón; por el contrario, la invita a ir siempre más allá de su limitado saber.

La tradición de la Iglesia ha formulado la comprensión de ese doble movimiento hacia la sabiduría con estas palabras: “Credo ut intelligam, intellego ut credam”. Es una fórmula que mantiene simultáneamente la confianza en la capacidad humana de comprender el significado de todo lo que es objeto de su deseo de saber, y la apertura a esa luz inefable que trasciende la finitud humana y que no procede del hombre sino del misterio que está en el origen de todo y que llamamos Dios. Cualquiera lectura que unilateralmente sobreponga o contraponga uno de los lados de esta fórmula sobre el otro, rompe la armonía propia de la sabiduría y empuja arbitrariamente a la razón contra la fe o a la fe contra la razón.

El resultado inevitable, como lo describe San Pablo, es “aprisionar la verdad en la injusticia” (Rm 1,18). Como ha señalado el Papa, “Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente”(9).

A lo largo de los siglos la relación entre fe y razón ha sido a veces pacífica y a veces tormentosa. La Iglesia ha debido prevenir tanto del fideísmo que desprecia a la razón, como del racionalismo que desprecia a la fe. Los problemas, sin embargo, no provienen de la fuente del conocimiento, que se halla en el mismo Dios, como Creador del orden natural y como Revelador de aquello que no percibimos sin la luz de la fe. En él no puede haber contradicción u oposición. Los problemas provienen de la limitación de nuestro entendimiento, que puede absolutizar un polo o el otro, que puede encandilarse con un conocimiento y querer imponerlo, o bien cegarse ante una verdad, relativizarla y desconocerla.

La verdad revelada no puede suplantar a la verdad científica ni negarla. Y ésta, más que negar a la verdad revelada, está abierta a ella, siempre que la ciencia no se extrapole ni absolutice su seguridad, convirtiendo en certeza lo que no es más que una hipótesis probable. La fe, por su parte, ha de comprender en sus justas dimensiones el dato revelado y no extrapolarlo indebidamente. La verdad revelada, ante la razón natural y la ciencia, puede confirmar sus conclusiones o abrirle espacios y dimensiones insospechados, que confieren a éstas mayor profundidad, belleza y aún certeza.

En este ámbito interdisciplinario, las universidades católicas tienen una hermosa e insustituible misión. Buscan dar testimonio, incluso en el plano institucional, de que la verdad está mejor servida allí donde los distintos saberes se integran en un permanente diálogo interdisciplinario que respeta la justa libertad de investigación, pero que reconoce al mismo tiempo las dimensiones éticas y religiosas involucradas en el conocimiento y en su utilización por parte de la sociedad. “La verdad es sinfónica”, escribió un gran teólogo contemporáneo, Hans Urs von Balthasar.

III.LA DIMENSIÓN ÉTICA Y SOCIAL DE LA REVELACIÓN

Subsiste la creencia que un hombre religioso es aquel que busca a Dios lo más lejos posible del mundo: en la soledad y el silencio –en el desierto, se diría en la antigüedad–. No sin razón fue descrita la dirección de su búsqueda como una “fuga mundi”. Se piensa, por otra parte, que un hombre comprometido con la transformación social es más bien una personalidad activa y no contemplativa, que no se ocupa del más allá ni se distingue por su fe. Sorprende, sin embargo, hasta qué punto ambas dimensiones están entrelazadas y se condicionan mutuamente en la Biblia. En ella la dimensión ascendente y mística, por así decirlo, de encuentro con Dios, es inseparable del compromiso ético y social, aun político.

Remontémonos nuevamente a la herencia religiosa del pueblo escogido. El diálogo de la zarza ardiente no versa de contenidos meramente religiosos; de hecho tiene un hondo contenido social, político y ético10. Dios reacciona ante la miseria de su pueblo. Lo sacará de Egipto, liberándolo así de la esclavitud, y lo conducirá a otra tierra, también bella y espaciosa. Se manifestará como Aquel que es y será con el pueblo. la gesta del éxodo no sólo da testimonio del amor de Dios los suyos; al mismo tiempo, sella su identidad como pueblo.

La liberación del pueblo pone de manifiesto que es pertenencia de quien lo liberó, de Dios. Por eso, el Señor se alzará como Legislador y proclamará las implicaciones éticas que emanan de dicha pertenencia. Aparece en el Sinaí que la conducta y las normas éticas son una respuesta a la iniciativa amorosa de Dios, que pide un trato hacia él y al interior del pueblo que se condiga con la dignidad de ser miembros del pueblo que es propiedad suya. Es así como después de la salida de Egipto, Dios da mandamientos. El primero, fundamento de todos los demás, es el más novedoso para la antigüedad. Dios propone otro modo de relacionarse con él, al decirles: “Amarás a Yahvéh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,5).

Pero los diez mandamientos no son tan sólo normas religiosas y morales; ellos quieren regular la vida social del pueblo escogido. Al código fundamental se agregan muchas otras normas que establecen el cauce de la vida social de Israel. El Dios que los ha sacado de Egipto, que es Dueño de todo y amante de la libertad, proclama a través de Moisés los derechos de los pobres(11), que extenderá a las viudas y a los forasteros(12), para que no sea pisoteada su dignidad, ni caigan en la miseria y así en la esclavitud.

Llama la atención en esta concatenación entre lo religioso, lo ético y lo social, la desconfianza que se percibe en las páginas de la Biblia contra los “poderosos”, es decir, contra aquellos que detentan el poder y abusan de él, pisoteando la dignidad de los demás, particularmente de los más desvalidos. La condena del abuso de poder tiene una raíz religiosa. Los “poderosos” se desprenden de la dependencia de Aquel de quien han recibido la autoridad precisamente para servir. Ya no se guían por el espíritu que inspira al Supremo Legislador. El exige una preocupación particular por las necesidades de los afligidos de la sociedad. Los “poderosos”, oprimen y aplastan con su poder(13), dañando a personas y pueblos, y rompiendo el tejido social en el cual todos tienen básicamente la misma dignidad. Por eso el Magnificat, rememorando la historia del pueblo, expresará que en ella Dios desplegó la fuerza de su brazo, “dispersó a los soberbios de corazón, y derribó a los poderosos de sus tronos” (Lc 1, 51s), de manera que volvieran a depender y aprender de Él, y lograran ser nuevamente hermanos y servidores.

Una expresión emblemática de esta compenetración entre el orden religioso, el ético y el social, la constituye el mandamiento nuevo que Cristo entregó como Señor y Maestro. “Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Y abundante experiencia habían tenido sus discípulos de la novedad del amor de Cristo. Bien sabían con qué gratuidad y generosidad había amado, cómo había perdonado –también a sus enemigos- a lo largo de su vida, cómo había buscado el bien de los demás, con cuánta decisión había dignificado a las mujeres y a los niños, con qué fuerza había condenado la soberbia que obstruye las vías hacia Dios y hacia el prójimo. Con el mandamiento nuevo manifestó la raíz religiosa más profunda de su modelo social. Reveló que había amado a los suyos de la misma manera como el Padre de los cielos lo amaba. Y para que proyectaran en la tierra la calidad de ese amor, pidió a sus apóstoles y discípulos que amasen y que se amasen como Él los había amado. Cristo propuso como modelo de la relación social que deben tener los discípulos entre sí, la relación de su Padre con Él.

Con estas reflexiones sólo quería señalar la compenetración que existe en el cristianismo entre la búsqueda creyente y contemplativa, la orientación religiosa del deber social, y el mandato de trabajar decididamente por la transformación de la sociedad, que siempre debe procurar relaciones más acordes con todas las dimensiones de la dignidad humana.

IV.ALGUNAS LUCES Y PERSPECTIVAS

Quisiera detenerme a continuación en algunas verdades que provienen de la re-velación y que atañen directamente a las ciencias sociales, políticas y morales que se cultivan en esta Academia.

LA DIGNIDAD DEL SER HUMANO

Una pregunta que en todas las latitudes de la tierra sobrecoge el corazón humano ha sido siempre: “¿Qué es el hombre?” No podría ser de otro modo, puesto que el mismo acto que lleva al ser humano a interrogarse por la realidad lo implica a él como quien pregunta y busca el saber. Esta originalidad propia del mismo existir humano lo lleva a descubrir que es “alguien” y no “algo”. Es decir, un ser capaz de entrar en comunión con otros, capaz de compartir sus anhelos, sus preguntas últimas, el sentido de su existencia.

La pertenencia del ser humano a su especie, a diferencia de las cosas, es genealógica. No sólo se descubre como alguien parecido a otros “alguienes”. Tiene conciencia de estar vinculado a ellos por el parentesco y de haber recibido su existencia de la comunión íntima de dos personas: sus padres. La relación que nace de ser “hijo de” y que se expresa en la comunión familiar, se extiende visible e invisiblemente desde la más próxima hasta la entera familia humana.

La misma conciencia antropológica se manifiesta en la Sagrada Escritura. Al narrar la creación del hombre, la revelación va más lejos. Manifiesta que el vínculo familiar constitutivo de lo humano, procede de Dios mismo, de la fuente y origen de toda genealogía. Él es la raíz de nuestro árbol genealógico. El parentesco humano tiene su principio en la paternidad de Dios y se ofrece como reflejo analógico del parentesco divino: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26).

Esta profunda intuición de la dignidad humana en razón de su vínculo de pertenencia alcanza su plenitud, y también su cumplimiento, en la revelación del Nuevo Testamento: Según nuestra fe Cristo es el Nuevo Adán(14). Nos sobrecoge pensar que el Hijo de Dios sea nuestro hermano, el primogénito(15). Nos llena de estupor que a su Padre lo podamos llamar Padre nuestro, y que hayamos recibido el Espíritu del Hijo de modo que reflejemos la imagen de Cristo, seamos semejantes a él y colaboremos con la obra de Dios.

La dignidad inconmensurable del ser humano, de cada ser humano, es la medida verdadera de las acciones sociales y políticas.

EL VALOR DE LA VIDA HUMANA

Quisiera agregar una reflexión sobre el valor de la vida humana. Si nos remontamos a los orígenes de la humanidad según las Escrituras, la dignidad de la vida tiene su primer fundamento en el hecho de ser criatura de Dios. Pero vale aún más. Por la Biblia sabemos que “la vida que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura”(16). “Sólo el hombre, –dirá la Encíclica Evangelium Vitae– entre todas las criaturas visibles, tiene la capacidad para conocer y amar a su Creador. La vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen de una existencia que supera los mismos límites del tiempo: ‘Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza” (17)

Estos y otros datos de la revelación han hecho madurar en la Iglesia una convicción: “la vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente”(18). Por eso nadie tiene el derecho a disponer ni de la vida propia ni de la ajena. Es más, existe el derecho a defenderla.

LA VOCACIÓN TRASCENDENTE Y LA CONCIENCIA

Llamado a participar de la paz y de la felicidad de Dios, el ser humano tiene sed de plenitud. Su búsqueda trasciende las dimensiones de la materia. Necesita los bienes materiales, pero no lo hacen feliz. Tampoco busca algo de paz o algo de gozo. Recordemos las palabras de San Agustín: “Inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en tí”. Inquieto antes del encuentro con Dios, porque buscamos el amor, la verdad, el bien, la felicidad… en plenitud. Ya en este mundo, la búsqueda de la verdad y del bien, reforzada por la conciencia de ser familiares de Dios, mueve la vida de los creyentes a dar testimonio de la verdad y a ser constructores del bien. En efecto, de la conciencia de la irreductible dignidad del ser humano, brota la responsabilidad moral que consiste en querer vivir conforme a este designio divino.

Como señala un párrafo notable de la Constitución Gaudium et Spes, “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley … escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad”(19).

La responsabilidad moral de los seres humanos se extiende de este modo no sólo a sus comportamientos y actitudes sino también al cuidado de su propia conciencia moral. Si se despreocupa de buscar la verdad y el bien, advierte el citado texto, la conciencia se entenebrece, y el hombre se ve tentado a sustituir al Legislador Supremo, a creer que él mismo es la medida de la moralidad y que no existe otra ley que la que él determine en virtud de su propia e inmediata conveniencia. Esta tentación se renueva, sin embargo, en todas las épocas y, dramáticamente, también en la nuestra.

Pero aunque se intente acallar esa voz interior constitutiva de la conciencia, que reconoce íntimamente lo que es bueno y lo que es malo, no se le puede apagar. Corresponde a la existencia de la ley moral. En el “corazón” de cada ser humano existen exigencias irrenunciables de bondad, de verdad y de justicia que surgen de la consistencia de su misma dignidad. En último término, son las exigencias morales de la conciencia las que reclaman cambios de conductas, en individuos y sociedades, cuando se empecinan en el mal o son víctimas de estructuras culturales o jurídicas que generan males mayores. Son esas exigencias las que condenan a quien no quiere apartarse del mal. La victoria del amor de Dios sobre el pecado y la muerte incluye, por una parte, la esperanza cierta de una vida más allá de la muerte y, por otra parte, la fe en una justicia definitiva, superior a la nuestra y reservada a Dios.

Esta confiada certeza en la correspondencia entre la justicia divina que esperamos y las exigencias de moralidad que surgen del fondo de nuestra conciencia es lo que permite también ese gesto máximo de libertad humana que es la objeción de conciencia. Cuando la ley positiva desprecia o contradice la ley moral, ningún ser humano está obligado en conciencia a cumplirla. La historia de la Iglesia ha sido muy fecunda en testimonios de personas que han sufrido el martirio antes que desobedecer la ley divina reconocida por su conciencia. Recuerdo a Santo Tomás Moro, modelo de quienes ejercen con nobleza la actividad política.

En este contexto se entiende también por qué el creyente es simultáneamente ciudadano de este mundo y peregrino de la ciudad eterna. Le interesan todas las circunstancias, los trabajos y las relaciones de este mundo. Al reconocer el mandamiento del amor, reconoce su vocación a ser justo y benevolente, como también a construir la sociedad como un espacio de respeto y justicia, de solidaridad y perdón, de misericordia y de paz. En efecto, sabe que está llamado a colaborar con su Creador y Padre en la realización de su designio de amor y salvación.

LA NATURALEZA SOCIAL DEL SER HUMANO

Los datos de las ciencias sociales, jurídicas y morales coinciden plenamente con la revelación al momento de describir la naturaleza social del ser humano. Enseña el Concilio Vaticano II que “la índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social”(20). La reciprocidad entre las personas y los pueblos, entre sus derechos y sus obligaciones sobre la base de que “todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”(21) es la base reconocida del ordenamiento jurídico moderno, tanto en el plano nacional como internacional.

En el orden internacional, junto con entregar su mensaje de paz, el magisterio de la Iglesia ha debido insistir en el último tiempo en el derecho a la vida cruelmente despreciada a través de actos terroristas y de guerras. De él depende la posibilidad de que prevalezca entre las personas y los pueblos una paz verdadera. La tentación de la violencia, ejercida en estos tiempos con gran sofisticación tecnológica, sobre víctimas indefensas e inocentes, socava muy profundamente todos los logros que la lucha contra el totalitarismo y el término de la guerra fría habían logrado fatigosamente conseguir. Con cuánta mayor razón este rechazo a la violencia debe proclamarse con claridad cuando algunos pretenden ejercerla en nombre de la verdad o de Dios mismo. “Es una profanación de la religión proclamarse terroristas en nombre de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre”(22.)

La Iglesia invita además al perdón y al amor a los enemigos, una perspectiva que hunde su raíz y su fuerza en el misterio divino, siendo una de las más grandes contribuciones que el cristianismo puede ofrecer a la humanidad. En el último Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial de la Paz expone: “La propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente; es un mensaje en cierto modo paradójico. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. El perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador” (n.10). Esta misma actitud es la que nos inspira también en nuestra patria a buscar el perdón y la reconciliación de todos los que han padecido o se vieron involucrados en las graves violaciones de derechos humanos en el pasado reciente.

El amor de predilección por los más débiles y marginados también se remonta a la revelación. El ordenamiento jurídico secular reconoce la igualdad en dignidad y derechos de todos los seres humanos, también de los más débiles y marginados, sea en razón de ser aún nonatos, de la discapacidad física o mental, de la pobreza o ignorancia, de la vejez o de cualquiera otra causa. Estas personas sienten afectada su dignidad o su autoestima por la situación de marginación que padecen. Cuando estas situaciones son fruto de la discriminación o de la injusticia, urge con mayor dramatismo una respuesta de justicia y caridad.
Pero proponer el amor de predilección por los pobres y marginados va más allá. Esta preocupación preferente se remonta, como lo hemos visto, a la legislación mosaica, y halla su máxima expresión en la revelación de Cristo. En su misma persona, en sus palabras y acciones, en sus actitudes y prioridades descubrimos que lo consumía un amor de predilección hacia los más pequeños y despreciados de la sociedad, expresión de la voluntad de cumplir con el querer de su Padre, de hacer visible la ternura de la paternidad de Dios. Su misión era hacerla palpable e implantarla en la humanidad.

El amor de misericordia que reconcilia y perdona, que socorre al necesitado y devuelve la dignidad al despreciado por la sociedad es, precisamente, esa gran obra de Dios que necesita de manos humanas para realizarse en el mundo. Sorprende que las ciencias sociales pongan sus ojos en otros dinamismos de la convivencia como la lucha de intereses, la voluntad de poder, las ideologías, el crecimiento constante y el lucro, y aparten su mirada, en cambio, del servicio voluntario y de la caridad. La frase “los pobres no pueden esperar”, formulada por el Papa en su visita a Chile, quedó memorablemente grabada en muchas conciencias que hoy se movilizan con entusiasmo en grandes iniciativas de voluntariado al servicio de los grupos más vulnerables y de riesgo social.

EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES

La luz de la revelación nos ayuda a comprender otro fundamento del orden social: la adecuada relación entre las personas y las cosas. En efecto, la tradición de la Iglesia ha enseñado constantemente que la potestad y el uso de los bienes, aunque se realice de mejor manera a través de la institución de la propiedad privada –que garantiza la autonomía personal y familiar, como asimismo la libertad de emprender y trabajar – como fundamento y principio originario el destino común de los bienes de la Creación.

Dice la Constitución Gaudium et Spes que “jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás”(23).

Toda propiedad privada tiene así, intrínsecamente, una función social. La fe en Dios Creador del universo y Padre de todos los hombres, tiene como consecuencia antropológica que el ser humano se comprenda a sí mismo como un administrador de un patrimonio común, que no tiene en él su origen y que no le pertenece a él, sino propiamente a Dios, quien dio a todos los hombres el “derecho a poseer una parte de bienes suficientes para sí mismos y para sus familias”(24).

El texto conciliar antes citado afirma que la finalidad de la distribución justa es que las personas y los pueblos puedan “desarrollarse por sí mismos”, alusión directa al principio de subsidiariedad. La prioridad se debe poner siempre no en las cosas sino en la persona y en la satisfacción de sus necesidades para que pueda ser siempre más: por el desarrollo de sí misma, de sus vínculos de comunión y de su servicio a la sociedad.

Esa misma fe en un Dios que crea y que trabaja a favor del hombre, es una invitación a imitarlo, a salir de la pereza y a colaborar con él en bien de la humanidad, produciendo bienes y servicios. El ser humano ha recibido la capacidad de participar y prolongar la actividad y el trabajo creativo de su Dios y Señor, y de asociar y dirigir, al igual que él, a hombres y mujeres para que unidos emprendan labores con él. Sabiéndose colaborador de Dios, podrá confiar en su Providencia, trabajando, organizando, asumiendo riesgos y produciendo con él –cuando se entreabren o se alejan los mercados–, pero siempre preocupado de los demás, sabiéndolos hermanos suyos.

En la época actual tenemos mayor conciencia de la interdependencia económica, política, social y cultural entre los pueblos. Pero esa misma conciencia no se expresa de igual manera cuando se trata de compartir subsidiariamente la responsabilidad por los más pobres y marginados. El contraste entre la indigencia de muchos y la opulencia de unos pocos se advierte tanto al interior de las sociedades nacionales como en la distribución internacional de la riqueza, de los bienes y de las oportunidades de desarrollo. Sin embargo, las dificultades prácticas de solucionar o al menos disminuir esta brecha social no debe ser pretexto para adormecer el juicio moral. Antes bien, debería ser un acicate para emprender creativamente nuevos proyectos e iniciativas de desarrollo que salgan al paso de las necesidades reales de las personas.

LA PRIORIDAD DEL TRABAJO SOBRE EL CAPITAL

Junto a este principio y en forma complementaria, el magisterio de la Iglesia ha llamado la atención sobre el valor del trabajo como forma específica de realización de la naturaleza social de la persona humana, no sólo de cara a la realización del bien común de la sociedad, sino incluso como camino de santificación de la vida diaria, es decir, como forma de realización de la vocación humana a la comunión con un Dios que trabaja a favor del hombre. El trabajo, ha dicho Juan Pablo II, “es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre”(25). Agrega: “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre; es más, en cierto sentido ‘se hace más hombre’”(26). Por ello, critica “el acelerado proceso de desarrollo de la civilización unilateralmente materialista, en la que se da importancia primordial a la dimensión objetiva del trabajo, mientras la subjetiva –todo lo que se refiere indirecta o directamente al mismo sujeto del trabajo– permanece en un nivel secundario”(27).

Sabemos que la organización económica actual de la sociedad termina por imponer la eficiencia, medida por el constante incremento de la productividad, como el criterio más importante y, a veces, el único, para distribuir los recursos escasos y generar oportunidades de desarrollo para las personas. Con razón dice el Papa que se olvida la dimensión subjetiva del trabajo o se la considera secundaria en relación a la objetiva. En último término, se reduce el trabajo a la condición de “mercancía” o de “factor productivo”, quedando de hecho subordinado al capital.

Pero esta visión no se corresponde con la antropología cristiana. La dignidad del ser humano sobrepasa cualquier medida, y en cuanto el hombre es el sujeto del trabajo, el valor del mismo también sobrepasa toda cuantificación. Eso es lo que explica que existan en las sociedades muchos trabajos que no son remuneradas y que, no obstante, se cuentan entre los más importantes. ¿Con qué medida podría remunerarse, por ejemplo, el trabajo de los padres y de la familia entera en la educación primaria de los hijos, en la transmisión del lenguaje, del simbolismo de la tradición, de las pautas de valor para juzgar el mundo y a sí mismo, del sentido de realidad, del autocuidado y de tantos otros bienes que van modelando la identidad más fundamental de las personas?

El trabajo representa un vínculo de solidaridad consustancial a la existencia de la sociedad misma, el cual se extiende desde los círculos más próximos de la familia y de las organizaciones intermedias hasta los más amplios de la nación y de la colaboración internacional.

Desde este horizonte, los cristianos aprecian con asombro, también desde otra perspectiva, que a través del trabajo el ser humano se hace colaborador de Dios. El hombre interviene en la realidad, observando y considerando las “leyes” internas, por así decirlo, que sostienen y regulan la vida, las funciones de los seres y las interrelaciones entre ellos(28). Al contemplar la naturaleza como creación de Dios, el respeto y la debida consideración que el ser creyente y libre da a dichos ordenamientos, tiene también una dimensión religiosa. La ciencia le permite reconocer en ellos la sabiduría de Dios. Contemplándola e insertando su obrar en ella, sabe que respeta y observa la voluntad de su Creador.


Estos son algunos de los aspectos esenciales que la tradición sapiencial de la Iglesia ofrece a la razón humana en las materias que corresponden al ámbito propio de esta Academia. Como recientemente escribí una carta pastoral sobre el matrimonio, no me he referido a él.

V.PALABRAS CONCLUSIVAS

El ser humano es constructor de sociedades. Tiene en ellas un papel activo mediante múltiples oficios y vocaciones. Su propia experiencia y la historia así lo atestiguan. Pero ante la pretensión de algunos individuos y de algunas razas que han presumido ser como dioses, y postulado que su inteligencia o su voluntad fuera la medida de todas las cosas, la luz de la fe permite comprender la insensatez de tamaña soberbia. En tales circunstancias, al contemplar el universo como creación y al hombre como colaborador de Dios, deseoso de conocer su sabiduría y su voluntad mediante la ciencia y la fe, esta luz le devuelve a la razón extraviada su punto de equilibrio y de apoyo para mirar con altura de miras sus responsabilidades personales y sociales. El hombre, si quiere construir y no destrozar, ha de cultivar su vocación contemplativa, que lo lleva a buscar y gustar la Verdad, la Belleza y el Bien.


(1) Ver 1 Co 1, 18 23-25.18

(2) Ver Ge 12, 2; 17, 4.

(3) Ver Ex 4,2ss.19

(4) Ver Mt 11, 3; Jn 10, 24.

(5) Ver Mt 26, 63ss.

(6) Ver Jn 1, 1, 11 y 14.

(7) Ver Hch 4, 11

(8) Juan Pablo II, Fides et Ratio (FR), Proemio

(9) FR nº 90.21

(10) Ver Ex 3, 7ss .

(11) Ver Dt 15, 7-18; Lv 19, 9ss; 25, 25ss.

(12) Ver Lv 19, 33s.

(13) Ver Mt 20, 25ss.23

(14) “En realidad, –señala la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (GS) del Concilio Vaticano II– el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS n.22). Señala el mismo documento conciliar: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo origen, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe simplemente porque Dios por amor lo creó, y porque siempre por amor lo conserva. Y vive en plenitud su verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador” (GS n.19).

(15) Ver Col. 1, 15ss.25

(16) Juan Pablo II, Evangelium Vitae (EV) n.34.

(17) EV nº 34.

(18) Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum Vitae (DV), Introd. n. 5.26

(19) GS nº 16.27

(20) GS nº 25.

(21) Constitución Política de Chile, artículo 1.

(22) Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2002, nº 6s.28

(23) GS nº 69.

(24) GS nº 69.30

(25) Juan Pablo II, Encíclica Laborem Exercens (LE) nº 3.

(26) LE nº 9.

(27) LE nº 7.31

(28) Ver Juan Pablo II, Centesimus Annus (CA) nº 37-40.32